¿Dónde estuvo la oportunidad? La pregunta nos pone ante el reto de afrontar una situación de las más complicadas de nuestra historia. Sobre todo, por la falta de alternativa real frente al dominio de las oligarquías de poder que han llevado a España al desastre más absoluto.

Llora Boabdil cuando pierde Granada y se lamentan todos los cobardes de la historia cuando se dan cuenta que ante el honor que es patrimonio del alma, como nos dicen los clásicos, prefirieron salvar vida y hacienda en lugar de tomar las armas contra un mar de dolores, y luchando darles fin. Se olvidaron que el honor es lo único que uno lleva consigo el día que llega la hora de la muerte. Por eso nos escandalizamos de lo que vivimos, pero no de nuestro obrar.  

España soporta una situación insostenible, una enorme crisis de identidad, una crisis moral y una crisis institucional; situación agravada por las consecuencias de la pandemia que ha provocado el Covid-19, que sabemos que es un virus que puede llegar a ser mortal, como de hecho ha demostrado, pero del que no sabemos por qué surge en China, que es el único país del mundo que crece económicamente. Por eso es natural que desde todos los frentes y ámbitos sociales se pida unidad para afrontar esta situación, máxime cuando el tiempo apura, y la deriva en la que se encuentra España no puede descartar que podamos llegar al estado fallido como venimos diciendo. Vayamos entonces por partes manteniendo la calma, que es lo último que hay que perder; aunque sin fabular, que es lo primero que hay que evitar.

Para empezar debería forzarse la dimisión de este Gobierno mediante un acuerdo institucional a cuya cabeza tendría que figura el Rey, respaldado por las Fuerzas Armadas, que tendrían que servir para algo más que para desfilar, y por el resto de las instituciones del Estado, ya que el clamor del pueblo es evidente. Después, y ya estaríamos en un segundo momento, convendría conformar un Gobierno de unidad nacional claramente constitucional, porque parcelar o reducir ese gobierno al dictado político partidista sería equivocarse. En cualquier caso hay que cambiar la dinámica para conseguir afrontar la situación en un escenario internacional de grandes convulsiones. 

Cuatro tendrían que ser las primeras medidas a tomar:

1º. Reforma de la Constitución, priorizando el poder del Estado.

2º. Pacto migratorio acorde con nuestras necesidades reales: expulsión inmediata de los extranjeros ilegales o sobre los que pese cualquier denuncia o investigación penal, así como la expulsión de los que terminen de cumplir penas de privación de libertad; e implementación de la condición de “ciudadanía” frente a la condición de “nacionalidad”.

3º. Reducción del gasto público del Estado, de la clase política y altos cargos.

4º. Fiscalización proporcional.

Con todo, la clave de la salvación de España está en nuestra fe católica, que impulsaría renovar las leyes, usos y costumbres conforme a esa fe en la que decimos creer, y de la que depende nuestra vida futura. A menos que esto de la fe sea un cuento, el “opio del pueblo”.

No sé si me repito mucho, pero es lo que no dejo de pensar.