Entrevistamos al historiador Rafael María Molina, articulista y autor del libro Pasión por María.

Ya sabemos que la devoción a la Santísima Virgen María es fundamental como vía para llegar a Nuestro Señor, pero ¿por qué considera usted que se trata de una devoción tan atractiva e interesante, sobre todo en estos momentos?

Porque la Santísima Virgen María no solo es la madre de Dios Nuestro Señor, sino que también es nuestra Madre, de todos y cada uno de nosotros, y eso, que puede parecer obvio, porque lo hemos oído muchas veces, debemos interiorizarlo de verdad y no olvidarlo nunca, porque no es ninguna metáfora sino la pura verdad. La Santísima Virgen es la madre más tierna y amorosa que quepa imaginarse, siempre está pendiente de nosotros y su poder es ilimitado, dado que su Hijo, Nuestro Señor, como buen hijo, siempre obedece a su Madre y la Virgen obtiene todo lo que pide, como enseña la Doctrina de la Iglesia. A mí, “descubrir” que además de mi madre en la Tierra, tengo una aún mejor en el Cielo, me llenó de emoción y alegría. Decía San Alfonso María de Ligorio en su extraordinaria obra “Las Glorias de María” que “si pudiéramos reunir el amor que sienten todas las madres del mundo hacia sus hijos, todavía quedaría muy lejos del amor que siente la Santísima Virgen María por cada uno de nosotros individualmente”.

Ha hablado usted de “descubrir”. ¿Cómo fue ese proceso de descubrimiento de la Santísima Virgen, en su caso?

Pues fue a través de un libro, precisamente del libro al que me refería antes, “Las Glorias de María” de San Alfonso María de Ligorio, santo italiano del siglo XVIII, que es Doctor de la Iglesia. Es una obra que explica muy bien la grandeza de la Santísima Virgen y todo lo que hace Ella por nosotros. Todo ello con interesantes ejemplos y en un lenguaje fácil de entender, lejos de complicaciones teológicas. Yo soy una persona que tuve la suerte de tener unos padres que me inculcaron la Fe, pero hacia los 18 o 20 años caí en la tibieza, dejé prácticamente de ir a Misa y de rezar. Yo nunca perdí la Fe. De hecho, me consideraba creyente, pero a mi manera. No me parecía que intentar mantenerme en Gracia tuviese mucha importancia y estaba en la absoluta tibieza. En el caso de la Virgen, sentía una difusa simpatía por Ella, porque sabía que era la Madre de Dios pero la veía una figura lejana por la que no sentía una especial devoción, ni pensaba en ella casi nunca. A través de esta lectura descubría una auténtica Madre, que se dirigía a mí y me expresaba su amor y su voluntad de cuidarme siempre hasta llegar al Cielo, con Nuestro Señor. Sentí una gran emoción.

¿Qué piensa usted de que ahora, con el famoso 8 de marzo, se hable de tantas mujeres que son supuestamente auténticos ejemplos para la sociedad a las que todas las mujeres e incluso los hombres deben mucho, como la tal Frida Kahlo, que siempre aparece y otras figuras parecidas y no se hable de la Santísima Virgen, a través de la cual, todos recibimos innumerables gracias del Señor y nos libra de múltiples peligros?

Pues me parece un grave error, pues la Santísima Virgen, ha sido y es, sin lugar a dudas, la mujer más importante de la historia. Es la mujer a la que más han amado los hombres durante siglos y en cuyo honor se erigieron cientos de templos y a la que se dedicaron innumerables obras de arte y poéticas. Estuvo libre del pecado original y es la madre de Jesucristo. Es Reina de Cielos Tierra y ello la convierte en la mujer más importante de la historia, pero es que además es nuestra Madre y de Ella dependerá nuestro destino eterno. Es además la criatura más bella de la historia ya que además del resto de sus cualidades, la Iglesia ha loado también siempre su belleza física incomparable. Venerar a Frida Kahlo, como usted decía, o a cantantes y a otras figuras similares es una completa estupidez, cuando se puede venerar a la Santísima Virgen María.

Ningún devoto de la Santísima Virgen se condenará, ¿no es así?

Efectivamente, esa es la doctrina de la Iglesia y de los Santos. Es una promesa solemne de Nuestro Señor Jesucristo. Por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio insiste mucho en ello, así como todos los grandes santos, como San Luis María Grignon de Montfort y muchos otros. La única condición para ello es que vivamos nuestra Fe y nuestra devoción a la Santísima Virgen, con recta intención. Es decir, todos somos débiles, frágiles y pecadores y nuestra malicia está ahí, a causa del pecado original, y el que habla el primero, a pesar de querer ser devotos, pero si caemos en el pecado grave tenemos que acudir al sacramento de la Confesión y esforzarnos por mejorar después. Si así lo hacemos, aunque tengamos recaídas en el pecado, dada nuestra debilidad, la Santísima Virgen se encargará de ir desatándonos poco a poco de las cadenas que nos atan al pecado y hará que muramos en Gracia. Está solemnemente prometido. Ningún devoto de la Santísima Virgen, nadie que quiera amarla sinceramente como hijo, reconociéndola como Madre, conocerá el infierno. Todos los santos han sido marianos.

El Santo Rosario es un medio ideal de ejercer la devoción a la Santísima Virgen.

Así es. De hecho, el rezo del Santo Rosario, a ser posible diariamente, es la principal condición de la devoción a la Santísima Virgen, y ha sido siempre absolutamente recomendado por la propia Santísima Virgen en las apariciones reconocidas por la Iglesia y por los santos. Y también hay otras devociones importantes, reconocidas por la Iglesia como los Siete Dolores de María o simplemente las tres Avemarías cada noche. Pero al margen de devociones establecidas, por importantes que sean, también debemos pensar mucho en Ella, como un hijo pequeño piensa en su madre, tenerla muy presente y dirigirnos a Ella en cualquier situación de nuestra vida, para que lleve nuestras oraciones y pensamientos al Señor.

Decía D. G. Alastruey, otro gran autor mariano en su “Tratado sobre la Santísima Virgen María” que en el Cielo conoceremos toda las Gracias que recibimos del Señor a través de la Santísima Virgen en nuestra vida y los innumerables peligros para el cuerpo y el alma de los que Ella nos libró y eso nos hará amarla infinitamente. También dijo que la misma compañía de la Virgen en el Cielo aumenta enormemente el gozo de los bienaventurados, que sentirán además el infinito amor que procede de Ella hacia cada uno de nosotros, lo cual será uno de los principales gozos que tendremos en el Cielo.