La tenaza que está estrangulando a España – por Octavio Cortés

            El lema joseantoniano “ni de izquierdas ni de derechas” suele ser tomado a la ligera, como si se tratara de escurrir el bulto. Sin embargo, esconde una profunda visión de la realidad política, que hoy en día cobra máxima actualidad.

            José Antonio aporta, antes que nada, una visión del ser humano y su vida en comunidad (este es el sentido más sencillo de la palabra “política”) y desde allí detecta, a un extremo y a otro, fuerzas destructivas que destruyen la Nación de manera indirecta: lo que hacen, primeramente, es destruir a la persona, desfondarla, vaciarla.

            Apliquemos esta visión a la España de hoy.

            La izquierda es groseramente materialista, por su linaje marxista. No entiende al trabajador más que como materia en movimiento, privada de libre albedrío, ontológicamente determinada por las fuerzas históricas de la lucha de clases. Niega su aspiración a la trascendencia, niega su realidad espiritual. Esto es el puro horror y no merece mayor comentario.

            La dupla liberalismo / capitalismo (el uno es expresión del otro) engaña a primera vista por su aparente neutralidad. Quien quiera ser cristiano, o budista, o agnóstico, que lo sea. Laissez faire. Esto puede sonar bien, pero a la hora de los hechos, la derecha se desentiende de la realidad espiritual del ser humano. Relegando la opción a la esfera privada, como una elección individual más, sólo considera al ser humano en tanto que consumidor, aquel que compra un producto brindado por la espiral diabólica de la plusvalía y la alienación, en la cual la fuerza del trabajo es comprada y vendida como una mercancía más y el trabajador no tiene acceso al fruto de su trabajo sino a través de la mediación que supone la plusvalía que la élite financiera impone.

            El marxismo se ha transformado (una vez abandonado el ideal revolucionario de 1917) en marxismo cultural gramsciano, que busca aplicar el esquema opresor / oprimido a minorías a cada cual más pintoresca: los delfines, las lesbianas, los saharauis, el propio cuerpo, la orientación sexual, lo que sea. Estos años hemos visto cómo todo ello ha cuajado en una antropología nueva y completa, la llamada ideología de género, y hemos asistido al penoso espectáculo de una derecha que ha sido incapaz de detenerlo – porque en realidad, desde su arraigo en el liberalismo, carece de contacto con aquellas reservas espirituales, eternas, que sustentan a la persona en su integridad de cuerpo y alma.

            De modo que avanza la izquierda posmoderna en lo social y el neoliberalismo salvaje en lo económico. España, atacada por ambos flancos, se va convirtiendo en algo irreconocible.

            El falangismo es entonces no solo una posibilidad: es una urgencia histórica, que entiende que la primera tarea política no es la subida o bajada de tal o cual tasa municipal, sino la restauración de la persona en su dignidad como trabajador, como miembro de una familia y de un municipio, como criatura llamada a una vocación celeste arraigada en un sentido profundo de pertenencia a una tierra, una tradición, un destino común.