Vaya por delante que, como es el caso, unas elecciones bajo la violencia amparada y fomentada por las instituciones del Estado nunca podrán ser libres.

 

La desnaturalización de la actividad política en esta campaña electoral catalana no es noticia, pues dicha desnaturalización es ya un lugar común en la política española desde hace varias décadas. Pero es obvio que el balance realizado por nuestra clase gobernante es cada vez más negativo, si fuera ello posible. Hace ya mucho tiempo que no sólo se ha renunciado a solucionar los problemas del país, sino que la casta política se viene empeñando en deteriorarlos más profundamente, escupiendo cada día en la Constitución y en el sentido común.

 

Si ya en las campañas electorales de una democracia normal, el ciudadano suele encontrarse indefenso ante el torrente de mensajes políticos más o menos adulterados, que le llegan a través de unos medios de comunicación condicionados en beneficio del partido o de la tendencia afines, qué podrá decirse de unas elecciones convocadas en nuestros días por la sórdida Generalidad y controladas por el no menos sucio frentepopulismo en el Gobierno.

 

Los medios más influyentes, incentivados por la subvención, han decidido utilizar la actividad propagandística de aquellos partidos o fuerzas políticas que los subsidian, algo que es radicalmente incompatible con la deontología periodística, o lo que es lo mismo, con la libertad, máxime en tiempo de elecciones. Y arropadas por dichos medios, las instituciones en manos de los poderes fácticos y de sus asalariados frentepopulistas, abusan de su dominio para eternizarse en la más absoluta tiranía.

 

Así, los partidos de la casta comercializan sus ideologías y sus líderes venden la mercancía. Nadie trata de ayudar al ciudadano, sino que, olvidándose de su condición humana, mezcla de valores sociales, morales, intelectuales y religiosos, se dirigen a él como un mero cliente al que se le puede y debe engañar, porque lo esencial es que compre el producto publicitado, aún a sabiendas de que lo que le ofrecen es veneno.

 

La verdad, la razón y la ética se olvidan en nombre de la demagogia y de la trampa, compañeras de la codicia por el poder. Los programas políticos, los contenidos, se convierten en eslóganes o consignas. Todo ello supone una contaminación que los periodistas venales contribuyen a propalar, especialmente en las televisiones, unas oficinas de propaganda que distorsionan la realidad con objetivos estratégicos, degenerando la política y la información y causando deformaciones en la percepción de la realidad de los receptores.

 

El engaño como fin social, el fraude como costumbre política, la corrupción como sistema económico, la manipulación como método informativo y el confinamiento como táctica negrera tienen receloso, envilecido y hastiado al gentío, y el gentío tiembla y duda, porque no sabe si va a ser el virus o los indeseables y violentos frentepopulistas quienes le lleven por delante a la hora de depositar su voto.

 

Muchos catalanes no acudirán a votar. La mayoría de ellos por puro miedo, algo que no importa a la tropa de facinerosos, sabedora de que será ella quien recuente finalmente las papeletas reales y las falsas. Quiere decirse, tras lo expuesto, que nuestra cacareada democracia es una absoluta mentira, y que sobre su falacia, más que sobre su equívoco, los españoles estamos malviviendo silenciosos e inertes.

 

Hubo un tiempo, años atrás, en el cual la mayor amenaza para el sistema político que nos aherroja era la no participación masiva en las elecciones. La abstención mayoritaria era lo más temido por la partidocracia al uso, porque dejaba en evidencia sus tics corruptos. Que la ciudadanía se marchara al campo a comer tortilla en vez de acudir a las urnas suponía la gran bofetada a la casta. De ahí que ésta se afanara en demonizar a la abstención y reconvirtiera engañosamente el derecho a votar en el deber a votar.

 

Pero en la actualidad ese problema ya no les causa quebraderos de cabeza, porque uniendo sus recursos tecnológicos a su naturaleza infractora, de ventajeros, y a su invasión de las instituciones, los resultados acabarán dándoles el triunfo de uno u otro modo, ya que han transformado las elecciones no sólo en otra mentira más, sino en el cepo definitivo en donde tienen atrapado al ciudadano.

   

Todo, pues, en esta democracia, es artificio. La soberanía que, teóricamente, reside en el pueblo, es una ficción. La soberanía real se halla en los comités ejecutivos de los partidos, concretamente en este tinglado frentepopulista -y en sus cómplices- que nos domina. Hoy el Estado ha dejado de representar a la sociedad, pero estos forofos del Mal, estos artistas de la violencia, pretenden mantener finalmente la farsa mediante unas elecciones trucadas en origen que ellos transformarán en plebiscitarias y con las que tratarán de lavar todos sus crímenes y corrupciones.

 

Para que un Estado sea democrático se precisa un régimen electoral representativo de la sociedad civil y una efectiva división de los poderes. Miren ustedes alrededor y, tras contemplar la feroz persecución ejercida por las terminales del poder contra el único partido parlamentario hoy razonable y comprobar después las inexistentes reacciones del conjunto de las instituciones ante el atropello, respóndanse si en España hoy existe democracia.

 

A la casta partidocrática que nos ha traído hasta este fangal -y a sus cómplices institucionales- hay que erradicarla del Estado, que ha hecho suyo, y devolverla al lugar que le corresponde: la cárcel. Mientras que la soberanía popular no deje de ser una ficción, mientras que no se reforme un sistema electoral y una Constitución con comodines en su seno favorecedores de la autodestrucción y de la hispanofobia, mientras los delincuentes y los dementes no se hallen entre rejas, ninguno de los riesgos de despotismo que produce esta casta política estatalizada podrán superarse, y España continuará sufriendo todos los obstáculos posibles para su progreso, en especial la perniciosa inestabilidad que nos envuelve.

 

En definitiva, en una democracia falsa no pueden darse elecciones veraces, lo mismo que en un cuerpo descompuesto no puede existir -salvo milagro- un miembro sano. Tras las elecciones, el Mal habrá avanzado un paso más. Veremos -no sabemos hasta cuándo- a un PSOE más entronizado y más protegido por sus cómplices, a pesar de su inconsistencia y, por consiguiente, dado el objetivo común que los activa, unas medidas y unos decretos más despóticos y perversos.  

 

Si hasta ahora su vinculación con los sectores transnacionales que han venido gobernando en España desde la muerte de Franco les ha posibilitado el secuestro del BOE y de la ciudadanía para llevar a cabo la desnaturalización del individuo y de la patria, después del 14 de febrero veremos a estos instrumentos del Sistema apostando más fuerte por su propio futuro sociopolítico, y por el de sus amos.

 

No es, pues, una cuestión de elecciones la solución de España en esta hora. Y ellos lo saben. Es decir, saben que las elecciones son un mero trámite, nada incómodo por cierto dado su actual dominio. La solución pasa por una cuestión de estructura y modelo de poder, porque desde la muerte del Caudillo, la sociedad española, huérfana de guía y dirigida por unos políticos desleales y codiciosos, sin conciencia nacional ni pública, ha ido entregándose paulatinamente a un hedonismo pueril y esterilizador. Durante estas décadas nunca ha creído en su responsabilidad soberana y por ello nunca ha sentido la necesidad de elegir a verdaderos gobernantes, y menos aún de exigirles sus obligaciones y compromisos.

 

Y lejos de imponer a personajes dispuestos a servir al pueblo soberano y a la nación, se ha conformado con un amo, mientras este le proporcionara el goce equívoco de la llamada sociedad del bienestar. Ahora que ya tiene el amo que buscaba -bien implacable y despótico, por cierto- y que la tan cacareada como engañosa «sociedad del bienestar» va tocando a su fin, si no lo ha hecho ya, ¿cuál será su reacción, más allá de unas elecciones corrompidas de antemano?

 

P.S. Una vez finalizadas las elecciones, ¿alguien va a solicitar la revisión de la copia de las actas con los resultados publicados y se van a respetar los tiempos y controles establecidos previos a la declaración del ganador? ¿O va a ocurrir como en los anteriores comicios en los que todos, del rey abajo -salvo un grupo de ciudadanos aguerridos-, aceptaron la celada?