No podré expresar con palabras el deleite que experimenté al leer en el Diccionario de Comercio de Jacobo Sabari la admiración y el asombro con que en él se habla de la fidelidad española. Entre otras dice “Hasta ahora jamás he visto a un español que fuese infiel al que hizo confidente suyo.” Y es que cuando un español se comprometía, aún en circunstancias cambiantes, a hacer algo dando su palabra, lo cumplía siempre porque en él está desarrollada de tal forma la lealtad en su conciencia que inexorablemente le conduce a sostenerla por encima de vendas y de excusas.

     La lealtad es un corresponder, una obligación que se tiene con los demás. Es un ser congruente entre lo que se tiene como valor humano y lo que se hace en la vida diaria. Es un compromiso a defender lo que creemos y en quien creemos. Es mantener en absoluta consonancia lo que se dice, se ofrece, se promete o se jura, y lo que se hace en la práctica. La lealtad es un valor que lleva siempre a una etapa más profunda, al crear el compromiso que va más allá de lo bueno y de lo malo.

     La lealtad es como una llave maestra que nos permite abrir las puertas de la relación auténtica y siendo como es un valor difícil de encontrar, quien la posee es espejo de confidencialidad, de respeto, de responsabilidad y de honestidad. La lealtad es el cimiento firme que da confianza en la relación de corazón a corazón de los que aspiran a la amistad mutua.

     Los españoles siempre hemos tenido a gala el deber de ser leales a aquellos que dependían de nosotros: familia, amigos, empleados o empleador. La lealtad es el amor bondadoso en acción y la potencia desarrollada en nuestra alma que nos transforma estrechamente con otras virtudes propias de nuestra idiosincrasia como la amistad, el respeto, la responsabilidad y la honestidad entre otras. La lealtad es una consecuencia de un sentimiento afectivo, es el resultado del discernimiento para elegir lo que es correcto. Si prometo amar, la lealtad me obliga con el ser amado a mantener ese amor en hechos cotidianos, pero me obliga también ante mí, para ser leal conmigo mismo. Quien es leal respeta sus compromisos para con su Dios, su gente y consigo mismo

      A lo largo y ancho de nuestra historia los pechos españoles han tenido la gran virtud del honor, principalmente por ser leales al cumplimiento de la simple palabra dada, equiparable a la comprometida por escrito en promesas y convenios de cualquier tipo, pues cuando los españoles sellaban su palabra con un simple apretón de manos, bastaba para cumplirla con mayor valor que cualquier documento, porque por encima de todo eran leales a su palabra. Quede bien reflejado que guardar la palabra dada en las relaciones que la Patria ha sabido mantener, se deben a la vivencia habitual española del valor de la lealtad.

     Quien es leal, cumple sus compromisos en todo y con todos en la vida real; no es asunto de discurso vocinglero o de frases petulantes. En los hechos vitales, o se es leal o no se es, no hay términos medios; por eso Cristo nos dijo: “el que no está conmigo está contra mí”. Y es que moralmente hablando en la lealtad no existe la neutralidad, porque en todo acto volitivo sobre los deberes adquiridos o asumidos no existe el agua templada, o está bien o mal hecho.

    Pero la personificación de la lealtad española es el Gobernador Don Alfonso Pérez de Guzmán, que estando a su cargo la defensa de Tarifa supo defenderla hasta el límite de la lealtad extrema, en un acto escrito en letras de oro en los anales patrios, al protagonizar frente al antagonismo del Infante Don Juan, hermano del Rey Don Sancho, quien tras su fracaso en el intento de apoderarse de la Plaza, se apoderó  del  hijo del Gobernador intimidándole a la rendición so pena de degollar al inocente; y ante tal perversidad don Alfonso contestó: “Don Juan, si  el campo no hay acero, ahí va el mío, que antes diera cinco hijos si los tuviera, que una Plaza que tengo confiada por el Rey”, y le arrojo su daga. El infeliz fue degollado con el arma de su padre y su cabeza arrojada a la Plaza, pero ésta no se rindió, y tan patético acto dio origen a que se le apellidase Guzmán el Bueno.

    Cuando damos lealtad y la esperamos en reciprocidad, basamos todo en la confianza, que como dice un viejo principio, es tan difícil de ganar como tan fácil de perder y tanto más difícil de recuperar. Y cuando por deslealtad alguien en quien confiamos nos hace trampa, nos engaña, nos traiciona o saca provecho de nosotros, entonces sentimos una especie de frustración, que siempre nos causa disgusto y desilusión. La traición es la antítesis de la lealtad, y cuando es causada a la Patria nos produce rabia, disgusto y desengaño; furor e irritación y por la imponencia ante la felonía consumada, disgusto y pena por la propia deslealtad; desengaño y tristeza por la falla humana y la debilidad de carácter, propio de traidores y perjuros.

    Miremos hoy a nuestro entorno y observemos la faz llorosa de nuestra pobre España, cuyas lágrimas han sido ocasionadas por el producto de la deslealtad, el perjurio, la traición y la entrega de una Victoria, ganada con la sangre de los mejores, a los mismos que antaño la derramaron. ¿Existe mayor infidelidad? Pues, si, el querernos hacer creer que nuestro sino es perderlo todo, hasta el orgullo, y de no tener ya ni identidad ni destino.

    En la España democrática hemos perdido hasta el respeto por la Ley; esto es, en general se observa como el pueblo español ha entrado en un proceso de perdida de la lealtad.

    Pero es que la deslealtad existente, tomada en el sentido de romper lo propio por infidelidad, lesiona de tal forma al desleal que hace que ésta se dañe a sí misma. Quien no se siente enraizado en su Patria sufre dos graves consecuencias: lo propio, a fuerza de no asumirlo, y llegando a perderlo, y lo ajeno que a veces suele ser un postizo que no encuentra a dónde prenderse.  He aquí por qué la deslealtad puede presentarse como una enfermedad autoinmune:  perjudicando a quien es desleal y a la colectividad a la que el desleal, y hoy hay muchos desleales, pertenece.

    ¿Cuál es la causa por la que una persona se perjudica a sí misma y al colectivo del que forma parte? No es difícil de responder:  la codicia y el poder hacen que el hombre mediocre y avariento rompa su fidelidad, si es que la tiene, y por egoísmo y mezquindad traicione a los suyos, a los de enfrente y a cuantos se pongan por delante. Porque donde hay mucha codicia no puede haber amor, ni fe, ni lealtad, sino todo movimiento mezquino de voluntad y obra.

     Los desleales actuales, al igual que los traidores y perjuros de la mal llamada transición, son conscientes de su traición a la Patria y, para ocultar su vergüenza, suelen poner en marcha una maquinaria propagandística en la que se invirtiendo los términos, disfrazan la deslealtad por tolerancia y equiparan la lealtad con la intransigencia. Con frecuencia oímos decir a estos traidores frases como “yo respeto todas las ideas”, como si todas las ideas, incluso las contrarias a la unidad de la Patria, fueran ellas –y no los españoles– los dignos de respeto.

     En mi fuero interno opino, en respuesta a la pregunta que encabeza este escrito y concluyo, que este proceso de deslealtad es el que ha originado, y sigue originando, la crisis actual y la decadencia de nuestra sociedad.