Llegaron las libertades. Se legalizaron los partidos políticos, las elecciones y se fueron conociendo los avatares de las cosas de los políticos, que llena de contenido la actividad de muchos periodistas. Es su trabajo. Viven de esto. Pero no limitan su actuación a dar información, sino que, los más destacados comunicadores, se esfuerzan en formar opinión y adoptan una posición “partidista” que desmerece la objetividad de la información. ¿Qué puedo hacer yo para obtener información, completa y veraz? Desde luego que puedo acudir a las redes sociales, donde hay tal nivel de informaciones que unas noticias tapan a otras y tampoco encuentro una razonable confianza en la veracidad de la información, y desespera ver entidades que se arrogan la misión de verificar la información, de las que también es pública su vinculación partidista. Ante este panorama me siento indefenso.

            Como la situación está tan generalizada parece imposible abandonar el enfrentamiento, que dejaría el campo de batalla a los rivales. Hay que seguir. Ante este panorama las personas se encuentran indefensas, esperando constantemente a las próximas elecciones si pretenden que su opinión, valga para algo. Mientras llegan los comicios vivimos mirando la representación teatral a la que se asemejan los parlamentos.

            Cada dos o tres días recibo una llamada de una compañía comercializadora de energía, que me proponen que unifique energía eléctrica y gas en una misma empresa. Suelo declinar su oferta con el argumento de que no me gustan los monopolios y por tanto no quiero colaborar a que una empresa se haga con la otra. Personalmente quiero tener dos suministradores, aunque soy consciente de que antes o después el pez gordo se comerá al chico y no tendré más remedio que acceder al recibo único. Ante esta violenta situación, me siento indefenso.

            Igualmente me asaltan compañías telefónicas para ofrecerme tarifas más ventajosas, a las que les suelo contestar con el mismo argumento, y eso que en este sector las diferencias son apreciables. Pero el proceso es más un enjambre de empresas que revolotea ante la más fuerte, heredera de la ventaja de las líneas de comunicación, hasta que de todas estas, quede solo una, con lo que me veré abocado a ser su cliente. Ante esta violenta situación, me siento indefenso.

            Durante los últimos veinte años he tenido cuenta corriente en un par de entidades financieras. Una de ellas ha cambiado dos veces de nombre con lo que quiéralo o no soy cliente de la última empresa que adquirió el negocio. Sé que puedo cambiar de entidad, pero el proceso es análogo en varias entidades financieras, y el calvario de cambiar la domiciliación de recibos y conocer sus páginas web, etc., hace poco atractivo la mudanza, con lo que me siento indefenso.

            Todos los problemas personales derivados de contratos o cuentas, tradicionalmente se resolvían acercándonos a la sede donde una persona, en general, amable se hacía cargo del problema y te indicaba la forma de solucionarlo. Hoy ante la Sanidad Pública o Privada, las Administraciones, (salvo excepciones), las empresas suministradoras de servicios, te enfrentas ante un contestador automático que no te permite explicar el problema que tienes, y en muchos casos te indica que para solucionarlo y tienes que disponer de un teléfono móvil, en el que tienes que instalar la aplicación correspondiente. Al ser la forma de actuar prácticamente igual en todas las oficinas del sector, no tienes la opción de buscar una entidad que te trate con consideración personal y así solventar el problema, pero todas actúan de la misma forma y en la banca no parece importarles mucho que anuncies que te vas a cambiar de entidad. Ante esta violenta situación, me siento indefenso.

            Hay también atenciones vía telefónica que tras esperar un rato que puede durar fácilmente quince o veinte minutos, por fin alguien te contesta: “ Buenos días le habla Esther o Sergio, ¿en qué puedo servirle?. Empiezas a contarle todas las incidencias que generan el problema, terminada la llamada puede que persista el problema, al menos en parte, y te ves en la tesitura de volver a llamar y aunque quieras que te atienda el mismo empleado, Esther o Sergio, no hay forma de volver a dar con ellos. La relación personal está cercenada. Ante esta violenta imposición, me siento indefenso.

            En casi todos los ejemplos que he puesto, hay una válvula de escape: la cita previa. Es verdad que puede solucionar problemas, pero no da buena respuesta a las urgencias y cercena la posibilidad de contar con una persona conocida, que te atienda correctamente, en definitiva que seas cliente de una empresa estableciendo una relación interpersonal entre empresa y cliente.

            Hace años mirar al sector público suponía una mayor garantía de protección y hoy eso se ha perdido en gran parte. Los oligopolios empresariales tienen todos los inconvenientes de los monopolios, puesto que los acuerdos son sencillos a pesar de la defensa de la competencia, y apenas alguna de las ventajas de la teórica competencia. Hemos vivido en España monopolios de empresas que prestaban suministros básicos que eran supervisados por una administración que velaba por el bien común y el sistema funcionaba bastante bien, porque la dinámica empresarial de maximizar el beneficio, conduce a la fusión de empresas. Y es un problema de fondo optar por un sistema económico radicalmente liberal que, siguiendo sus propios principios, esto es, las leyes del mercado, acaba en la perversión del propio mercado que en nada se parece a los planteamientos teóricos de infinitos demandantes e infinitos oferentes para la formación del precio por la “mano invisible” del mercado. Hasta ahora no he apreciado las ventajas de estas libertades porque ese proceso tan generalizado, será así, haga yo lo que haga, por lo que ante esa deriva, me siento indefenso.