La ruptura radical con la tradición sería la nota más definitoria de la sociedad actual. Tal que a una casa que considerada antigua, se dinamita sin más, desde los cimientos, sin la menor previsión, proyecto y medios para construir la nueva. Sin reparar que se caerá encima, causando la desolación y la orfandad, al no haber preparado otra antes. Es una metáfora del actual estado de cosas. El tedio, la desinformación y confusión, cubren el hueco que se produce en una sociedad sin camino ni horizontes; altamente tecnificada, llena de aparatos y medios informativos y comunicadores, obsesionada por las tecnologías de última generación con las que le venden subliminalmente la felicidad, y alguien se apodera, a cambio, de todos los datos de su identidad. Una sociedad rara, convulsa, psicológicamente enferma, y peligrosa -como su clase política en el poder- una sociedad engañada desde su formación en la juventud.

Hace más de 30 años, cuando los padres presumían de ser amigos de sus hijos y olvidaban el rol de padres y lo confundían con el de sus retoños, pudo diseñarse el medio adecuado o plantear la metáfora: vamos a derribar la casa para construir otra mejor, pero antes queremos el proyecto, la valoración y prueba de habitabilidad de otra, y sólo en último extremo el derribo. Siempre construir antes que destruir, y nunca empezar la casa por el tejado. Nada de esto ocurrió: todo lo contrario; la venta de la burra tuerta y coja. El desmontaje de todo un sistema de principios y valores. La trampa y caramelo envenado comido con voracidad y delectación por la mayoría engañada de un sistema diabólico que promete el paraíso e impone el infierno.

Preferible la verdad porque conduce al bien, nos aconseja Sócrates. Su consejo es revelador. Hemos creado una sociedad ancha y ajena, de mentira y de mierda, surrealista, excluyendo la natural; una sociedad adoctrinada, por los políticos más depravados que se han conocido, sin cimientos, virtudes ni referentes y que hoy nos desgobiernan y nos roban la moral y la cartera. Sin credos trascendentes, sin moral y sin vergüenza. Y que para colmo acceden al poder, al ser votados por esa misma sociedad aborregada, a la que engañan y sufrirá las consecuencias. Alguien dijo que cuando se quita a Dios de por delante, su hueco principal es ocupado por la primera gilipollez. Así las leyes se tornan anti natura y liberticidas, como la mayoría que meten en el Boletín del Estado, sin debate ni aprobación, aprovechándose del estado de alarma, creado para tal fin, y vinculado a la pandemia del virus comunista de China.

Hoy se vive sin fe, esperanza y caridad, venerando al becerro de oro, a los dioses aberrantes que nos engañan, ocultos en el poder de la sombra desde donde encubren el crimen y la perversidad. Los dioses mortales y ficticios que ha parido ese tipo de sociedad, producto de la putrefacción y el vicio, o del odio, y que detentan el poder y nos arrastran mediante el engaño al desconcierto y al caos.

Si a Sócrates, cuatro siglos antes de Cristo, lo mataron acusado de corromper a la juventud, ¿qué no correspondería a los responsables de cuanto ocurre hoy con la sociedad actual?

En los últimos cuarenta años, tras lograr una transición ejemplar en el mundo, hacia un sistema democrático, la realidad sociopolítica española inició su declive y caída libre en picado. Se creó la democracia para matarla a poco de nacer. Y la mató quien más la reclamaba, y que sólo iba a usarla para destruirla. Hoy, cuando ignoramos por qué punto del precipicio caemos, nadie da la cara ni dice esta boca es mía. La corrupción en España ya sale por las ventanas. La empezó a sembrar el PSOE, y después le acompañó el PP. A un partido marxista, criminal, corrupto desde su génesis, nadie le paró los pies, y encontró rápido sus imitadores que no quisieron predicar con el ejemplo, Poncio Pilatos; lavarse las manos y poner el cazo. Todo el mundo prefiere callar y mirar para otro lado. Inermes, perdimos toda la capacidad de crítica y respuesta. (Menos más que ya se empieza a levantar la verdad y dignidad de los que no somos así; ya hay brotes verdes)

El valor, virtud ejemplar que al soldado, se le supone, y hasta hace poco desaparecido en los diferentes sectores sociales, confundidos y afanados en su propia supervivencia y conservación del poder; un poder cada vez más extraño y alienante en su proceso hacia la desintegración del ser humano. Ese ser, libre y compuesto de alma y cuerpo, como lo es y lo fue toda la vida. No. Es el hombre nuevo que nos ofrece el sistema más corrupto, totalitario y criminal conocido en el que estamos cayendo: el comunista. (Es el hombre nuevo del marxismo) Es como un ratón producto del parto de los montes. Extremo al que llega una sociedad -mediante su caldo de cultivo- pasando por las fases previas de degradación y corrupción, hasta su descomposición ética y moral. Ante la muerte de la virtud todos los vicios invaden la vida humana de una sociedad sorda y muda, hueca de contenidos, y en las tinieblas frías de su noche de desolación y muerte solo se oye el grito desgarrado del sálvese quien pueda.