Augusto, sobrino-nieto de Julio César y primer emperador de Roma, nació en el año 63 a. C y gobernó desde el año 27 a.C. hasta su muerte en el 14 d.C. Por lo tanto, durante su imperio sucedió uno de los acontecimientos más importantes en la Historia de la Humanidad: el nacimiento de Jesús y con él una nueva Edad. Aunque la fecha exacta de tal nacimiento no se precisa en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, por datos indirectos se asume que debió ocurrir un día próximo al del solsticio de invierno, es decir a finales de diciembre cuando Augusto contaba con 49 años.

En el evangelio de San Lucas (2:1-9) podemos leer: “[…] Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado […] Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y estando allí se cumplieron los días de su parto y dio a luz a su hijo primogénito y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón. Había en la región unos pastores que moraban en el campo […] y se les presentó un ángel del Señor […]”.

Asimismo, San Mateo describe en su evangelio (2:1-11).: "Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. –Oyendo esto, el rey Herodes se turbó y convocados todos los principales sacerdotes y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.  Ellos le dijeron: En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta […] Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella  y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber para que yo también vaya y le adore. –Ellos, habiendo oído al rey, se fueron. Y  he aquí que la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño […]  Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”.
Es necesario recordar que el nacimiento de Jesús, su colocación en un pesebre y la adoración de los pastores se encuentra en obras maestras de El Greco, Tintoretto, Giotto, Mengs y en el magno óleo sobre lienzo de Murillo que contemplamos en El Prado. Del mismo modo que la adoración de los Reyes Magos –conducidos por una estrella desde Oriente–, fue recreada en obras no menos bellas de Leonardo, Botticelli, Durero, Veronés, Tiziano, Rubens, Maíno y Velázquez. 

La Natividad pudo empezar a celebrarse gracias al Edicto de Milán, promulgado en el año 313 por el emperador Constantino I (272-337 d.C.), en el que se concedía la libertad de religión a todos los ciudadanos del Imperio Romano. Así se permitió el culto cristiano, perseguido cruelmente desde los tiempos de Nerón (37-68 d.C.). Parece ser que a finales del siglo IV, en Antioquía, hoy en territorio turco, San Juan Crisóstomo exhortó a los cristianos a celebrar el nacimiento de Jesús cada 25 de diciembre, si bien hubo que esperar hasta el año 440, cuando el Papa León I el Magno, al acceder a la silla de San Pedro, estableció la fiesta de la Natividad definitivamente el 25 de diciembre.

            No es fácil precisar en qué momento se empezó a representar la escena de la Natividad de una manera parecida a los actuales belenes. Aunque en un documento de 1025 se hace referencia a un pesebre en la iglesia romana de Santa María del Pesebre (hoy Santa María la Mayor), la primera Natividad en la que se puso un belén fue en la Nochebuena del año 1223 y se debió a San Francisco de Asís. Aquel santo que al decir de Chesterton “comprendía las necesidades de la gente corriente y de humanismo que no excluía a la Humanidad”. Al parecer, en una cueva cercana a la ermita de Graccio (provincia de Rieti, en el Lazio) poco antes de la medianoche del 24 de diciembre, un sacerdote dijo la misa utilizando un pesebre como altar. En la cueva, además del oficiante, el Santo y una docena de fieles, había una mula y un buey. En su Legenda Maior Sancti Francisci, 1263, San Buenaventura cuenta que, después de la misa, San Francisco tomó la palabra para explicar el nacimiento de Jesús en un humilde y frío lugar en Belén. La cueva donde estaban, la cruda noche de invierno y la presencia de unos animales que mil doscientos años antes podían haber calentado al recién nacido con su aliento, impresionó a todos. Y fue tal la emoción del momento, que hasta el dueño del lugar aseguró más tarde que “aquella noche pude ver un hermoso niño dormido en el pesebre”.

En unos tiempos de privaciones, guerras, desgracias y terribles enfermedades, en las que la fe en Dios constituía el único soporte espiritual de los hombres, nació una costumbre que llegó hasta hoy. Porque durante la Navidad, en las iglesias empezaron a instalarse pequeñas chozas o humildes portales con figuras de madera, cera o barro cocido, representando a la Sagrada Familia, el pesebre, los pastores, los Reyes Magos, la mula y el buey. La costumbre pasó de las iglesias a las familias con posibles y, con el tiempo, la primitiva sencillez de las figuras fue perfeccionándose hasta llegar a convertirse en auténticas obras de arte, especialmente en Nápoles.

Desde el siglo XIV, la colocación de belenes en Navidad conmemorando el nacimiento de Jesús se convirtió en una tradición cada vez más arraigada en Italia, de donde pasó al resto de Europa, en especial a España. En ello tuvo mucho que ver la venida del rey Carlos VII de Nápoles a mediados del siglo XVIII. Tercer hijo de Felipe V de Borbón, accedió al trono de España como Carlos III al morir sin descendencia sus hermanastros mayores Luis I y Fernando VI.  Carlos III (1716-1788) llegó a Madrid en 1759 y, entre muchas y positivas realizaciones, estimuló la incorporación de los nacimientos entre la aristocracia española e hispanoamericana. Conviene recordar que los franciscanos se apoyaron con frecuencia en los belenes para enseñar y evangelizar a los pueblos autóctonos. De tal manera, en los belenes de la América Hispana vemos animales, frutos y plantas que eran desconocidos en Palestina cuando nació Jesús. Del mismo modo que Jesús, María y José se representan en todas las razas y lugares con el mismo fervor y belleza.

Y si en Nápoles procede destacar a belenistas famosos, como los hermanos Pietro y Giovanni Alemano, Arnolfo di Cambio o Antonio Rossellino, en España no podemos olvidar a Martínez Montañés, José Estévez Bonet o al gran imaginero murciano Francisco Salcillo.

Citar los belenes de mérito realizados en cualquier material imaginable y presentes en todas las casas, aldeas, pueblos y ciudades del mundo, llenaría una enciclopedia; y –nada más alejado de nuestra intención– ofendería a los no incluidos. Pero sí pensamos que existe un denominador común en todos los belenes: la fe, la paz, la inspiración, el arte y la belleza que conmueven a cualquier espectador de buena voluntad.

Dostoievski (1821-1881), fervoroso admirador de Rafael, que todos los años viajaba a Dresde para contemplar su Madonna Sixtina en la Gemäldegalerie Alte Meister, escribió en El Idiota (1869): “La belleza salvará al mundo”… Y, en Los Hermanos  Karamazov (1880): “Seguramente no podemos vivir sin pan, pero también es imposible existir sin belleza… Jesús fue un ejemplo de belleza y la implantó en el alma de las personas para que, a través de la belleza, todos se hicieran hermanos entre sí”. 

A su vez, Solzhenistzin (1918-2008), tan influido por Dostoievski, escribió en 1970, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura: “Hay un detalle en la esencia de la belleza, una característica en el status del arte. Se trata de que el poder de persuasión de una verdadera obra de arte es totalmente irrefutable. Y ese poder obliga a rendirse incluso a un corazón enemigo […] Una obra de arte lleva en sí misma su propia comprobación: los conceptos que se inventan o se fuerzan no resisten y no soportan ser retratadas en imágenes. Todos se derrumban, parecen enfermizos, pálidos y no convencen a nadie. Sin embargo, las obras de arte que han recogido la verdad y la han presentado ante nosotros como una fuerza viva, se arraigan en nuestro interior, nos impulsan, y nadie, ni siquiera en los siglos venideros, aparecerá para refutarlas […] La verdad y la belleza redimirán al hombre […]”. ¿Resultará que la frase de Dostoievski “la belleza salvará al mundo” no era una frase sin más, sino una profecía?

Cuando recordamos el belén de San Francisco de Asís, admiramos un artístico nacimiento napolitano o contemplamos cualquier pequeño belén en un modesto domicilio ante el que unos niños cantan un villancico, o cuando leemos lo que escribieron Dostoievski y Solzhenistzin, resulta imposible comprender el simulacro de belén perpetrado este año 2020 en la Plaza de San Pedro. Ni fe, ni arte, ni inspiración, ni paz o belleza pueden llegar al espíritu del que lo mira antes de apartar sus ojos. Porque nadie en su sano juicio puede detenerse a contemplar tal bodrio y disparate.

Parece que va siendo hora de que acudan misioneros a recristianar el Vaticano.