Esta mañana, leyendo los correos que me habían llegado al ordenador, me encontré con unos párrafos escritos por Pepe Mújica, expresidente del Uruguay, uno de los poquitos que llegó a la presidencia pobre y salió igual. Decía Mújica:

 

"¿Qué sería de este mundo sin militantes? ¿Cómo sería la condición humana si no hubiera militantes? No porque los militantes sean perfectos, porque tengan siempre la razón, porque sean superhombres y no se equivoquen… No, no es eso.

Es que los militantes no vienen a buscar la suya, vienen a dejar el alma por un puñado de sueños. Porque, al fin y al cabo, el progreso de la condición humana requiere, inapelablemente, que exista gente que se sienta en el fondo feliz en gastar su vida al servicio del progreso humano. Porque ser militante no es cargar con una cruz de sacrificio, es vivir la gloria interior de luchar por la libertad en el sentido trascendente."

 

Me trajo a la memoria lo que hace algún tiempo leí en una entrevista a Martin Seligman, uno de los creadores de la Psicología Positiva, una rama de la Psicología que no trata de las deficiencias sicológicas, sino de lo que puede ayudar a llevar una vida más feliz a las personas normales. Ante la demanda de una receta para la felicidad, Seligman responde:

“En realidad tengo tres, que se aplican a tres niveles que llamo: la vida placentera, la vida buena y la vida con sentido… el tercer nivel consiste en poner tus virtudes y talentos al servicio de alguna causa que sientas como más grande que tú. De esta manera dotas de sentido a toda tu vida”.

 

La militancia de que habla Pepe Mújica es precisamente vivir en ese tercer nivel de Seligman. Entregarse al trabajo y la lucha por un mundo mejor, un mundo en paz y en justicia, fraternal y libre, donde todos podamos llevar una vida digna, sin la angustia de que nos falte el pan de cada día. Y esa tarea proporciona felicidad.

 

Es verdad que también se puede militar en causas muy ruines. Trabajar y luchar movidos por el egoísmo individual o de grupo, el nacionalismo estrecho y excluyente, el odio, el desprecio y al mismo tiempo el temor ante “los otros”. El polo opuesto a ese gastar la vida al servicio del progreso humano de que habla Mújica. Tampoco empeñarse en la lucha por la riqueza es una causa que pueda llevar a una plenitud humana y a una felicidad profunda.

 

Si esa militancia limpia se asume desde una fe cristiana, una fe que acoge como norma de vida el mandamiento de Jesús: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, entonces, al sentido de la vida que se encuentra abrazando la causa de la humanidad se une el sentido de la vida que proporcionan unas creencias religiosas. Y ambos sentidos confluyen en un sentido pleno y absolutamente satisfactorio para la vida humana.