En poco tiempo, estas fotos de un campo productor deberán ser reemplazadas por seres humanos con valijas a la espera de tomarse un avión.

Escucho a mi hijo menor repetir un tema de evaluación: “Entre 1860 y 1930, Argentina fue exportadora materias primas que convertía en divisas con las que adquirir bienes manufacturados por las potencias industriales.” Pienso que ese modelo económico permitió que una clase terrateniente se enriqueciera de manera astronómica, y que por sus viajes a Europa se la reconociera como los rastacueros, nuevos ricos de actitudes insolentes que compraban arte y delicadezas con historia para dorar sus orígenes poco nobles, y que merecieron que Céline, el gran novelista francés, aún en la década del ’30 escribiera que alguien que derrochaba fortunas parecía “más rico que un argentino”.

Tal sistema, como todo modelo extractivo, acabó – o comenzó a finalizar – con la crisis de 1929, aunque el gobierno conservador de la década siguiente lograra que el Imperio Británico nos comprara las carnes a costa de un monopolio de la luz, los transportes, la telefonía, y cuanta empresa de servicios tuviera o diera alguna ganancia. Hasta que llegó la Segunda Guerra y Gran Bretaña inició un declive innegable.

Hoy, mi país sigue exportando prácticamente lo mismo. Aunque ha agregado a su lista de productos algunos más elaborados: científicos, intelectuales, profesionales que fueron educados en la universidad pública y gratuita (o no arancelada, ya que todos la pagamos con impuestos, estudiemos o no). Antes, eran cereales y vacas; ahora, cerebros, es decir, lo mejor de un pueblo como fuente de creación en todo sentido. Entregamos al mercado laboral y productivo del mundo nuestra “crema” con el desinterés más profundo por el futuro que imaginarse pueda. Como paliativo a quienes no pueden seguir un estudio – ya que hemos enseñado que el esfuerzo no rinde, o que el mérito y el trabajo no conducen a nada – les entregamos los mal llamados “planes sociales”, un certificado de esclavitud estatal que adormece todo reclamo justo y toda búsqueda de trabajo genuino.

El portero de una escuela donde trabajo me dijo: “Tengo un vecino que recibe $80.000 en planes. ¿Qué va a buscar empleo, si yo por trabajar cinco días a la semana no gano ni la mitad de eso?”. El estado auspicia la vagancia, el conformismo y el status quo de una pobreza que se agranda con cada nueva crisis económica. Como la educación pública, la salud también es un simulacro: toda persona con algún recurso se esfuerza en pagar un servicio privado para “no caer en un hospital público”, aunque nada sea absoluta garantía de calidad. Mientras tanto, los subsidios multiplican el gasto público y empobrecen el mal llamado “tesoro”-. Se llena el estómago – o se lo engaña – con alimentos de ningún valor proteico, y se embota la mente con derechos cacareados de igualdades falsas, porque el ciudadano vota y tiene derecho a dejarse matar por quien quiera. (No olvidemos que un ministro dijo que la inseguridad era una “sensación”).

Si nos alejamos, desde un punto de vista interpretativo, de los discursos oficiales, - que refuerzan retóricamente el supuesto proyecto industrialista y productivo – el modelo económico no ha cambiado, sino que desde 1860 se ha afianzado: antes, carne vacuna, ahora, carne humana con capacitación universitaria. Y soja, mucha soja para extremo oriente, que nos envía como pago juguetes inservibles. Sólo es necesario revisar la lista de argentinos emigrados con título a los países del primer mundo: son profesionales en  un alto porcentaje. En tanto, aquí se desvaloriza el mérito en aras de una utópica o malintencionada igualdad de oportunidades, que enmascara los verdaderos privilegios de los que sólo gozan los hijos de los más ricos, de los funcionarios, de los beneficiarios de las becas y canonjías entregadas a los miembros de la grey ideológica del gobierno de turno.

Miro a mi hijo y pienso qué futuro le espera en estos horizontes de cielo y pampa. De espaldas a todo orgullo, el estado y las clases privilegiadas continúan el plan extractivo de lo poco que va quedando. Al menos, en 1930, el excedente era tal que le permitió al primer peronismo repartir, por un tiempo, la riqueza acumulada con avaricia. Hoy ya no hay excedente; todo está en pocas manos, con cuentas en paraísos fiscales. Y la sangría se lleva lo mejor. Entonces ¿qué es lo que queda?