Los ideólogos de la Transición (entre los cuales no faltaban franquistas que se hicieron liberales en menos de 24 horas) sabían bien los andamios que ponían para construir la democracia que hoy padecemos. Sabían que si el proceso lo lideraban Santiago Carrillo, Felipe González, los separatistas vascos y catalanes, y la iglesia de Tarancón, no quedaría del régimen anterior ni el recuerdo. Aunque entonces fuésemos todavía una de las diez primeras potencias del mundo, y hoy seamos el hazmerreír del planeta entero. Suárez y el rey Juan Carlos eran sólo meros figurantes de un proceso que siempre estuvo, ese sí, atado y muy bien atado.

 Para que veamos ahora cómo los golpistas catalanes, con Junqueras a la cabeza, salen de la cárcel y se marchan a sus casas tan tranquilos, ha hecho falta convencer a los españoles durante cuatro décadas de que la unidad de España no es importante. No pensaban igual los cientos de miles de compatriotas que se alzaron masivamente el 18 de julio de 1936 contra la dictadura opresora del marxismo, resumida en el régimen sanguinario del Frente Popular, con sus chekas, sus paseíllos y su adoración a Stalin. Aquellos españoles de antaño sabían que se debe entregar la vida por defender la unidad de la Patria, que es tanto como defender a tu padre o a tu madre. A los españoles de hoy lo que les importa, en cambio, es saber dónde comprar mascarillas a buen precio para seguir con la boca tapada.

 Junqueras y sus compinches (autores de un golpe de Estado institucional contra la sagrada unidad de España que todavía sigue adelante) fueron recibidos este viernes por miles de vecinos en su pueblo natal, con pancartas, fanfarrias y confetti. Les recibieron igual que se recibe a los asesinos etarras en Vascongadas, como verdaderos héroes, por una multitud de cretinos con la conciencia más negra que el carbón vegetal. Éste es el mundo de hoy, el mundo de las pandemias, del Nuevo Orden Mundial y de la Nueva Normalidad. De los virus invisibles, los geles hidroalcóholicos y la distancia social. Cuando el verdadero virus, el más mortífero y letal, lo seguimos teniendo en las instituciones del Estado.

 Por mucho que los apóstoles del buenísimo y la democratitis se pongan nerviositos con esto, el Alzamiento Nacional del 18 de Julio del ´36 fue una respuesta emocional y hasta cierto punto espontánea al ensayo totalitario, a la extensión del odio, a un régimen opresor de raíz marxista que, bajo una apariencia de democracia, escondía un intento de convertir España en una provincia rusa, es decir, en una dictadura del proletariado. No por casualidad la Iglesia Católica, la Santa Sede, denominó "Cruzada de Liberación" a ese alzamiento. Lo que estaba en juego entonces era, entre otras cosas, la sagrada unidad nacional. Hoy, esa unidad vale tan poco que unos rufianes han estado apenas tres años entre rejas por el más grave crimen que se puede cometer desde el poder.

 A Junqueras y compañía les han regalado el tercer grado penitenciario sus conmilitones de la Generalidad catalana, a la espera de que el desgobierno de Sánchez e Iglesias (que es rehén parlamentario del separatismo) les regale el indulto, que es a lo que aspiran. Y es que, no lo duden, no hay delito que no puedan cometer los que nos dan a los demás lecciones de democracia. Que le pregunten si no al Clan de los Pujol, acusado ahora por la Audiencia Nacional de organización criminal para enriquecerse ilegalmente, después de haber sido, durante décadas, uno de los pilares de la estabilidad democrática e institucional. Todo se les permite a los enemigos declarados de la nación española.

 No moriremos seguramente por este virus de laboratorio, tampoco quizá por las terribles consecuencias económicas que nos está dejando la pandemia, y que hará de las colas del hambre el paisaje más habitual en nuestras calles durante varios años. Moriremos como pueblo, si es que no hemos muerto ya, por la desidia de la mayoría de los españoles. Por un pasotismo suicida. Por poner las cosas irrelevantes de la vida (el ocio, los placeres, las golosinas del alma...) por encima de nuestras raíces y de la esencia nacional, por encima de la Fe y de la Patria. Convirtiendo a unos chiquilicuates (incapaces siquiera de contar a los muertos de una pandemia) en los patrones de un barco que va, más que nunca en su historia, a la deriva.

 Quizá sea el momento de levantarnos de nuevo, aunque sea solamente para quitarnos la mascarilla y hacer sonar nuestra voz.