Los antiguos griegos sabían que la paideia o educación es uno de los elementos vitales para la sociedad y el individuo; es la máxima expresión de la tradición de un pueblo del que se benefician como herederos las futuras generaciones. Sin duda el mejor legado que nos dejan los padres son los valores por los que se rigieron sus ancestros para vivir de una forma acorde a las necesidades psicogenéticas de la especie. Vivir es una cosa, pero vivir bien es un arte y sobre esta ciencia nos explicó Aristóteles que lo mejor entre los hombres es la amistad, término que se tradujo del griego al latín por societas o sociedad y que es una forma de designar a los hombres que se agrupan como amigos para la comunidad de existencia.

Para procurar que los lazos se perpetúen se alza la patria para la defensa de lo común y el ejército como el máximo garante de esa trasmisión: el alma del pueblo que se trasmite de generación en generación a través de la religión, el derecho y la legua popular, un alma que varía de forma pero que conserva la esencia de su fundamentación; lo que en occidente fue la tradición guerrera de los pueblos indoeuropeos civilizada por el imperio romano a través del cristianismo que vino a redimir la barbarie y predicar la palabra de la piedad como condición socializadora.

Desde que el cristianismo cayó bajo la espada del materialismo filosófico y sus derivados la cadena de transmisión de los valores necesarios para sostener la civilización anterior –la que fundasen los filósofos jonios- se ha roto y las nuevas generaciones han quedado desposeídas de la herencia milenaria que les corresponde por derecho; la educación postmoderna supone la imposibilidad de articular una mente apta para asumir la dimensión metafísica de la existencia y prueba de ello es el vacía de los templos y la imposibilidad defensiva de la patria: al haber adoctrinado sucesivas generaciones en el materialismo cientifista no es posible creer en aquello que es superior a nosotros mismos ni siquiera a tener una perspectiva social de la vida. Pensemos en los postulados del colectivismo comunista que se justifica en un bien común subsumido al bien del estado: renunciar a una parte de la riqueza por el bien estar de otros ajenos en todo, olvidándose de que lo colectivo no atiende a más justificación que al bien de lo bello en sí: de la familia, de la patria o de la ciudad, y en eso fueron certeros los Escipiones: solo morir por la familia o por Roma (como ente metafísico) y no por un estado sin alma solo apetecible a los que buscan el refugio de los mercenarios.

La cuestión es encontrar una manera para que los llamados a la vocación tradicional canónico-militar puedan sortear la avalancha corruptora que se cierne sobre nuestras cabezas: la educación ilustrada para crear necios profesionales o lo que es lo mismo: los títulos sin saber nada y en los que muchos buitres ven una mina de oro. En este sentido primero hay que protegerse y hacerse consciente de que si no asumimos la responsabilidad de educar a nuestros muchachos en la tradición y cometemos la irresponsabilidad de dejarlos en las enteras manos de los lobos, ellos no podrán sortear las trampas que se les ponen cada día y a todas horas; desde la televisión hasta la escuela, la industria de la educación oficial es una maquinaria concebida para hacer peleles y descartar a los que muestran cualquier síntoma de castidad guerrera, las estructuras políticas contemporáneas solo buscan individuos dóciles y sumisos sometidos a fines humanitarios incapaces de mostrar cualquier síntoma de rebelión y presentan al viril como un inadaptado simiesco que no se da cuenta de su impertinencia.

Cada cual debe hacerse consciente que ya caminamos entre ruinas y de que no estamos en una lucha de dos partes igualadas, sino de que solo quedamos algunos supervivientes luchando por respirar un poco de aire puro en un ambiente totalmente contaminado por la pestilencia postmoderna. Debemos rescatar los textos fundamentales de occidente, estudiarlos y enseñarlos de forma que podamos conservar la semilla del bien para preservarlo de la total destrucción, pues mientras exista una semilla habrá una posibilidad de que algún día está germine.

¿Cuál es la solución al problema de nuestra eliminación? Por ahora estudiar y dejar que las cosas caigan por su propio peso. Nada más tiene posibilidades reales de conseguir un resultado, puede que suele decepcionante pero esto es lo que nos ha tocado.

Lo imprescindible es que adoptemos la educación de los nuestros como una tarea fundamental en la vida, dotándolos de una doctrina de asalto con la que sean capaces de resistir a las bestias que quieren apoderarse de sus almas privándoles de virilidad, de Dios y de esperanza.