Bielorrusia es un país poco conocido en España, por no tener, no tenía ni embajada en nuestro país hasta tan solo hace dos años. Su presidente, Alexandr Lukashenko lleva en el poder desde 1994. Militante del partido comunista soviético, fue el único miembro del Soviet Supremo bielorruso en votar en contra de la disolución de la URSS, sin embargo, resultó vencedor en las primeras elecciones presidenciales. Desde entonces, Lukashenko se ha mantenido en el poder con resultados siempre por encima del 70%, unos resultados cuestionados por la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) que los considera una farsa y un fraude electoral. Pero pese a las denuncias de fraude, las protestas de la oposición e incluso las sanciones de la Unión Europea, Lukashenko se ha mantenido firme en el poder gracias, fundamentalmente, al apoyo de Rusia. Un apoyo político y económico que ha sido continuo hasta hace bien poco. Sin embargo, la negativa de Lukashenko a una unión con Rusia, ha causado la insatisfacción del Kremlin que se considera traicionado por su “viejo” aliado. La detención de 33 mercenarios rusos del llamado “grupo Wagner” ha sido el último incidente de la escalada entre los dos países. El KGB bielorruso (no se han molestado en cambiarle el nombre) aseguró que habían sido informados de la llegada de 200 mercenarios cuyo propósito era sabotear las elecciones. El Kremlin ya ha pedido su liberación.

Por otro lado, estas elecciones han contado por primera vez con un candidato de la oposición capaz de hacer sombra a Lukashenko, Svetlana Tijanóvskaya. Svetlana, traductora y profesora de inglés, anunció su candidatura el 29 de mayo, después de la detención de su marido, un conocido bloguero arrestado bajo los cargos de desobediencia e incitación a desordenes públicos. Su candidatura consiguió el apoyo de la mayoría de los partidos de la oposición y de varios candidatos a los que no habían dejado presentarse a la carrera presidencial.

Sin embargo, no hubo sorpresas, las elecciones celebradas el pasado domingo dieron una aplastante victoria a Lukashenko, el 80% de los votos, y la derrota de la oposición, casi un 10% de los votos. Un resultado que, de nuevo, está bajo la sospecha del fraude electoral. La reacción en las calles no se hizo esperar y se produjeron manifestaciones en Minsk, Brest, Hrodna y muchas otras ciudades, que pronto se convirtieron en batallas campales por la intervención de los antidisturbios. No es la primera vez que se producen manifestaciones después de una victoria así, pero nunca han sido tan masivas. Los enfrentamientos dejan la cifra de 100 heridos y 3.000 detenidos. Lukashenko, pese a sus insinuaciones anteriores hacia Rusia, ha acusado al enemigo occidental de estar detrás de las protestas, citando a Polonia, República Checa y Reino Unido.

Por primera vez desde la caída de la URSS, parece que algo puede cambiar en Bielorrusia. Las protestas y la represión pueden debilitar a un presidente cuya única opción sería echarse en brazos del amigo ruso. Rusia, pese a sus reservas, no puede permitirse otro conflicto como el ucraniano, por lo que probablemente apoye al díscolo Lukashenko. No obstante, falta el papel del actor principal, el pueblo bielorruso. Si las protestas continúan y los manifestantes no ceden frente al gobierno, podría forzarse un cambio, quizás unas elecciones con garantías o un presidente que pueda ser aceptado por todos. La determinación de la sociedad bielorrusa es la gran incógnita de esta ecuación.