Obra maestra de don Miguel, El retablo de las maravillas, sublime entremés.  La aguda y vitriólica denuncia de Cervantes iba dirigida, en primera instancia, contra la Inquisición y su implacable persecución de conversos, ("simpáticamente" denominados marranos), de los cristianos nuevos, sangres sucias. Pero el libérrimo genio cervantino va más allá. Obvio. El autor complutense anhelaba burlarse sin compasión de la infinita credulidad humana, hábil para dar forma y cuerpo a sus delirios. De paso, Cervantes zahería despiadadamente el tremebundo cinismo de todos aquellos que sacan potente tajada de la ficción, poder y pasta, preferentemente. En nuestro actual, grotesco y falsario coronacircus, claro. Es bueno recordar, y Cervantes lo hace, a todos aquellos que acaban atribuyendo al engaño la solidez de lo verdadero.

¿A quién coño le importa la verdad?

Habitamos, hogaño, una festivalera carnavalada de la representación mediática, de las imágenes distorsionadas e interesadas, de los símbolos más o menos emotivos, que condena la realidad a la irrelevancia, a la oscuridad, a la mudez. A la nada. “¿A quién coño e importa hoy la verdad, Luys?”, ha poco alguien me interrogó. “Qué habilidad tiene la mentira que la saben componer de modo que parezca tan verdadera”, se comenta en la obra.

Hoy, muchos arrastramos, como en la magistral obra cervantina, el estigma del converso, inhabilitado estructuralmente para avistar las imágenes del espectáculo representado. Nada de lo que vemos nos convence. Muchas sangres fusionadas acarreamos que nos impiden ver con precisión la "realidad de la hiperrealidad". Mis antepasados follaron a cascoporro, entremezclas de razas y credos y errancias. Y acabas mixturado, mestizo, dichosamente híbrido. Y, subsiguientemente, ofuscado ante los teatros hoy representados. Coronavíricos o no. Admito que no sé ver lo que hay que ver, lo que ve todo el mundo. Y merezco la Inquisición. La que toque hoy.

Matar la realidad, crear una metarrealidad

Como el Furrier de la obra, honestamente, me cago en las ficciones moduladas por los Tontonellos de turno. La realidad ya no es, la realidad ya no existe. Debe ser escenificada a través del sórdido y manipuladísimo engranaje mediático, incluido internet. La realidad no importa, nos esclarece Cervantes, importan sus efectos. Y la consiguiente instrumentalización o capitalización política (y económica) de los mismos. Asesinar la realidad y fundar una metarrealidad debe tener beneficios.

Hay que exprimir sin pudor la explotación de lo simbólico con todo su gravamen sentimental, pornográficamente sentimental.  La realidad se desvanece ante el imperio de la opinión pública/publicada. Ains, es el problema de vivir sin caja tonta y casi offline.  A partir del supuesto de la verdad científica imposible, la arrasadora supremacía del pensamiento simple y simplificador y de los grandiosos y facundos pronunciamientos, brota apresurada la farisaica amortización del malestar (social) y del lloro. De los bailecitos de los sanitarios, por ejemplo. Y para eso no hace falta aislar ningún virus. Gracias, alcalaíno único. Inmortal. En fin.