Aunque, tal vez, pase desapercibido para la mayoría, de hecho, ya nos hemos acostumbrado a ello, si leemos o escuchamos, tanto en los medios escritos como en radios o televisiones, informaciones sobre determinados hechos, nos daremos cuenta de que, con toda intención, se utilizan una serie de eufemismos para maquillar e incluso desvirtuar la realidad respecto a determinados asuntos cuya gravedad se minimiza, de forma intencionada, utilizando esta figura retórica.

Para centrarnos un poco más en el asunto, recurriremos al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, que define la voz “eufemismo” como “palabra o expresión más suave o decorosa con que se sustituye otra considerada tabú, de mal gusto, grosera o demasiado franca”.

Es decir, una expresión suave para evitar utilizar otra demasiado franca o considerada tabú, lo cual no deja de ser maquillar la verdad, haciéndola más digerible para el receptor de la información.

En ocasiones, especialmente si tratamos de resultar menos gráficos e incluso evitando emplear palabras mal sonantes que puedan herir alguna susceptibilidad, parece que el eufemismo constituye una buena herramienta del todo lícita; sin embargo, cuando con el uso de esta figura lo que realmente se persigue es evitar, de forma consciente, aludir a una realidad palpable, sustrayendo, a quien recibe la información, el conocimiento de la verdad pura y dura, por muy descarnada que esta sea, entonces estamos maquillando la realidad.   

Un ejemplo muy recurrente, podemos encontrarlo, cada vez que, llegada la Semana Santa, alguna cadena de televisión retransmite determinadas procesiones de la Semana Mayor malagueña.

Situémonos. Desembarco de la Legión en el puerto de Málaga para acompañar a su protector, el Cristo de la Buena Muerte y Animas, en la jornada del Jueves Santo. Si escuchamos con atención al locutor de turno, veremos que al salir de su templo la imagen de nuestro Señor crucificado, obra de Palma Burgos, reproduciendo el anterior de Juan de Mena, destruido por la barbarie izquierdista en mayo de 1931, referirá algo así como que el original “ardió” o “se quemó”, como si su destrucción obedeciese al fenómeno de la combustión espontanea, dulcificando el hecho incuestionable de que su desaparición de debió a la acción intencionada de un grupo de miserables energúmenos que decidieron hacerla desaparecer solo por odio, sin importarles el valor artístico que pudiese tener y sin que el Gobierno provisional de la “tan añorada y glorificada” II República -el periodo más oscuro de la Historia reciente de España-, moviese un dedo para evitarlo.

Incluso, idénticas referencias podemos encontrarlas en páginas webs, trabajos históricos y otras fuentes, que tratan, en la misma medida, de ocultar la realidad de unos hechos, en absoluto casuales, producidos, de forma intencionada, por la “culta, pacífica y democrática” extrema izquierda, con la aquiescencia del resto de las fuerzas políticas próximas a su posición ideológica.

Evidentemente, cualquiera que reciba esa información en la que se usan palabras como “ardió” o frases como “se quemó”, pensarán, con buena lógica, que su destrucción se debió a un desgraciado accidente, un cortocircuito o la ocasional caída de un rayo causante de la desaparición de la imagen. Una forma de distorsionar la verdad.

Y así, podríamos poner muchos más ejemplos, referentes a iglesias, conventos, obras de arte, etc. que fueron destruidas, sistemáticamente, por aquella pandilla de salvajes, animados por unos políticos republicanos y de izquierdas que, ante tales tristes acontecimientos, se pusieron de perfil o miraron para otro lado.

Sin embargo, la cosa no queda ahí. Si nos asomamos, hoy en día, a la página web del Ministerio del Interior, buscando la relación de asesinados por la banda terrorista y criminal ETA, nos encontramos que refiere como titular una frase, en la que se utiliza un eufemismo, que no deja de sorprendernos: “fallecidos por terrorismo”.

Es decir, los que fueron vilmente asesinados o masacrados -Policías, Guardias Civiles, Militares y paisanos- por un grupo de cobardes criminales, murieron consecuencia de una enfermedad llamada ETA, que igual que la Covid 19, el cáncer o un ataque al corazón, se los llevó para siempre.

Parece que el Ministerio del Interior, del que dependían directamente los 208 Guardias Civiles y los 151 Policías, sin contar los 97 Militares y los 404 civiles y otros, considera que todos ellos murieron como quien se muere de una pulmonía. No es de extrañar, por tanto, que a la mayoría de nuestros jóvenes no les suene ni la banda asesina ETA, ni tampoco ninguno de los nombres cuya vida segaron vilmente por medio del “valiente” tiro en la nuca, la bomba lapa o el artero artefacto explosivo colocado en el lugar más insospechado. ¡Vergonzoso!

Es necesario, para este gobierno miserable social-comunista, lavar la imagen de estos canallas asesinos, no sea que sus fieles seguidores de Bildu -una vergüenza que un partido antiespañol, canalla como este, que jamás condenó un atentado y ha jaleado y homenajeado a los asesinos etarras, que tiene el cuajo de llamarse democrático y se sienta en una Cámara legislativa, cobrando de todos los españoles- le retire sus apoyos vitales para seguir en el machito. ¡Da asco!

Pues bien, que sepa el Ministerio del Interior que aquí nadie se murió, que a todos, los asesinaron vilmente, sin darles opción siquiera a defenderse y que tales “hazañas” deberían ser suficiente baldón para que esos miserables de Bildu se callasen la boca para siempre.

Por eso, hay eufemismos que maquillan descaradamente la verdad y eso lo sabe la izquierda social-comunista y lo usa, como herramienta, para confundir a las nuevas generaciones. ¡Qué nadie se deje engañar!

Un recuerdo emocionado para todos los asesinados por ETA, algunos de los cuales compartieron conmigo asiento en la Escuela General de Policía, y muchas gracias al Sr. Abascal por haberlos recordado en la tarde de ayer. Siempre estarán presentes.