Llevamos décadas padeciendo los abusos de una casta política enemiga de España, cuyo objetivo prioritario ha sido la patrimonialización del Estado en provecho propio. Y cuando se parasita el Estado para aplicarlo a intereses partidistas o personales la democracia ha muerto o es una ficción. Y eso es lo que ha venido ocurriendo en España, más o menos furtivamente, hasta que tras las últimas elecciones generales que propiciaron el actual neofrentepopulismo gobernante, primero, y la moción de censura presentada por VOX -con la definitiva defección del PP-, después, los traidores se han arrancado la careta, dejando esclarecido el panorama político de modo concluyente.

Ante la evidencia de dos bandos que, con opuesta visión existencial y humana, pugnan por prevalecer, es preciso descartar los equívocos y las ambigüedades al respecto. Y en ese enfrentamiento los espíritus libres, de momento a la defensiva, nos estamos jugando la libertad y, tal vez, incluso la vida. Ahora, después de las elecciones USA, otro estruendo más en la inmoralidad reinante, patrocinada por el globalismo, la primera conclusión que se saca es que el Mal está librando una batalla decisiva en aquella nación para conseguir sus objetivos generales.

La segunda deducción es que una mentira no puede parecerse a la mentira. El malhechor está obligado a disimular su engaño, convirtiéndolo en probidad, de ahí que la mentira tienda, por naturaleza, a la verdad. El agiotista quisiera que su mentira se pareciera absolutamente a la verdad, que fuera la verdad. Y en esa lid, Biden y su parafernalia propagandista están combatiendo con artimañas de truhanes, al modo del atracador que mientras huye con el botín va dando gritos de «¡al ladrón, al ladrón!», señalando a otro prójimo.

Pero el Mal -siempre alerta y siempre avispado-, sabe que lo modélico es la verdad, que nada hay como ella. Por eso el más tramposo de todos los hombres habla siempre en nombre de la verdad, y quiere por todos los medios a su alcance disfrazar su mentira de verdad. Y es buscando tal efecto, como estos expoliadores ensayan habitualmente ante el espejo para dar a sus gestos apariencia de verdad. Mas adquiriendo la disciplinada costumbre de hacer muecas frente a su propia imagen y frente a los destinatarios de su discurso, corren el grave riesgo de convertirse en una mueca, es decir, en rehenes de sí mismos, de su gigantesca mentira. 

España, que lleva décadas sufriendo bajo las botas de los grandes salteadores que la han dirigido y dirigen, aparte de estar viviendo por encima de sus posibilidades económicas, también se ha acostumbrado a vivir por encima de sus responsabilidades morales. No sólo España, es cierto. Es la civilización milenaria de Occidente la que se halla asfixiada por una marejada de escándalos, azotada por la desfachatez de los instrumentos de ese Mal dispuesto a subvertir la naturaleza humana y su ámbito social.

Pero ya no se trata de recordar las innumerables veces que los escasos políticos, intelectuales y periodistas honestos han venido advirtiendo del declive, de la corrupción que se respira en la atmósfera de Occidente y, dentro de ella, en la de nuestra patria. No; de lo que ahora se trata es de asombrarse de que todavía queden ciudadanos que se asombren de esta realidad cotidiana que no deja de degradar al ser humano. Porque este asombro sólo puede venir de la nesciencia más oscura o de la hipocresía más deleznable.

Hasta los analistas más recalcitrantes en el mundo de lo social, de lo político y de lo económico, saben ya que los que fueron tachados de conspiranoicos en el pasado, llevaban en sus denuncias el germen más puro de la razón y de la verdad, y que sus advertencias fueron inútiles. Todo aquél que contempla nuestro modo de vida actual con los dos ojos abiertos, entiende que el individuo está amenazado por una estrategia diabólica diseñada por los poderes fácticos, e instrumentada por sus sicarios.

Por eso resulta fatigante seguir mareando la perdiz en tertulias y mentideros acerca de la desvergüenza de los líderes mundialistas y de sus mandarines, pues es un ejercicio de masoquismo que sólo conduce a cocerse en el propio estupor. Y que, además, acaba volviéndose contra los mismos sorprendidos, pues, dominada como está la información por los medios de manipulación de masas, nadie quiere creerlos, desautorizados como están mediante acusaciones de exageración, de malos perdedores y de falta de pruebas, como le está pasando a Donald Trump.

De ahí que, ya convencidos de que son los criminales quienes, apuntando a los demás, gritan: «¡al ladrón, al ladrón!», debamos dejar de dar vueltas alrededor de lo evidente, evitar enredarnos repitiendo las abominaciones de los plutócratas colectivistas, sacudirnos la parálisis y pasar por fin a la ofensiva. Más que angustiarnos por la magnitud de su vileza, lo que debe preocuparnos es cómo llegar al fondo del asunto y desde allí saber qué armas podemos oponer a su lúgubre juego para regenerar la atmósfera social y las instituciones; qué logística es la adecuada para el ataque.

Qué puede y debe hacerse para abortar sus fraudes, sus ambiciones especulativas, sus holgados sobreprecios, sus tenebrosos monopolios, truncando la financiación y el éxito de sus campañas y negocios. Cómo organizar la disidencia contra sus mercados políticos, económicos e ideológicos. Con cuáles fórmulas boicotear sus argucias de ingeniería social, sus presupuestos, sus ilegales actuaciones administrativas, sus lóbis y medios de comunicación… Dónde se halla su línea de flotación para torpedearla. Qué puntos de su doctrina se muestran más inconsistentes para enfrentarlos mediante una batalla cultural solvente…

Y, sobre todo, cómo implicar en esta batalla inevitable a los intelectuales, educadores, jueces y guerreros indecisos, porque alguno de entre ellos alentará aún una brizna deontológica en su almario. España, que está siendo atacada desde hace décadas mediante una iniciativa tenebrosa para desarraigar su esencia y su razón de ser, requiere que estos ciudadanos aún irresolutos dediquen su esfuerzo a salvarla de quienes están depredando al pueblo, arrancándole paulatinamente sus trabajos, sus propiedades, su libertad y su soberanía.

Y no se trata de suplicarlos, ni por medio de ruegos obtener su compromiso, sino exponiendo la gravedad de los hechos y tratando de persuadirlos. Porque intelectuales, educadores, jueces y guerreros, ajustándose a la actualidad y a la experiencia, tienen una delicada responsabilidad y no están sentados en sus ocupaciones como un favor, sino para defender la verdad y, más allá, la vida.

Si nos perdemos, que no sea por negligencia ni deshonra, sino por no aceptar que los salteadores de urnas se queden con el santo y la limosna desde posturas de demócratas selectos. Si nos condenan que sea por divulgar y reprobar sus fraudes y coartadas, por denunciar la imposición de sus votos ilegales, de sus decretos totalitarios, de las patrañas informativas de sus medios de propaganda… Por mostrarnos inflexibles, en definitiva, ante sus abusos.