Hablé en mi anterior artículo sobre las circunstancias reinantes en la época en que nace el capitalismo. En los mapas del mundo de ese tiempo podemos ver que gran parte de nuestro planeta era todavía una zona obscura y desconocida. Ante los exploradores y los conquistadores se extendían continentes prácticamente vírgenes, con riquezas que no se podían calcular. Se veía la Tierra como un sistema abierto donde se podía disponer de una abundancia aparentemente ilimitada de recursos y de espacios libres para el vertido de toda clase de contaminantes y desechos. Es esta una mentalidad que Kenneth E. Boulding, economista norteamericano, caracteriza como propia de una “Economía de cow-boy”, es decir, la visión propia de hombres que, a lomos de un caballo, se internan en unas praderas interminables. Sostiene por tanto que hoy esa mentalidad debe arrumbarse como perteneciente al pasado

Adam Smith es contemporáneo de los primeros cow-boys. Compartía plenamente esa visión de un mundo ilimitado. Ni se le pasa por la imaginación que la Tierra sea un sistema cerrado, un auténtico “Navío espacial Tierra” que dispone de recursos limitados y de espacios finitos para la contaminación y el vertido de desechos. Sus principios económicos –que indudablemente suponían una aportación con aspectos interesantes para aquellos tiempos– han quedado obsoletos, no tienen en cuenta las actuales perspectivas y deben ser revisados a fondo.

Pero, aparte de sus aciertos o errores, el sistema económico diseñado por Adam Smith, tenía otra característica que influyó decisivamente en su aceptación entusiasta y poco crítica. Su más destacada cualidad era que respondía perfectamente a los intereses de la clase social emergente en ese tiempo, la burguesía. Le facilitaba la justificación teórica para rebelarse frente a los viejos poderes de la aristocracia y la Iglesia, e imponer su hegemonía. Nadie se preocupó, pues, de comprobar si esa mano invisible existía realmente, y si la competencia y la iniciativa privada iban a conducirnos al mejor de los mundos posibles. Era una teoría que les venía muy bien a los propietarios del capital, y la abrazaron con una pasión que no sólo permanece a través de los tiempos, sino que últimamente se ha hecho todavía más arrolladora.

Estas circunstancias en que nace, y los intereses que le acompañan, marcan al sistema capitalista de tal manera que es totalmente incapaz de evolucionar siguiendo el acelerado desarrollo de la humanidad, y dos siglos después, cuando las circunstancias económicas, científicas y técnicas son radicalmente diferentes, en el mundo de la energía atómica y la exploración espacial, de la informática y la manipulación genética, cuando nuestra capacidad de producción desborda ampliamente las posibilidades del planeta, sigue aplicando los mismos caducos principios, volviendo la espalda a la realidad con una inconsciencia demencial.