Hace ya unas décadas, el ensayista Norbert Bilbeny acuñó la expresión “idiota moral” para referirse a aquel individuo que, teniendo un grado más o menos óptimo de desarrollo de su inteligencia, era sin embargo, incapaz de distinguir las implicaciones éticas de sus actos y de sus decisiones. En algunos casos, tan alarmante era el grado de su idiocia moral que muchos eran incapaces de distinguir el bien del mal, sobre todo cuando éste afectaba a la infelicidad de los demás.

Si se repara en la historia más reciente, se comprobará que muchos presidentes de gobierno, son idiotas morales en grado superlativo.

Es más: da la agria sensación de que la condición inexcusable para serlo consiste precisamente en poseer dicha incompetencia ética.

Entre ellos, podría contarse a Angela Merkel, Bush. Pero también quienes le apoyaron en la Guerra del Golfo, Aznar y Tony Blair. Y más recientemente, Rodriguez Zapatero, Rajoy, Pedro Sánchez y todos los cabecillas de esas sectas casposas que son los actuales partidos políticos con representación parlamentaria.

Pero este círculo no queda restringido al ámbito político. Tiempo atrás y en demasiadas ocasiones, lo hemos comprobado con el “tribunal supremo”, el “tribunal constitucional” o la “conferencia episcopal española”.

Los más brillantes idiotas morales de estos últimos tiempos.

Desgraciadamente, el idiota moral no ha desaparecido. No es animal en proceso de extinción. Todo lo contrario. Los tenemos ahí fuera, moviéndose como reyes del mambo de la corrupción unas veces, del desatino siempre. Y para colmo, alardeando de que todo el mal que hacen, lo hacen legalmente.

Tanto es así que el cómputo de personas con cargos públicos importantes, que hacen gala de ser auténticos idiotas morales, es incontable. Son tan idiotas que no perciben siquiera la banalidad del mal en la que están instalados. Algunos se regodearán, incluso, diciendo las mayores sandeces. La mejor imagen que podría describir este aserto la da cualquiera de los ministros del gobierno, en sus declaraciones para justificar el desempleo o defender las contradicciones continuas de su jefe de filas, el mentiroso patológico, ególatra con complejo –supuesto– de Peter Pan, Pedro Sánchez.

Como digo, no hace falta salirse del marco geográfico de nuestra Patria, España para contemplar in situ en qué consiste el desarrollo mayúsculo de la idiocia ética. Porque tanto PP como PSOE, en cuanto a idiotas morales, ha producido en las últimas décadas una cosecha importante de tales muestras.

La verdad es que la cabaña de cabestros patrios, de idiotas morales es como dicen en mi pueblo, “para dar de comer aparte”. Son perfectamente equiparables a las lindezas pergeñadas por el ex presidente de Estados Unidos, George Bush. Que podrían dar para un guion de película rodada a la medida de los Hermanos Marx.

Aún se recuerdan aquellas gloriosas frases con que Mariano Rajoy hablaba para no decir nada. Como por ejemplo: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo, beneficio político.”

Se podía pensar que no se puede ser más idiota. Hasta que llegó Pedro Sánchez. El mismo que dijera: “Prefiero mirar hacia adelante. Creo que tenemos que aprender de los errores y que no se vuelvan a cometer”.

Es evidente que ha debido dar uno de esos giros copernicanos de doble sentido –y moral–, tan propios del partido de ladrones, golpistas, que es el PSOE. Porque desde que ha llegado a la política, su “mirar hacia adelante” ha resultado ser una obsesión que se me antoja obscena, hacia Francisco Franco que murió en 1975.

El problema es muy grave. Porque la descomposición ética y moral en la que chapotean estos idiotas se ve paradójicamente respaldada por la propia Ley, que ampara cualquier sevicia, incompatible con un mínimo desarrollo ético personal.

Pues una ley que permite la indignidad moral para hacerse rico o ser candidatos en unas elecciones, por ejemplo, no puede ser una buena ley.

Resulta sintomático señalar que la mayoría de estos idiotas morales suelen recabarse entre gentes que continuamente alardean de que la ley está por encima de todo, de que todos somos iguales ante ella y de que quien la hace la paga.

La descripción de esta gravedad estructural podría entenderla cualquiera que estuviera dotado de un mínimo de sentido común: una ley que da cobijo a forajidos y ladrones de guante blanco y negra intención, no puede ser una ley justa y buena.

No es ley, es trampa.

Sólo los idiotas morales aceptan sin sonrojarse que una ley te permita enriquecerte con el dinero público sin menoscabar el principio de cualquier ética.

Una ley que permite enriquecerse de ese modo fraudulento, no sólo es una ley ciega e injusta, sino también, arbitraria. Hecha únicamente para justificar y legalizar el estupro, el cohecho, la prevaricación, sin tener que pasar por el juzgado.

Una ley que hace posible que un partido que utiliza a individuos, pueda guindar dinero público a espuertas, no merece el nombre de ley. Es un atropello jurídico. Es un crimen. Y quien se escuda en ella no es más que un pervertido.

Y cualquier lector puede ver con facilidad que aquí no puedo hacer distinciones entre el PP, el PSOE, o los separatistas nazis en Cataluña y Vascongadas; los mismos hipócritas que exigían espiar a los niños en el recreo para hacer una lista negra con los nombres de los que hablaban en español y ahora se quejan de que alguien les ha espiado a ellos, no por ser miembros de tal o cual partido sino por su, manifestada de forma clara y contundente, intención de atentar contra la seguridad del Estado.

Y no hablemos de la dudosa fortuna del “emérito”, supuestamente lograda a costa de los españoles. Y por supuesto, de jueces y tribunales que han hecho la vista gorda y han sobreseído sus casos.

Los idiotas morales no nacen por generación espontánea, ni son producto de un genoma artero y choricero. Los idiotas morales nacen, se desarrollan y crecen al calor de leyes injustas, discriminatorias y vejatorias.

Y se trata de unas leyes que se mantienen en vigor, porque su cumplimiento y su funcionamiento dependen de otro idiota moral.

Hay corruptos e idiotas morales, porque hay corruptores.

Lo que complica mucho su desaparición.

En Andalucía, después de haberlos puesto en la picota, no se dan ni por aludidos. Y ahí siguen gobernando España o ruborizándose en Castilla-León porque VOX ha formado gobierno con el PP, al tiempo que tienen la desfachatez de justificar sus pactos y sucias componendas con terroristas, golpistas y separatistas.

Lo que dicen y defienden en Extremadura no se parece ni por remotísima casualidad, con lo que pregonan en Baleares, Galicia…. Y se sitúa en las antípodas de los postulados irrenunciables con que engatusan en Cataluña y Vascongadas. Y se quedan tan anchos.

Es triste constatarlo. Pero España lleva gobernada durante un montón de años por idiotas morales de primera magnitud. Casi resulta extraño que dicho virus no se haya convertido ya en epidemia estructural e institucional. ¿O ya lo es?

Conviene saber que esta especie no cambia fácilmente de modales.

Primero, es necesario hacerles ver que son idiotas morales. Porque ellos, por sí mismos, no lo admitirán.

Su regreso al redil es aparente. Algunos, hasta es posible que se planteen devolver el dinero robado. Pero serán incapaces de renunciar a su carácter, pues defenderán su inocencia asegurando que lo obtuvieron de forma legal, que su “máster” fue conseguido con esfuerzo y dedicación o que su puesto de trabajo en cualquier Administración Pública o en consejos de administración de bancos, eléctricas, etc., los lograron en justa oposición y no por enchufe trifásico. Y por supuesto, respetando las reglas jurídicas. Comportamiento explicativo que revelaría cuán idiotas morales son y cuán difícil resulta erradicar el mal en que están instalados.

Siguen sin entender que existen leyes que no lo son, sino escaramuzas jurídicas para suplantar la ética que debe primar en cualquier comportamiento. Si devuelven lo robado, lo es por presión social y por motivos espurios que nada tienen que ver con la ética que se les reclama.

Unas normas que justifican el despilfarro, el robo y el agravio comparativo, no son normas dignas para organizar la vida de los individuos. Son normas intrínsecamente perversas. Y si no se entiende esto es porque en efecto, uno tiene que ser, pero mucho, un idiota moral, de los pies a la cabeza.

Por todo ello, ya va siendo hora de hablar de genocidas político–económicos. Porque el mal que desatan en la sociedad es cada vez mayor. Una legislación que permite que los banqueros o ex ministros de gobierno, gocen de pensiones dignas de aquel último rey de Lidia, de nombre Creso y amigo de los placeres, son leyes tan injustas que sólo un idiota moral –llámese Felipe González, Aznar, Rajoy…. O Pedro Sánchez–, puede aplaudir su existencia.

El filósofo Kant aconsejaba: “Nunca discutas con un idiota. La gente podría no notar la diferencia”.

Si esto pasa con un simple idiota, ¿qué de peligros no conllevará el hacerlo con un idiota moral?

Infinito. Así que lo mejor será enviarles a todos al desierto de Gobi: a ordeñar alacranes.

Y cuanto antes, mejor para todos.