Cantaba Julio Iglesias aquello de “la vida sigue igual” y a fe que acertaba de pleno en sus estrofas. Al menos, en lo que a España se refiere, la vida sigue igual.

Estamos en la parte central del verano, el tiempo vacacional por excelencia para una buena parte de los españoles. Estos días, las carreteras se verán abarrotadas de coches camino de las playas, de la montaña o de las localidades originarias de cada uno con el fin de disfrutar de un mes de merecido descanso en unión de familiares y amigos.

Sin embargo, tampoco este verano, al igual que sucediera con el del pasado año, se parecerá en nada a los vividos con anterioridad, aquellos meses alegres y divertidos en los que España ardía en fiestas por doquier.

Mientras, paulatinamente, en el resto de Europa las restricciones van desapareciendo ante la presión a cada paso más enérgica de la ciudadanía, harta ya de tanta manipulación y tanta mentira oficial, aquí nos siguen amenazando con cierres perimetrales, toques de queda, vuelta a la mascarilla obligatoria y merma de nuestros derechos y libertades.

Lo último, la pretensión de que a la entrada de bares y restaurantes se establezcan una suerte de controles de acceso con el fin de que, un individuo cualquiera, sin fundamentarlo en derecho alguno que le asista, pueda pedir que nos identifiquemos o que le mostremos nuestros certificados médicos de vacunación o los resultandos del último pcr. Realmente escandaloso e indignante.

Pese a todos estos atropellos, todavía hay alguno y alguna -cumple ser correcto políticamente, una vez más- que aplauden la implementación de tales medidas, aduciendo la manida frase de que “lo hacen por nuestro bien”. Curiosamente, muchos de estos que aceptan de buen grado tan escandalosas medidas, son los mismos que otrora clamaban si la Policía les pedían que se identificasen. ¡Hay que ser imbécil!

Esperemos que los hosteleros, a los que tantos hemos apoyado en los peores meses de la “plandemia”, no entren en este juego ya que, de ser así, seremos muchos los que dejaremos de frecuentar sus establecimientos.

Todavía, el otro día, con un cinismo apabullante, una miserable política, de esas que forman parte del golpismo catalán, se atrevió a decir públicamente que todavía no nos habían metido en el cuerpo el miedo suficiente.

Sin duda acertó, haciendo bueno aquello de que “por la boca muere el pez” o la “peza”, según se mire. De eso se trata desde el principio, de inocularnos el terror, el miedo cerval para poder manejarnos a su antojo con la vana promesa de que ellos, los políticos, nos salvarán, siempre que seamos buenos y sigamos, al pie de la letra, sus dictados a cada paso más totalitarios y más atentatorios contra nuestras libertades.

Entretanto, este gobierno miserable, nos sigue colando sus leyes bastardas y sectarias. La última, esa de la pretendida “memoria democrática” en la que, curiosamente, las barbaridades y los crímenes cometidos por el frente popular y sus adláteres quedarán impunes. Es decir, será perseguido todo aquel que no sea comunista o socialista.

Por supuesto, en su nueva interpretación de la verdad histórica, pasaran por alto, en un ejercicio de insulto a nuestra inteligencia, aquellas elecciones fraudulentas, con actas falsificadas al más burdo estilo, que permitieron, mediante un vulgar pucherazo, que toda la patulea del frente popular se adueñase del poder.

También, nadie podrá hacernos recordar quienes fueron los auténticos culpables de aquel levantamiento del 18 de julio y, en consecuencia, de la guerra civil, los mismos –socialistas, comunistas, anarquistas, etc.– que encabezaron el golpe de Estado contra la República en 1934, que tantas vidas costó entre la población civil y el personal militar y policial.

Por descontado, no se podrá hablar del vulgar “paseo” que le dieron al líder de la oposición, Calvo Sotelo, valiéndose, incluso, de una furgoneta policial y contando con el concurso no solo de personal del Cuerpo de Seguridad y de la Guardia Civil, sino también de las juventudes del Partido Socialista Obrero Español, uno de cuyos miembros fue el autor material de tan execrable crimen.

También, caerá en el olvido, la saca de dinero y joyas, realizada por los líderes del frente popular que, al ver que las cosas no rodaban a su gusto, hicieron la maleta, cargada con el dinero de todos los españoles, y huyeron a lejanas tierras donde vivieron a cuerpo de rey su pretendido exilio.

De igual modo, quedará sepultada por el olvido, la criminal invasión del maquis, alentada por los mismos que provocaron la guerra civil, que tantas víctimas causó en nuestra Patria.

Es decir, que una buena parte de nuestra historia, en especial las canalladas y tropelías cometidas por aquella banda de desalmados del frente popular quedarán impunes y lo que es peor, en un ejercicio muy “democrático” no se permitirá siquiera que se estudie y mucho menos que se publique nada al respecto bajo amenaza de prisión y multa.

En igual medida, lo estamos viendo, quedarán impunes muchos de los asesinatos cometidos por la ETA y otras bandas terroristas, para de esta forma contentar a sus herederos bilduetarras y así seguir granjeándose los votos necesarios para mantenerse en el machito, en la misma medida que sucede con los golpistas catalanes que ya asisten, sin recato, a actos políticos donde se sigue fraguando la desmembración de España.

Entretanto, nosotros, seguimos callados, acobardados, con las bocas tapadas por los bozales y manteniendo la necesaria distancia para que así el “gran hermano” pueda visualizarnos mejor y saber quiénes somos e incluso leer nuestros labios para conocer lo que decimos o de lo que hablamos.

Aquí, a lo que se ve, las preocupaciones más acuciantes de un pueblo, drogado por la mentira, giran en torno a la “playita”, las “vacas” y tomar una “cañita” en una “terracita”. Con eso es suficiente para agachar la cerviz y permiten que nos manejen un montón de dictadorzuelos que lo único que buscan es salvar su culo.

Y nosotros, seguimos sin enterarnos de que todo esto obedece a un plan perfectamente trazado y anunciado desde 2010, incluso antes, al que nos hemos sometido, muchos de buen grado.

España se desmorona. El turismo, una de nuestras principales fuentes de riqueza, languidece; el comercio cierra; el paro aumenta y, en breve, la pobreza hará acto de presencia, pero eso sí, nosotros seguiremos callados, cual siervos vasallos, acatando todo lo que nos dicen a ver si así, con un poco de suerte, los políticos nos permiten sobrevivir.