Hace tiempo que “democracia”, en España, es sólo una palabra hueca, vacía, sin reflejo en realidad alguna; una farsa que ni como simulacro se sostiene. Los partidos han tomado y corrompido las instituciones, copándolas con un ejército de canallas, mediocres y arribistas que las socavan desde dentro. Se saquean las arcas públicas para nutrir redes clientelares endeudando a las generaciones futuras, a las que a su vez se condena a la ignorancia con leyes como la LOMLOE o la Ley de memoria “democrática”.

Padecemos un Gobierno compuesto por una reata de bellacos y palurdos desde el presidente para abajo, empeñados en enfrentar a los españoles y en destruir la economía. Pertenecientes a una secta, el PSOE, auténtico cáncer de España, enemigo desde su origen de la libertad, la paz, la democracia, la cultura y la prosperidad del pueblo.

Mientras tanto, escudados tras mil excusas y pretextos, hijos de la pereza y la cobardía, muchos sujetos de espíritu frágil se empeñan en convencernos de que los problemas se resuelven solos, que “el cambio” llegará pronto y que el bien siempre triunfa sobre el mal. Marchitándose en la inacción más absoluta –tanto física como mental–, tirando el tiempo ante una pantalla. “Hombres superfluos” –en palabras de Turguéniev– que dilapidan su vana existencia renegando de su misma humanidad.

Pero pusilánimes al margen, lo cierto es que hoy manda una infame banda de cuatreros, malhechores y alimañas, compinchados con una recua de bandidos, matones y rufianes. Granujas que campan a sus anchas por España destruyendo por donde pasan todos y cada uno de los valores y principios de la civilización. Pisoteando los derechos de los españoles hasta impedirles el libre uso de su propio idioma en un tercio del territorio nacional, y persiguiendo cualquier disidencia con la complicidad de un periodismo miserable y canallesco a su servicio.

Ante semejante panorama, nos viene a la mente un puñado de películas del Oeste en torno a comunidades inermes, pasivas o indefensas ante la acción decidida de un atajo de  facinerosos más o menos nutrido: El hombre que mató a Liberty Valance (1962), dirigida por John Ford; Los malvados de Firecreek (1968), dirigida por Vincent McEveety; e Infierno de cobardes (1973), dirigida por Clint Eastwood.

Dichos largometrajes, deliberadamente ignorados, injustamente criticados e incluso despreciados en bloque por pertenecer a un género netamente estadounidense como el western –de “fascista” han llegado a etiquetar algunos juntaletras al maestro John Ford– encierran, sin embargo, algunas enseñanzas valiosas: retratan las debilidades de nuestra naturaleza, abordan las relaciones de poder en el seno de la comunidad y describen con precisión las amenazas que penden sobre cualquier sociedad.

John Ford, en el El hombre que mató a Liberty Valance (1962), evidenció una realidad que sólo discuten los delincuentes: que la justicia debe estar respaldada por la fuerza y que la fuerza (encarnada por John Wayne) resulta necesaria para mantener el orden. Como también, que la defensa de la civilización atañe a todos los ciudadanos y no puede depender sólo del sacrificio anónimo de los mejores.

Los malvados de Firecreek (1968) estuvo protagonizada también por James Stewart, en un papel similar al que interpretó en El hombre que mató a Liberty Valance. En esta ocasión como John Cobb, sheriff circunstancial de un pequeño y apacible pueblo en el que sus habitantes soportan intimidados y resignados los atropellos de un atajo de indeseables bajo el mando de Bob Larkin (Henry Fonda). El siguiente diálogo entre el señor Whittier (tendero interpretado por Dean Jagger) y Johnny Cobb ilustra el momento decisivo en que un hombre normal –no un héroe– decide que debe actuar aun a riesgo de perder la vida, enfrentándose a su miedo y a quienes enmascaran su propia cobardía aconsejando prudencia a los demás:

“Mr. Whittier: –Eso no es cosa suya. No se exponga, Johnny.

John Cobb: –Eso es lo que me ha estado diciendo desde que llegaron aquí. Pero sí es cosa mía […] Esa clase de gente no desaparecerá sólo con ignorarlos o echándonos atrás. Arthur está muerto porque no supe enfrentarme a ellos desde el principio”.

Descubriendo en el doloroso crescendo de esta escena memorable que su pasividad ante el mal encierra su fracaso como hombre. Un apasionado alegato culminado con un grito nacido en lo más profundo de su alma: “–¡Cuando un hombre decide no enfrentarse con el mundo más le valiera abandonarlo! ¡¡Déme ese revólver!!”.

Por su parte, Infierno de cobardes (1973) muestra cómo otra banda de criminales dirigida por un tal Bridges tiene acogotado a un pueblo llamado Lake. Un pueblo de cobardes. Incorrectísima a la par que magnífica reivindicación de la venganza como castigo ejemplar, única justicia posible cuando no queda nadie dispuesto a hacer respetar la ley. Tal vez una visión algo escéptica sobre la naturaleza humana, plasmada en la escena final en la que el pistolero abandona el pueblo tras cumplir su venganza, dejando a aquellos habitantes a su suerte. Pues mientras la cámara le acompaña al alejarse, ignorando el destino de la chusma pusilánime, el espectador se despreocupa igualmente de su suerte.

En las películas señaladas, el triunfo del bien es el premio a la valentía, al esfuerzo por superar el miedo, el justo colofón a un camino difícil y hasta penoso. De lo que suele extraerse la idea –equivocada en mi opinión– de que los finales felices del cine americano transmiten y apuntalan una confianza ciega y perniciosa en la inexorable victoria del bien. Haga lo que haga el ciudadano, o peor aún, por arte de magia, sin que deba hacer nunca nada.

Sin embargo, existe otra lectura que aprecia y extiende la enseñanza de que merece la pena luchar por la libertad y que existe un imperativo moral de justicia que es responsabilidad de todos respetar. Y que vencer el miedo, la debilidad y nuestra propia cobardía es lo único que nos hace libres.

Dicho lo anterior, es estúpido depositar nuestra esperanza en los partidos políticos, confiando en que harán cumplir la ley. Porque la inmensa mayoría de ellos son gentuza cuya palabra no vale nada. Incumplirán sus promesas porque en el fondo desprecian al pueblo, sus símbolos y una Historia que por supuesto ignoran. Incapaces de mirar a medio y largo plazo, de dejar un legado valioso, indignos del cargo que ocupan. Todos esos políticos que han traicionado a los muertos y esquilmado la nación merecen comparecer ante un tribunal y, si hubiera justicia, la horca.

El PP se sumó –con sordina– a la manifestación del pasado 13 de junio contra los indultos a los golpistas catalanes porque no le quedaba otra. Para desgastar al gobierno, pero sobre todo para evitar su propio desgaste frente a los españoles y ese movimiento transversal por nacional que hoy es Vox. Porque el “centro centrado” se adhirió sin convicción, con el propósito de capitalizar el éxito de la manifestación, pero con la inequívoca intención –sólo oculta para quienes se empeñan en dejarse engañar– de traicionar a todos los españoles allí presentes a la mínima ocasión. No hay que ser muy perspicaz, si atendemos al reguero de pistas que Casado ha ido dejando desde que asumió el cargo, para adivinar que si llega al Gobierno –y todo está preparado para que así sea en nuestro amañado turno de partidos–, no hará nada. Como ya sucedió con Rajoy –recuérdese que antes de ganar las elecciones encabezó la enorme manifestación del 10 de marzo de 2007 contra Zapatero por su legalización de ETA–, Casado no enderezará el rumbo de la nación, ni revocará las leyes liberticidas del PSOE, ni devolverá su independencia al poder judicial, y volverá a abandonar a sus votantes, secuestrando la voluntad popular y “encauzando” la oposición nacional a una  inoperancia de facto. ¿O alguien cree que el líder del PP hará cumplir la ley en Cataluña? ¿O que frenará en lo más mínimo la deriva suicida de nuestra nación, encabezada por la naturaleza disolvente de las 17 taifas autonómicas? ¿Acaso queda alguien todavía tan ingenuo que confíe en que Casado dará la vuelta a una educación que condena a España a ser un país de siervos, camareros y pobres iletrados? ¿O que moverá un dedo para revertir la sustitución demográfica? ¿O qué ilegalizará a los partidos que defienden, promueven y amparan la discriminación y la violencia contra los españoles por usar su lengua en según qué territorios? ¿Piensa algún iluso que suprimirá las leyes de memoria que falsifican nuestra Historia? Dirá que no puede, pero sabemos que no quiere. Porque la secta que lidera también promueve y avala con sus omisiones la discriminación y la violencia contra los españoles.