Contemplando el deplorable espectáculo pepero, no debemos detener la mirada en lo anecdótico, sino en la categoría. Porque en dicho espectáculo no sólo actúa el PP, sino todo el elenco que patrocina el NOM en España. En tal montaje escénico, Génova y Moncloa son el policía bueno y el policía malo y, ahora, tras el nuevo fiasco -recuerden lo de Murcia y lo de la reforma laboral, siempre con el PSOE por medio-, ya ha intervenido, con contundencia, Feijoo, el infiltrado más fiable del NOM en el PP: «hay que tomar una decisión con urgencia, aunque duela». Lo que traducido quiere decir: «esto se nos está yendo de las manos, con VOX sobrepasándonos y con los amos globalistas tirándonos de las orejas».

En esta farsa partidocrática, los peperos son los más bobos. Mirando más allá del dedo que señala la luna, es útil recordar que los social-comunistas, como el diablo, siempre se mantienen en vela y nunca se adormecen; velan, sobre todo, para destruir la paz y el progreso, y los ánimos de sus antagonistas. Trazan constantemente insidias, arman cepos y tienden redes con secreto y diligencia para hacer, como desean, todo el daño posible. Andan siempre acechando, con los instrumentos de su maldad a punto. Quien no se entere o no quiera enterarse de esto o es imbécil o es interesado o es tan malvado como ellos.

Dejando a un lado a los devotos del frentepopulismo, la mayoría de los que, mientras se desarrolla la comedia, están o aparentan estar en Babia, piensan o dicen: si hay dudas y problemas, que alguien los resuelva; si se buscan trazas, que otro las dé; y si el caso es grave, que la providencia dicte su voluntad. A mí me parece bien que venga otro u otros a solucionarme la vida; en estos casos estoy dispuesto a escuchar sus demagogias y consejas como si las anunciara un oráculo; yo no replicaré mientras siga viviendo con comodidad.

Es así como piensan o dicen, sin saber ni querer saber que, aunque con piel de oveja, el lobo está en el hato, porque es el ventajero que guía el rebaño y está comiendo de sus carnes. No quieren conocerlos, por eso miran siempre para otro lado, pero si pusieran atención a lo que importa, verían que llevan décadas esponjándoles el colchón y haciéndoles la cama, donde tendrán mal sueño e incluso tal vez nunca despierten ni puedan saltar de ella, si llega la ocasión.

Fácil cosa es ver la realidad, pero ello se hace difícil a los ciegos de condición y más dificultoso aún se les hace el proveer, que ni conocen todos los que miran ni cumplen todos los que prometen. Nunca la necedad anduvo sin malicia, y bastan ambas a destruir no una casa, sino todo un reino, porque ni el necio conoce la prudencia ni el malicioso el obrar bien, y así, obrando como sienten, el escándalo y las dificultades están ya puertas adentro.

Con cada una de nuestras democráticas citas electorales sólo unos pocos son capaces de extraer enseñanzas y confirmaciones. Sobre todo, al comprobar los muchos -tanto entre la casta política como entre la casta electoral- que se arriman al calor del poderoso, sin importarles su vicio, y huyendo de la compañía del virtuoso sin poder. ¿Qué sacan actuando de congraciadores, babosos, asistentes de día y de noche? El lector avisado sabe bien qué es lo que sacan: ganar para comer lo que no lograrían en el tajo, entre verdaderos trabajadores; por eso se acercan a la casa del señor y actúan de quitapelillos, para trincar las migajas del oprobio sin otro esfuerzo que el de su propio escarnio.   

Porque, aunque la casta partidocrática sea un muladar, al estar cubierta de purpurina, la mayoría acude a recrearse en ella. Los menos, sin embargo, saben que los socialcomunistas son como las ventosas; donde sienten carne o huelen sangre allí se aferran y fortifican, y chupan y chupan hasta no dejar sustancia, sin que haya nadie que los aleje o despegue del nutrimento, pues ya se han encargado ellos previamente de descomponer lo compuesto y sobornar lo sobornable.

El caso es que estos líderes de barro, o más bien supurantes, como encarnizados ofensores que son, saben que no pueden dormirse, porque de dónde menos se piensa puede saltar la liebre (VOX). Siempre están desconfiados y al quite, y su mucho poder aún les parece poco, que el tiempo, si no se atiende el negocio, muda las cosas y hasta los imperios. Saben que, aunque su poder les facilita sicarios y camanduleros, su rencor no les puede dar amigos, por eso hacen suyo aquello de quien enemigos tiene duerma sólo con un ojo; o, mejor, no duerma.

Esta gente sin alma, retrato de los mismos ministros del infierno, está tratando ahora de cambiar algo para que todo siga igual. Sus seguidores y votantes, si aún queda alguno sano, debieran entender que con mayor clemencia lleva el águila en sus uñas a la temerosa liebre que ellos van en las suyas. Y que no hacen el daño sólo por costumbre, sino sobre todo por gusto. Que disfrutan humillando y atormentando a la gente. Pero no parecen entenderlo.

A estos salteadores no les gusta, claro, que denuncies los crímenes que cometieron y cometen, ni reclames los bienes que roban y robaron. Ni que desenmascares sus argucias y fingimientos. Y como, gracias a su poder, son jueces y parte, no te dejarán que con tu voluntad derrotes a la suya, y no devolverán jamás lo que a los otros quitaron. Esa es la verdad, y en eso están implicados todos ellos ahora, pero ¿de qué aprovecha proclamar dicha verdad? «Pedro García me llamo», dirá la multitud, y seguirá a su aire, desfigurando las cosas con su deseo, y haciendo oídos sordos a los realistas y, por supuesto, a los moralistas.

El caso, insisto, es que hemos venido a manos de piratas, que sólo tienen ojo para desflorar lo guisado y comerse el hervor de la olla. Y que se comportarán como incendiarios y victimarios antes de soltar la pieza, que es en lo que están ahora, parcheando y recomponiendo el escenario y, tal vez, el libreto. Pero, en el fondo, estos luciferes son sólo vencidos que intentan ocultar históricamente la memoria de sus vergonzantes derrotas -en España, la del 39-, para lo que acuden a todas las infamias imaginables, apoyados por lo más lóbrego del pozo de la miseria y de la mendicidad moral española, rural y urbana.

Contra la fuerza de los poderosos, la prevaricación de sus jueces, las insidias de su propaganda y los votos de sus tontos o los de sus sectarios y clientes ¿qué remedios le quedan al resistente? Sólo la de seguir luchando, amables lectores, conscientes de que para estos insaciables todo es poco, que mucho les faltará por mucho que tengan, pues nunca el ojo del codicioso dirá, como no lo dice el infierno: «Ya me basta».

Luchando, sí, y resistiendo, conscientes, así mismo, de que como andamos entre lobos tenemos que enseñarnos a dar también aullidos. Y que justa justicia es que quien mal hace, tal lo pague.