Como seguidor de la actualidad política vengo observando hechos que por si mismos no serían objeto de atención, pero que puestos en relación y en conjunto, adquieren una nueva dimensión. Esto me pasa con las actuaciones recientes y no tan recientes de los gobiernos de Pedro Sánchez.
 

Para ser más concreto me refiero a la actitud del gobierno desde que tomó posesión a mediados de enero hasta hoy. Para los periodistas y medios afines al régimen que nos desgobierna la reacción de la pandemia fue la que debía ser. Para otros muchos llena de lagunas e incompetencias. En definitiva, para unos todo habría sido correcto, o casi, mientras que para otros, los múltiples fallos serían achacables a políticos incompetentes.

Vistos los fallos, las negligencias, las sucesivas dejaciones de funciones, las corruptelas -presuntamente delictivas- en las adquisiciones de material imprescindible, las comparecencias con mensajes contradictorios, la asunción de competencias para luego dejar a los ancianos abandonados y solos frente a la muerte, etc, etc, pienso que cabe una tercera alternativa a las dos que mencionábamos al inicio de este escrito.

La tercera alternativa, no es otra que toda esa laxitud e indolencia obedezca de manera predeterminada a no hacer nada, incluso con actuaciones que sirven para empeorar las situaciones, tanto deíndole sanitaria como económica, con el fin de degradar y arruinar a España y a los españoles. Se trataría no tanto de actuaciones negligentes, como criminalmente dolosas.

Poco a poco, atando cabos, todo lo que hace o deja de hacer este desgobierno converge hacia una misma línea, que no es otra que la de destruir vidas y bienes, empobrecer, someter, adoctrinar, romper España y dividir a los españoles.

Pero, esto no es nuevo. Ni siquiera el invento de un botarate que responde a los apellidos Rodríguez Zapatero que accedió a ser presidente de 2004 a 2011 gracias a un atentado nada claro en su autoría y fines. Estaba ya en las propias entrañas de la llamada transición, en que quienes la posibilitaron -los propios tardofranquistas- permitieron que un partido el socialista, literalmente desaparecido durante los 35 años de gobierno del general Franco, se subieran junto con los comunistas al carro de una solución pactada con la CIA y la socialdemocracia alemana, ante la imposibilidad de la ruptura democrática que propugnaban y que el pueblo español les negó.

El centro Suarista, ayuno de ideas e ideología y la derecha copada por una amalgama de franquistas de cuño más blando, democristianos y liberales, cometieron dos errores: renunciar a los valores de la tradición española, a la cultura y el humanismo cristiano, dejando que se impusiese, poco a poco, el discurso sectario de la izquierda y, dos, potenciar y dar alas a los nacionalismos en la creencia de que se iban a contentar con un ininteligible estado de la autonomías, que fue el semillero del secesionismo actual, mediante la proscripción de España y del español y la ingeniería mediática y educativa de la sociedad.

Quizá, el desgobierno de enero de 2020 no se mueva por incompetencia, ni laxitud, ni indolencia, quizá lo haga para cambiar este régimen y sustituir el actual que ya nada tiene de democrático por haber invadido el ejecutivo a los otros dos poderes para instaurar uno nuevo con las regiones disgregadas en repúblicas chavistas, al dictado del globalismo. Quizá no, seguro, se trata de un ensayo en Europa.

Como en casi todo, este desgobierno nos mintió en sus promesas de transparencia. Pero, todavía no es tarde para exigirle al presidente que nos diga de qué hablaron él y Soros en la primera y sucesivas entrevistas que ambos han mantenido. ¿De qué presidente?, ¿acaso no nos lo puede decir?

Para mi, que todo huele, presuntamente, a delitos de alta traición.