Con estos políticos infernales que nos sojuzgan y desprecian, el diablo no deja de ganar batallas. Máxime sabiendo como sabemos que todo sectario, y los marxistas los primeros, son hábiles y cautelosos a la hora de fomentar los conflictos y hacerse dueños de la propaganda.

 

Padecemos un mundo financiero, institucional y político globalista. Y conformándolo, aparte de la amplia cohorte de esbirros utilizados por el Sistema, un alto clero corrompido y un pequeño clero sumiso; una intelectualidad, una justicia y una información venales; una dilatada estructura clientelar o subsidiada, y una plebe ignorante, indiferente o dócil, que sólo cuenta a la hora de votar a sus carceleros. Y todos, al parecer, se han adherido con entusiasmo o con fatalismo al nuevo estado de cosas llamado Nuevo Orden Esclavista.

 

Esta es, en resumen, la situación. Y gracias a ella disfrutamos de toda suerte de abusos, desórdenes y corruptelas ejemplificados por el poder. El nepotismo, el engaño sistemático, la falta de respeto al otro, la prepotencia en razón del cargo, los abusos, la adulación, el sometimiento indigno a cambio de seguridad o de promoción, la venalidad, el desprecio a la naturaleza de los seres humanos, la perversión hacia la infancia, la especulación como método de intercambio, el soborno como norma social y mercantil.

 

Pueden hacer lo que quieren, es decir, pueden facilitar a favor de su casta toda clase de saqueos y acumulaciones y, sobre todo, pueden despreciar y arruinar a los trabajadores y ciudadanos, atropellando su dignidad personal. Para ello se empeñan en fomentar secuestros colectivos, leyes aberráticas, cierres de empresas, despidos baratos, largas filas de hambrientos y subsidiados, porque o bien se apoyan en los decretos que han hecho para sí mismos y sus aliados, o porque tienen a su favor a la Justicia, a la Información, a las FF.AA. y a la Iglesia. Es decir, porque controlan el mazo de los jueces, el púlpito, el hierro y el relato.

 

Y llegados aquí, viendo con nuestros propios ojos el único infierno que de verdad existe, que es el de la infinita ambición y crueldad que anida en algunos seres humanos, la pregunta que surge de inmediato es: ¿qué puede hacerse? ¿Qué remedios oponer al Mal, al menos en nuestro caso concreto, como españoles?

 

Los mejores preceptores de la humanidad nos enseñaron a subestimar la medrosa desconfianza, la sabiduría demasiado circunspecta y, sobre todo, el servilismo diligente, los perros rastreros que enseguida se echan humildemente panza arriba; y más aún nos enseñaron a desdeñar al hombre que nunca se defiende, al hombre pasivo y paciente que lo soporta todo, que se acomoda a todo, pues es la especie servil por excelencia.

 

En este sentido, nuestra masa social parece no tener sangre en las venas: permite que las sanguijuelas se arrastren por su ciénaga de la abundancia mientras ella pasa penurias y penalidades. Se toleran los atracos y los negocios sucios que reportan a los protagonistas -bajo el amparo globalista y a sus órdenes- cientos y miles de millones. Y mientras todo va de mal en peor, el vulgo permanece paciendo como los animales o tirando de la soga como una acémila en su precario trabajo. Su rebeldía consiste en asumir la propaganda televisiva, jugar la bonoloto e implorar a la caprichosa fortuna. Pretendiendo tal vez que le entreguen los dioses lo que su corazón es incapaz de exigir o de alcanzar.

 

De ahí que prolifere la soberbia y la corrupción en los gobernantes y que los charlatanes y feriantes puedan ser elogiados aun vendiendo el plomo como oro y el medro como sacrificio y entrega generosa. Ya se sabe que cuando el rebaño teme y se adocena, los lobos y los zorros se multiplican. Tenemos aquello que nos pide el cuerpo y el alma, es decir, lo que buscamos y nos merecemos.

 

Todo ello compone un espectáculo que hubiera movido a la insurrección ciudadana en otras circunstancias, en otros tiempos. Cuando era impensable arrastrar bozales y cadenas voluntariamente. Y si el pueblo no está capacitado para asumir su responsabilidad, es decir, si los ciudadanos están aún abducidos por el neofrentepopulismo sociológico que las izquierdas resentidas y sus cómplices han venido inoculando en el tejido social español desde el inicio de la Transición, también es cierto que existe una amarga realidad consistente en la inoperancia cultural de nuestras élites intelectuales y profesionales, aún muy lejos de formar un firme poder cultural capaz de reunir, cuando menos, al sector social más avisado, e influir en él en los aspectos nacionales, ideológicos y religiosos y, sobre todo, en lo referente a la propia dignidad individual, al respeto a la libertad personal y de la patria.

 

A día de hoy aún no ha aparecido un César que tenga en su cabeza la idea exacta de lo que es y de lo que hay que hacer con la España democrática. Que sepa acabar con esta gran mentira que nos envuelve y aniquila. Que proclame con firmeza que, del rey abajo, todos los responsables actuales y los que nos han traído hasta aquí, hablan vaciedades o ignominias y que es imperativo sustituir tanta oquedad y tanta perversión.

 

Es por eso por lo que los sentimientos relacionados con estos aspectos no han arraigado entre la sociedad y apenas representan ideas imprecisas y vacuas, nada que ver con lo que se necesita en esta hora, un proyecto colectivo unificador, motriz y vinculante, capaz de enfrentarse con éxito a la descomposición de España y a todos aquellos que la han hecho posible con sus traiciones y delitos.

 

De ahí que sea imprescindible una reunión de caballeros intelectuales y profesionales; una asamblea de nobles, de verídicos, de los que no tienen necesidad de medro ni de disimulo, de la cual nazca un «compromiso». Y hace falta que de ella salga también una figura de consenso, un prohombre que dé prestigio a la causa. Un hombre o un grupo de hombres lo bastante fuertes para ser libres; unos hombres tolerantes, no por debilidad, sino por fuerza; un hombre o unos hombres para los cuales no haya nada prohibido, sino la debilidad.

 

Los españoles del Imperio, que cuando se batían en nombre de valores tradicionales como la gloria de la nación, el triunfo de la fe, la honra y la hacienda, eran hombres de hierro dispuestos a todo, tanto a matar como a morir, se convirtieron en prototipos. Una de las razones por las que se hace imperiosa esa asamblea de la élite más noble, es la de recuperar dicho prototipo. Gracias a los recientes acontecimientos nacionales e internacionales, el enemigo se ha desenmascarado sin remilgo. Por eso ya no es tiempo de desconciertos ni de asombros, sino de remedios.

 

En nuestros días no es posible la tolerancia. La tolerancia es, en el fondo, escepticismo, y esto es extraño en una época de radicalismos perversores y ambigüedades culpables, que obligan a la razón y al espíritu a defenderse, denunciando el despotismo y la confusión de ideas heredadas del Sistema. Un Sistema que representa la esencia del Mal; el estrago incesante que cada cierto tiempo adquiere un inmenso poder.

 

Pero al Mal y a sus arpías, a esos forofos de la vileza que ocultan bajo palabras de virtud su codicia de tiranos, los espíritus libres siempre han acabado derrotándolos. Y ahora no va a ser menos. Un país no podrá ser nunca grande y libre si se deja encarcelar por los déspotas, temeroso por sus amenazas y seducido por sus inquinas, sus demagogias y sus traiciones.

 

Y España, porque a lo largo de su existencia ha demostrado fe en su unidad, en su grandeza y en su libertad, acabará despertando. Ojalá ya esté despertando.