Desde El Correo de España agradecemos al Padre Cantera el esfuerzo que ha hecho por atendernos. Desde la soledad del monasterio y su vida contemplativa analiza con una visión de fe lo que ha supuesto hasta ahora la pandemia y las consecuencias que puede tener en un futuro.

A ustedes también les está afectando la pandemia, teniendo varios hermanos enfermos, uno de ellos estuvo grave. Rezamos por él.

Muchas gracias por sus oraciones. Ciertamente, casi todos hemos pasado la enfermedad a partir de un monje que se contagió en un hospital y trajo el virus al monasterio. Gracias a Dios, ya lo hemos pasado y hemos quedado con anticuerpos, pero hay otro monje que ha estado muy grave y afortunadamente está mejorando mucho y el pronóstico es bueno.

Ha sido una experiencia dura para todos pero al mismo tiempo enriquecedora en muchos aspectos: el aislamiento en la celda para quienes lo hemos debido guardar durante varias semanas nos ha ayudado a vivir por un tiempo como monjes “reclusos” o ermitaños, y a los monjes que han atendido a los demás les ha permitido volcarse ejemplarmente en el ejercicio de la caridad fraterna. Nos ha permitido experimentar la debilidad de la condición humana ante una epidemia y la hemos acogido como una prueba en la que nos hemos fortalecido espiritualmente, viviéndola como una prueba del amor de Dios en medio del sufrimiento.

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A un monje de clausura no le afecta el confinamiento, pero sí el dolor de la humanidad.

Así es, efectivamente. La experiencia del confinamiento es muy monástica, porque el monje busca el retiro para el encuentro con Dios. Pero, como decía un autor antiguo, Evagrio Póntico: “monje es el que, apartado de todos, está unido a todos”. El monje, en su trato íntimo con Dios, lleva ante Él, por medio de sus oraciones y de sus sacrificios, las necesidades y los sufrimientos de toda la humanidad, pide perdón por sus pecados y le pide que derrame su amor sobre todos los hombres, tanto sobre los que le aman como sobre los que no le aman. Podemos decir que el coronavirus nos ha dolido también a los monjes, no sólo cuando lo hemos padecido personal y comunitariamente, sino también antes y después de tener la enfermedad, porque deseamos el bien de los demás. En este tiempo, hemos hecho peticiones especiales por el fin de la pandemia en la Santa Misa y en la oración, hemos añadido el rezo comunitario del Santo Rosario con esta intención y hemos tratado de ayudar y de ofrecernos en cuanto estuviera de nuestra mano a las instituciones que podían precisar de ella.

¿Ustedes han seguido celebrando los oficios y el culto con normalidad?

Sí, aunque hemos tenido varios momentos según nos ha afectado la pandemia. Hasta que empezamos a caer enfermos varios de nosotros, celebramos todo con plena normalidad, si bien con algunas precauciones (por ejemplo, ampliar las distancias en el coro cuando se dio el primer caso). A medida que cayeron más monjes, hubo que incrementar mucho las medidas y aislar a los mayores sanos por ser los de mayor riesgo; pero siempre hubo un grupito de monjes que pudo rezar el Oficio Divino y celebrar la Santa Misa comunitariamente, además de que cada uno de los aislados lo hacía en su reclusión. Una vez que se ha ido superando, hemos ido volviendo por pasos a una normalidad casi plena. El culto a Dios ha proseguido en todo momento, si bien con estas fases por la manera en que nos afectó la enfermedad a muchos.

Hoy en día se ha perdido el sentido del pecado en la sociedad, por eso escandaliza decir que una pandemia pueda ser un castigo por el pecado.

Sobre todo desde Pío XII, los sucesivos Papas han venido señalando con frecuencia que la sociedad occidental ha perdido la conciencia de pecado. Vivimos en un neopelagianismo y un relativismo porque se ha perdido también el sentido de la Verdad y del Bien y se ha olvidado a Aquel que es en sí mismo la Verdad y el Bien Supremos. Pienso que todo esto viene del desarrollo de las corrientes filosóficas subjetivistas a lo largo de la Modernidad, que niegan la existencia de la Verdad como una realidad objetiva y consideran que es el sujeto quien configura el mundo exterior.

Por otra parte, el buenismo introducido hoy en muchos ambientes de Iglesia y la escasa formación teológica no permiten comprender lo que se entiende como “castigo de Dios”, que es de fundamento bíblico. El castigo rectamente entendido no es propio de alguien malo y cruel, sino de quien desde su bondad paternal usa de este medio pedagógico para corregir a quien no ha sido posible conseguirlo de otra manera y que a partir de ahí se enmiende en su conducta con arrepentimiento y espíritu de conversión.

Con respecto a la actual pandemia, no me atrevo a decir que sea un castigo de Dios, porque no lo sé: Él no nos lo ha revelado. Pero lo que no dudo es que se trata de una ocasión de oro para que el ser humano reflexione sobre la debilidad de su propia condición: se creía el amo de todo por medio de la técnica y de la ciencia y en realidad nada puede sin Dios. Es una oportunidad para la conversión del hombre hacia Dios, para una vuelta de nuestras sociedades hacia Él, pero me temo que no se está sabiendo aprovechar como sería deseable. Incluso entre nosotros, entre los católicos, debería ser un momento para intensificar la oración y el culto y da la impresión de que a veces hemos hecho lo contrario en el seno de la Iglesia… Parece que estuviéramos más preocupados por cumplir las normas sanitarias (incluso yendo más allá de las señaladas por las autoridades civiles) que por rezar y tratar a Dios en la Sagrada Eucaristía como Él merece.

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Pero es cierto que en este período de la postmodernidad proliferan más que nunca aberraciones contra la ley de Dios.

Desde luego, tristemente es así. Los atentados contra la vida humana en sus fases más débiles a través del aborto y la eutanasia, por ejemplo, claman al Cielo, así como el jugar a ser dioses por medio de la manipulación genética. Por otra parte, la ideología de género, que es insostenible filosófica y científicamente y supone la negación misma de la naturaleza y del ser humano, se impone por ley y la mayoría de los medios de comunicación proclaman la caza y captura de quien quiera hablar con libertad frente a sus dogmas irracionales. La presión sobre los cristianos se ejerce de un modo sutil a veces en Occidente, mediante el desprestigio de su fe y de la Iglesia, pero cada vez más crecen los ataques violentos contra templos, imágenes y creyentes. No hay reparo en burlarse de la fe cristiana y en injuriar abiertamente a Cristo y a la Virgen María con total impunidad por parte de los autores de estos ataques, los cuales se justifican diciendo que se trata de “performances” artísticos… ¡qué bajo ha ido a caer el concepto del arte y de la cultura! Mucho de lo que vivimos parece una mezcla de las sociedades descritas por George Orwell en su novela distópica 1984 y por Aldous Huxley en Un mundo feliz.

Y en plena pandemia siguen con su agenda ideológica tanto en España como a nivel mundial.

Sí, es agenda, e incluso la situación causada por la pandemia parece haberles facilitado la prosecución de sus fines. George Orwell señala el miedo como un elemento clave en la construcción del totalitarismo (de tipo fundamentalmente comunista-estalinista en 1984), ya que la sociedad, carente de pensamiento crítico y terriblemente asustada ante un grave peligro, cede toda su autonomía ante un poder dominante que busca acapararlo todo, como es el “Gran Hermano” y el Partido. En España todo se está legislando a base de decreto-ley y de órdenes ministeriales. Y, en casi todos los países, los gobiernos han incrementado sus poderes, a la par que se reclama un gran poder mundial que sea capaz de contener los males de la pandemia. Cuando se habla de “nueva normalidad”, se está aludiendo a una parte de ese “nuevo orden mundial” al que se aspira, con una sinarquía o gobierno global absoluto que controle todos los movimientos y actos de las personas en particular y de la sociedad en su conjunto.

Las formas de confinamiento impuestas en bastantes países han supuesto un pulso a la sociedad y al ser humano, una magnífica prueba de ingeniería social para que los poderes que aspiran al dominio absoluto puedan analizar hasta qué punto las personas y el conjunto de la sociedad son capaces de resistir ciertas medidas de presión y de control creyendo que todo es para su bien. En realidad, como se ha demostrado en otros países que han gestionado la crisis del covid con mucho mayor éxito (casos de Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Portugal, Austria, etc.), con adecuadas medidas mucho mejor enfocadas ha sido posible superar esta fase de la pandemia sin el desastre sanitario y económico que ha supuesto en otros países donde las medidas de control sobre la vida social han sido sin embargo más duras y restrictivas.

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Aunque siguen soñando con derribar la cruz del Valle, la propia izquierda sabe que eso en España se les puede volver en contra…

Hay ciertos sectores políticos que precisan de la crispación, en parte por ideología y en parte por estrategia. Pero no hay duda de que una gran parte de la sociedad española, aun cuando no practique su fe católica, se siente identificada con ella y desde luego no comparte los ataques contra algo que afecta a lo más profundo de muchas personas. En cualquier caso, la inmensa mayoría de la población española entiende que en estos momentos existen otras prioridades inmediatas por resolver: hay varias decenas de miles de fallecidos por el coronavirus y muchas familias que lloran a sus muertos de estos meses y tenemos ya encima una crisis económica brutal con consecuencias sociales en parte imprevisibles.

Como historiador, ¿cree que esta pandemia supone un cambio de paradigma?

La verdad es que es un momento de una gran incertidumbre y resulta muy difícil saber cómo se van a ir desarrollando los acontecimientos y cómo van a evolucionar las diversas sociedades en el mundo. Evidentemente, el covid marca un antes y un después, entre otras cosas porque China parece incrementar su poder a nivel mundial y buena parte de Europa y los Estados Unidos pueden entrar en una crisis sin precedentes. No es fácil saber si el camino hacia ese “nuevo orden mundial”, en parte favorecido con esta situación, va a tener éxito o se va a ir encontrando con serias dificultades.

Pueden producirse explosiones sociales a raíz de un incremento de la pobreza, pero da la impresión de que, al menos en España, muchas personas no ven todavía esto y siguen inconscientemente queriendo mantener un tren de vida por encima de las posibilidades reales con que se van a encontrar. Desde luego, sigo pensando que la clave para superar la situación estaría en una conversión de los corazones de los hombres hacia Dios, pero me temo que a nivel general va a ser una ocasión desaprovechada y eso no facilita las cosas a nivel de una mejora global de la realidad económica, social y política.

Sin embargo, pese a todo momento adverso en España está la firme promesa de que no desaparecerá la fe, mientras exista el Pilar.

Todos los poderes políticos que han intentado arrancar la fe de los corazones de los pueblos han fracasado. A lo largo de la Historia es una evidencia y en tiempos recientes también se ha comprobado. La experiencia del comunismo es la mejor muestra de ello en una época aún próxima a nosotros: la fe, que fue mantenida con mayor o menor presencia abierta en la sociedad durante los años de la persecución, ha rebrotado con nueva fuerza. Véanse los casos de Polonia o de Rusia, entre otros. La persecución actual es a veces más sutil: si evita la violencia directa y procura más el desprestigio mediático, consigue más; lo mismo sucede con el hedonismo capitalista: ha hecho más daño a la fe de los pueblos que decenios de ateísmo doctrinal y persecución comunista.

Pero, en cualquier caso, la fe está en lo más profundo del alma y, al ser un don sobrenatural de Dios, una virtud teologal, por más que los poderes de este mundo luchen contra ella siempre pervivirá. Y en España esto ha sucedido así a lo largo de los siglos. La fe en España siempre permanecerá viva, igual que en Portugal, como allí prometió la Virgen a los pastorcitos en Fátima. Y la fe acrecienta la esperanza e incrementa el amor en su grado supremo, que es la caridad.

SND sigue sacando libros en defensa de la verdad de la Historia como Arderéis como en el 36. ¿Qué importancia tiene esta labor?

El estudio y la divulgación de la verdad histórica es fundamental. La verdad es objetiva, existe realmente, no es subjetiva. En la citada novela 1984, el protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad al servicio de los intereses del Partido, reelaborando las noticias y falseando la realidad de forma favorable al sistema si es necesario y sin escrúpulo alguno. George Orwell conoció de primera mano todos estos manejos totalitarios cuando participó en las Brigadas Internacionales en España durante la guerra de 1936-39 y vio con sus propios ojos y sufrió personalmente la represión del comunismo estalinista sobre los trotskistas del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), al que él se había vinculado. Los proyectos recientes de la izquierda española para crear una Comisión de la Verdad han recordado de lleno este tipo de organismos y actuaciones estalinistas.

De hecho, toda la creación de una “memoria histórica” es la elaboración de una historia sesgada y sectaria, de fundamento esencialmente subjetivo y de sola una parte: no se atiene a una verdad documentada y objetiva. Es cierto que los testimonios personales, ya sean orales, ya escritos, son una fuente indispensable para el conocimiento histórico; pero no pueden ni deben ser los únicos.

La simple memoria no construye la totalidad del conocimiento histórico, sino solo una parte, y aún es más débil cuando además la recopilación de la memoria es parcial y no completa. En 1984 se recoge una idea típicamente marxista: el control del pasado conlleva el dominio del futuro. No pensemos que la “memoria histórica” se queda sólo en el pasado o en cierta época del pasado de la Historia de España, sino que apunta hacia el futuro: la deslegitimación del régimen del 18 de Julio supone la deslegitimación de la Monarquía reinstaurada por Franco y la deslegitimación, en consecuencia, de todo el régimen del 78, apuntando así hacia el advenimiento de una III República.

Lo estamos viendo de forma cada vez más clara. No se trata simplemente de un revanchismo y de una obsesión con ciertos elementos del pasado –que también hay ese revanchismo y esa obsesión con fantasmas del pasado– sino que va mucho más allá. La actitud de quienes no han querido ver esto por cortedad de miras o por miedo a oponerse a la violencia mediática de los propugnadores de la “memoria histórica” está teniendo y tendrá sus consecuencias.

Para finalizar, ¿podría dar un mensaje final de esperanza para los lectores de El Correo de España?

Dios es el Señor de la Historia. Y Cristo, el Hijo de Dios encarnado, es el eje de la Historia. La Historia hace referencia al tiempo y al espacio en que nosotros nos movemos, pero Dios reina desde la eternidad, desde el hoy eterno, y a esa realidad nos encamina a partir de nuestra realidad espacio-temporal. Esta verdad nos debe infundir esperanza: una esperanza teologal, fundamentada en la fe y expresada y culminada en la caridad. Por más que las circunstancias que vivamos nos puedan aturdir y atemorizar, debemos tener una confianza absoluta en la Providencia amorosa del Dios que es amor, que por amor ha llevado a cabo la obra de la Creación y ha creado al hombre, y que por amor al hombre caído, ha manifestado aún un amor más grande enviándole a su Hijo para redimirlo y salvarlo. Es un Dios-Amor que no sólo ha devuelto al hombre la amistad con Él, sino que incluso, por medio de su Hijo, ha otorgado al hombre la adopción filial como hijo adoptivo de Dios.

Y ahora, por medio del Espíritu Santo, encamina al hombre con sus dones y su gracia hacia la plenitud de la eternidad celestial, haciendo así un “hombre nuevo” que, por la bondad infinita de Dios, está llamado a participar de la vida íntima de Dios, vida de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Esta convicción, bajo el amparo maternal de la Santísima Virgen María, nos debe llenar de alegría en medio de cualquier adversidad. Nunca se podrá arrancar la fe, la esperanza y el amor del alma del creyente, que confía en la victoria final de Nuestro Señor Jesucristo. Eso le dará fuerza para seguir adelante, luchando sin decaer frente a la adversidad.

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