El mar de fondo o mar de leva son olas que ha producido el viento en una zona alejada de la que se está navegando. Sus olas tienen crestas suaves y bases anchas, a veces no se distinguen bien en la superficie, pero producen un vaivén arrítmico en el barco, que a algunas personas les produce una molesta sensación de mareo. En el Mediterráneo el mar de fondo es más incómodo que en el Atlántico, porque está constituido por olas que, aunque sean menores, son más cortas, por lo que la frecuencia de choque del casco de nuestro barco con las olas es mayor y puede llegar a ser un peligroso. No obstante, si el barco es robusto y la tripulación está bien preparada, se puede hacer frente a un oleaje de cierta consideración.

He navegado solo un par de veces con un mar de ese tipo por el Mediterráneo y, sin llegar a mayores, la sensación de mareo estuvo presente. Es, más o menos, como me siento últimamente navegando por la política nacional, sometida al oleaje de un mar de fondo típicamente mediterráneo. No estoy seguro de dónde se ha generado el oleaje, de lo que si estoy convencido es de que el viento que lo ha producido ha sido fuerte y con muy mala uva. A nuestro barco, que viene arrastrando algún problema estructural, el mar de fondo mediterráneo provocado por ese viento lejano, le viene un poco grande. Para salir con bien del aprieto deberíamos coger muy bien las olas por las amuras y ajustar la vela mayor y el foque para lograr el equilibrio entre el velamen, no cabe margen de error. Lo malo es que la tripulación, aunque lleva bastante tiempo navegando, no se ha enfrentado a un mar de este calibre nunca, se han dedicado mayormente a disfrutar de “fiestuquis” a tres millas de la costa pagadas por papa.

Hace ya un tiempo que no dejan de llegar unas olas que, sin ser de mucha altura, son muy frecuentes y dificultan la navegación. Las tenemos de todo tipo, desde las que nos quieren sobresaltar con el exceso de población mundial, hasta las que nos marean con esa pesadez de que el sexo ha dejado de ser una variable genética y biológica, para pasar a ser algo dependiente del sentir de cada cual. Sandeces propias de urbanitas ociosos y aburridos o de multimillonarios perturbados por la inhalación de bálsamos orientales.

Ni los unos ni los otros se han paseado por los innumerables pueblos abandonados y los inmensos espacios vacíos de Soria o de Teruel, por no hablar de Siberia, de la Pampa Argentina o de los territorios del Noroeste de Canadá, de lo contrario sería imposible que siguieran con la manía de la superpoblación, a menos que detrás de ello tengan alguna intención oculta.

Les satisface haber conseguido, con su influencia en los “medios de persuasión”, que el índice de fecundidad de la mayoría de los países del llamado primer mundo esté por los suelos. Pero les siguen pareciendo exagerados los que tienen en muchos países del tercer mundo o en los que están en vías de desarrollo, sin considerar que, sin ser demasiado altos, son necesarios dada la mortalidad infantil que, por ejemplo, en el año 2020 en Afganistán era de 104 por cada 1000 nacimientos normales, cuando en España teníamos un 3/1000.   

A esos gurús de la civilización, a los que, por cierto, nadie ha elegido y a los políticos y persuasores de masas les entusiasma cambiar el curso natural de la vida, jugar a creador o, en este caso, a manipulador. Están permanentemente soplando para generar frecuentes y molestas olas que nos hacen zozobrar. Entre el asunto de la identidad sexual, el “derecho” al aborto, las peligrosísimas ventosidades de las inocentes y pacíficas vacas, el mercado del CO2, y el sospechoso proceder de todo el sexo masculino (que no género) nos tienen mareados y bien entretenidos.

Nos bombardean con el gusanillo de la identidad sexual, una insistencia innecesaria porque desde siempre ha habido personas en las que su sexo biológico no coincidía con su identidad sexual y en nuestra sociedad hace mucho tiempo que es un hecho asumido y absolutamente tolerado. Pero no conformes con eso perseveran y ahora, además, se empecinan en introducir en la escuela, a tempranas edades, una información el respecto innecesaria, inoportuna y de muy mal gusto. Y mientras nos tienen divididos en bizantinas discusiones sobre ese tema, se nos pasa por alto lo mal que lo están pasando nuestros agricultores y ganaderos viendo como las ganancias de sus ventas quedan por debajo de sus costes de producción, mientras a nosotros, los ciudadanos de a pie, el incremento del IPC nos está empezando a agobiar.

Mientras discutimos, o nos escandalizamos, según nos dé, por la conveniencia de que una chica de 16 años pueda abortar sin que sus padres lo sepan y sin darle adecuada información y alternativa, ellos aprovechan para darle un bocado a la separación del poder judicial y del ejecutivo, dándole una patada más al supuesto sistema democrático.

Mientras nos mantienen atónitos con el hecho de que a esas vacas, que llevan en la faz de la tierra desde casi siempre, ahora les ha dado por generar un efecto invernadero a base del CH4 (metano) de sus ventosidades, siguen queriendo hacer nos creer que gozamos de una democracia sana, tan sana que ni siquiera nos la merecemos.

 Mientras nos tragamos los vacuos discursos de nuestro “amado líder” sobre la Agenda 2030 o polemizamos sobre la última y, por lo visto, somnífera Cumbre del Clima en Glasgow, China sigue emponzoñando la atmosfera con el 30% del total de emisiones de CO2 del mundo, sin pagar ni un Yuan y riéndose del resto de los mortales, a los que nos vende hasta las mascarillas para protegernos de “su virus”, ante lo que nuestros dirigente no saben más que esbozar una leve sonrisa y si pueden hacer algún negocio lucrativo.

Mientras que los que pertenecemos, de momento, al sexo masculino nos devanamos los sesos e intentamos mirarnos introspectivamente, para intentar entender por qué somos tan violentos y tan poco empáticos como para que se nos haya retirado por ley la presunción de inocencia, una ministro nos quiere, además, regular por decreto el modo de mirar a las personas del otro sexo o quizás a todo el mundo, es decir a ellas, ellos y elles. Veremos lo que van a subir las gafas de sol oscuras si esa ocurrencia sale adelante.

En fin, que estamos en manos de una izquierda desnortada y una derecha encantada de haberse conocido, ambas entregadas a la deriva a la que les conducen las olas producidas por los vientos de esas élites globalistas multimillonarias, que juguetean peligrosamente con las formas de actuar totalitaristas. Solo así se puede entender como han abandonado la defensa de la justicia, la libertad y la igualdad, para dedicar tantos esfuerzos y presupuestos a favor minorías de todo tipo y color, respetables, pero minorías al fin y al cabo. Por eso, también, se entiende que estén permanentemente dando pábulo e inmerecidas prebendas a unos nacionalismos racistas que odian profundamente a todo aquel que no quiere comulgar con sus ruedas de molino.

“SOMOS”[1] está empeñado en atacar esa multitud de olas por la amura adecuada, en mantener firme el timón y ajustar el velamen para salir de esa zona con mar de fondo y dedicar sus esfuerzos para trabajar por lo verdaderamente importante para los españoles: la justicia social, la primacía de la persona, los valores éticos por encima del relativismo, la mejora de la democracia, el apoyo al municipalismo y un proyecto ilusionante para nuestra Patria y para la Hispanidad.