Jamás he sido contrario a aportar mi grano de arena, a base del abono religioso de los impuestos, para el buen funcionamiento del Estado, incluso a sabiendas de que una parte de lo que de mi peculio se recauda va destinado a satisfacer los cuantiosos sueldos de toda esa caterva de memos badulaques que integran el rol de políticos, de uno y otro signo, que llevan a mi Patria a la ruina tanto económica como moral. Pero, al tratarse de las reglas del juego, no queda, muy a mi pesar, otro remedio.

Sin embargo, ya estoy harto de que, debido a una serie de normas de tipo puramente ideológico, introducidas por los peores enemigos que tiene España -la pijoprogresía izquierdosa-, mi único derecho quede constreñido precisamente a eso, a pagar.

Dejando a un lado el escandaloso gasto que producen los miles de chiringuitos -lgtbijk, ecologistas, OGs que no ONGs, animalistas, manteros y perroflautas en general- que a nivel nacional, regional y local tienen abiertos los amiguetes de los que mandan; dejando a un lado la financiación de la prensa afín, perro fiel y servil, que lame, sin recato, el trasero del poder; dejando a un lado las paguitas que reciben los menas y demás hijos predilectos de los que mandan, en detrimento de las que cobran muchos españoles de a pie que malviven de forma miserable; dejando a un lado el gasto que produce una administración mastodóntica, duplicada, inútil e inoperante; dejando a un lado todos esos organismos -parlamentos autonómicos, defensores del pueblo territoriales que defienden más bien poco, observatorios que no se sabe bien lo que observan ni a quien, etc.- de más que dudosa eficacia; dejando a un lado las cuantiosas subvenciones que reciben sindicatos y partidos políticos, amén de los gastos que produce la legión de asesores que proliferan por doquier; etc., etc. Todavía tenemos que soportar estoicamente que una buena parte de nuestros derechos y libertades se vean mermados precisamente por los intereses de esta caterva de indocumentados que nos gobiernan.

Ya lo vimos durante la fase crítica de la “plandemia” en que los perros fueron sujetos de más derechos que nosotros y así, mientras que los ancianos morían como chinches encerrados en las residencias, clamando desde sus habitaciones por la libertad; mientras que los niños estaban condenados a respirar el aire viciado de sus casas; los perros podían salir a pasear por las calles ya que necesitaban ventilarse para llevar una vida mejor y más cómoda. ¡Increíble!

Incluso, ahora, para seguir por las sendas que marca ese globalitarismo masón que pretende introducir el nuevo orden mundial, nos hemos vuelto a igualar con los perros al exigirnos ir provistos de bozal, tener que estar en posesión de una cartilla de vacunación con más casillas que la quiniela y encima, alguno piensa colocarnos un chip para mejor controlarnos. ¡Asombroso!

Pues bien, ahora resulta que toda esta maldita pijoprogresía izquierdosa encaramada al poder con el concurso necesario de los socialistas, ha parido una ley en la que, prácticamente, se igualan los derechos de las mascotas a los de las personas, como si todos estuviésemos en al mismo nivel y, de esta suerte, perros y gatos se equiparan a niños, dándoles prácticamente el mismo valor, e incluso pretenden que se expidan DNIs gatunos y perrunos.

Pero bueno, que esta malvada pijoprogresía, con tipejos como la nieta de la Rogelia, la gran concubina y ese anormal que quiere que no comamos carne, a la cabeza, pueda pretender semejante dislate es fiel reflejo de la sociedad acobardada, timorata y carente de valores en la que vivimos que es, en última instancia, la que tolera todos estos desafueros.

Ya lo habíamos visto antes con esa falsa pretensión de “humanizar” nuestras ciudades, convirtiéndolas en hostiles para los conductores de vehículos en beneficio de ciclistas y patinadores que ahora campan a sus anchas, aunque, realmente, las grandes avenidas trazadas para ellos -carriles bici y de patinete- prácticamente carecen de uso salvo para obstaculizar el tráfico rodado de las ciudades, a cada paso más complicado.

 Sin embargo, yo que pago religiosamente mis impuestos, incluso el de circulación en mi ciudad, me pregunto, ¿por qué no se les empieza a cobrar impuestos a todos estos que a lo que se ve son sujetos de todo tipo de derechos y de ninguna obligación?

Creo que una mascota -créanme si les digo que siempre he sido muy respetuoso con los animales-, toda vez que es sujeta de derechos, también debería serlo de obligaciones y de esta suerte, los propios animales como seres autónomos o, en su defecto, sus dueños -si es que se pueden considerar como tales, cosa que dudo-, alojadores o convivientes -me inclino más por esta consideración-, que pasen por la ventanilla de Hacienda y hagan efectivo el pago de los impuestos correspondientes que devengue cada uno de los bichitos en cuestión.

De paso, que a los ciclistas y patinetistas también les cobren, cuando menos un peaje, por el uso de sus autopistas particulares que atraviesan las ciudades de norte a sur y de este a oeste, y que se han financiado a través de nuestros impuestos y aquí ya no vale aquello de que “los conductores pagáis por el uso exclusivo de las calzadas” ya que ahora, todo ese colectivo de ciclistas y patinetistas también cuentan con sus calzadas propias y exclusivas. Así que, a pagar como todo quisque.

Nadie, ni el más osado, ni siquiera aquellos que tildaban de “conspiranoicos”, se podían imaginar que, por medio de una “plandemia” diseñada en una mesa de operaciones, tras dos años de sabia inoculación del terror en la población, nos íbamos a encontrar con un panorama en el que la mayor parte de nuestra gloriosa Historia patria va a quedar borrada de un plumazo; en que nuestra cultura secular, nuestras costumbres y tradiciones, nuestra identidad como Nación va a desaparecer; en que un mentecato indocumentado nos va a prohibir comer carne; en que se igualan nuestros derechos a los de los perros y gatos; en que para circular por nuestras ciudades y pueblos, además del uso indiscriminado del bozal reglamentario -símbolo de sumisión y servilismo por excelencia- nos van a exigir un salvoconducto en el que figure esa memez que llaman “pauta completa”, de la que muchos presumen sin recato, y que no se sabe bien si va a consistir en dos, tres, seis o seis mil dosis de una vacuna que todavía no está claro para qué sirve y, encima, que las ciudades se diseñen para ciclistas y patinetistas.  

En fin, lo dicho, que por lo menos los perros, los gatos y demás mascotas, así como los ciclistas y patinetistas se retraten en la ventanilla de Hacienda y empiecen a pagar impuestos para, de entrada, igualar las obligaciones de todos, el resto ya lo iremos viendo pues todo es perecedero, incluso esa izquierda miserable que nos lleva a la ruina.