En lo cultural, como mito, la sociedad europea actual es el resultado –en paradoja con su fin– de una arquitectura excesivamente desencantada con su pasado. En el imaginario colectivo el siglo anterior fue el más sangriento de la humanidad y a pesar de que nuestra España fue capaz de evitar las consecuencias más graves que las de sus propias entrañas, la propaganda mediática nos lleva a hacer nuestras, guerras ajenas y de las que salvo para combatir al comunismo nada quisimos saber.

 

Sin embargo políticas realmente desconcertantes e injustificables han hecho que los españoles no sólo nos hayamos integrado administrativamente en Europa, sino también “culturalmente” lo que supone sin remedio aceptar los mitos de su sociedad –una cultura son sus mitos o axiomas lógicos– lo que en las distintas disciplinas conocemos como principios. La integración total y sin excusas nos ha costado el catolicismo y la sumisión a la mitología de la herejía protestante y de ahí nace la leyenda negra que unos tragan y a otros ofende. 

 

Así se ha forjado un individuo estéril incapaz de cuestionarse los imperativos de las organizaciones internacionales, y que es capaz de negarse así mismo con tal de no ser condenado al ostracismo. En los colegios se premia al alumno más obediente, en los certámenes literarios al libro “domestico”, en la política al “igualitario”. La identificación con la Europa protestante ha llegado a tal punto que hemos asumido el miedo a desatar su propia barbarie, como si España hubiese sido partícipe de los sangrientos conflictos que la asolaron el siglo pasado.

 

Siendo estas las circunstancias no es de extrañar que haya una repulsa colectiva hacia el Franquismo, que es a fin de cuentas, el paradigma histórico que contradice los mitos comunista y liberal –que como hemos dicho son frutos de la herejía protestante– y que por tanto rompe con el mito de la democracia presentando el anhelo psicoanalítico del buen César, del jefe como representación del padre y en última instancia al jefe como elegido de Dios o su representante; es decir el arquetipo patriarcal romano heredado de la mitología griega que es la sustancia oculta de nuestra sociedad: el héroe semidiós, como nuestro Jesús o el Buda; algo así como un deseo primitivo inserto en la psicogénesis del individuo. El César dirige a la manada dotando al individuo de estabilidad emocional suficiente para desarrollarse o dicho de otro forma: de bienestar social, y el individuo a cambio tolera los privilegios del caudillo que le protege; y cuando esta relación recíproca se quiebra empiezan las revoluciones: Cronos se subleva al padre y Zeus a Cronos; en esa secuencia se ve la dinámica cíclica y no lineal de la historia en las que los griegos creyeron a pies juntillas, y que hoy vuelve a nosotros como una invocación ya pensada sobre un futuro anterior. 

 

Por eso creo que hemos heredado sin necesidad el trauma europeo de confiar en un mal César que nos lleve de vuelta a la guerra total, y que en nuestro caso, estamos pagando justos por pecadores. La neurosis del “mal Cesar” implica su negación absoluta, es el trauma llevado a sus últimas consecuencias: si uno fue malo todos los fueron, algo así como lo que les ocurre a las feministas con los hombres: todos son potenciales violadores; o a la izquierda con personas fuera de su orbita: todos son potenciales fascistas; y  por tanto todos los Césares fueron y serán malos y todos hicieron y harán todo mal. Y la clase dirigente, en su afán de dotar de estabilidad y paz, se esfuerza por mantener a la sociedad en ese trauma fomentando el descrédito hacia lo masculino que a fin de cuentas sinónimo de violencia y de muerte. Así hemos llegado a un punto de elemental estupidez, en el que se desprecia la naturaleza de las cosas tal y como son; con Anaximandro: una lucha entre contrarios, expresado en los salmos como Militia est vita homnis super terram, y se reflexiona sobre que nuestra naturaleza es potencialmente peligrosa, con ello llegamos al trashumanismo que es la guerra total contra la obra de Dios y del hombre contra si mismo o su autodestrucción. Estamos en el siglo de la cobardía intrínseca, de evitar los riesgos necesarios incluso sacrificando nuestra libertar e idolatrando la eterna juventud como una venda permanente ante la terrible perspectiva de la muerte, como si nunca nos fuese a sobrevenir: libertad o seguridad… eterna irracionalidad ante una realidad intrínsecamente violenta. 

 

El franquismo en nuestra sociedad se ha convertido en un símbolo de ruina social, de desobediencia, de inestabilidad, en el paradigma de destrucción de lo cívico por la opresión de la violencia. Franquismo o franquista es el arquetipo particular español de anti-democracia, y en este marco de atea dicotomía la democracia es lo divino y el Franquismo lo demoníaco. Lo importante del símbolo no es la verdad de su origen, sino lo que representa.

 

Sobre el símbolo y su verdad, su historia o sus consecuencia se puede reflexionar en el mundo de las ideas, pero debemos recordar que la política actual no es más que una industria electoral y que no está destinada a crear cuerpos doctrinales sino exclusivamente a captar votos. Desde ese punto de vista, para integrarse en el sistema se hace casi necesario o de gran utilidad, en el terreno exclusivamente electoral, desvincularse del símbolo de lo obsceno si nuestro objetivo real es ganar unas elecciones, ya que para reformar un sistema antes hay que ganárselo.

 De alcanzar el poder ¿invertirá Vox el significado del símbolo? Esa es la cuestión fundamental Tiresias.