Aún estoy horrorizado del despertar de hoy, amanecer rojo después de una noche oscura. El sueño de la razón produce monstruos, diría Goya, cuando fue testigo de una orgía de sangre, odio y resistencia. Soñé que los aniquilaban sin piedad... pero vayamos por partes. 
 
No sé si fue sueño o pesadilla que durmiendo, España se convirtió en Francia. Vi chalecos fosforescentes y guillotinas montadas a la puerta de los responsables del drama y entre efectos especiales, como si de una performance gore se tratara, con algarabía del respetable no solo las cabezas cortaban sino que los trituraban con una suerte de Minipimer gigante que descuartizaba los restos arrancados. Era testigo de un odio onírico y quizá por ello sin límite en lo salvaje. Dantesco espectáculo sumido en la pesadilla, a continuación desfilaban los desprevenidos directores de la farsa política sacados a patadas de los edificios oficiales, la revolución los arrastraba hasta los últimos pedestales, en realidad cadalsos improvisados rodeados de marabunta que los insultaba antes de darles también picota. Guillotinas a mansalva y una fiebre de sangre, parecía otro siglo pasado con otros personajes y las mismas rabias. Sentí pena pues no deseaba que las víctimas, reventadas las paciencias, se mancharan el alma, que no hay por qué aplicar pena de muerte existiendo la perpetua. 
 
El sueño avanzaba y España parecía Francia desbordándose el coraje en violencia irrefrenable de una turba descontrolada que buscaba a los causantes de las desgracias. No era por una  mínima subida de precio de combustibles que incendiaban las calles sino por el genocidio encubierto de las malas artes de eutanasia, la ruina a propósito de los ciudadanos; la burla perpetua provocando tragedias, las chuscas trampas para asfixiar las economías; los ataques contra la familia, el desdén por el dolor infligido, la chulesca reiteración del abuso impositivo; lo fullero continuado, la vulgaridad endemoniada, el liberticidio calculado, las mentiras sin sonrojo, la burla frente a la lágrima de sangre. Era un sueño del infierno de Dante donde veía rodar cabezas que no se sostenían en vida sobre los hombros. Morfeo transformaba sus caras deformadas por el dolor en repugnantes monstruos, cuando sin embargo yo podía percibir una esencia pútrida quizá igual que la que expelen cuando los veo despierto. Con todo lo aborrecible que son, lástima me daba verlos gritar con el terror en la mirada antes de que el Demonio los acogiera, atrapara, en postrero suspiro. 
 
En mi dormitar Francia era España porque veía a las multitudes cercar a los responsables de tanto mal. Parecía un abrupto sueño sin identidad nacional porque España se había afrancesado con el caos en la ofensiva, despedazando nuestra chusma política, regando de frenesí encarnado los mismos lugares que hoy dóciles se doblegan. Un sueño horrible, no tanto como la realidad del asesinato de nuestros padres y decenas de miles de inocentes con la agonía de los todavía vivos en las garras de gentuzas, pero suficientemente estomagante como para no desear otro mal a nadie que el de la cumplida Justicia y la cárcel. Suerte tiene Sánchez de que España no es la visceral Francia que revienta en la cara, a Dios demos gracias.