Todos estos fenómenos regresivos que he mencionado en las anteriores líneas de necrosis, en el dominio de lo que he llamado el género estropeado, van de la mano con una tendencia más general que sale ya de este ámbito.

Se trata de una especie de voluntad generalizada de tomar un camino descendente, dirigirse hacia los bajos fondos de la existencia y seguir la llamada de lo inferior; es un afán no disimulado por recrearse en los aspectos más viles y sórdidos de las cosas, un gusto por lo vulgar y lo soez. En una palabra, una fortísima voluntad de rebozarse en la degradación.

En tantos campos se traiciona a sí misma esta actitud, desde las tendencias artísticas a las modas y las costumbres. Es como si el espíritu de los tiempos nos invitara a buscar la esencia de la vida en la taza del váter. Ahora bien, con perdón por la poca delicadeza, en la taza del váter está la mierda, no está la vida.

Esta voluntad de degeneración tiene como contrapartida, naturalmente, el odio contra la excelencia y el talento, el descrédito y escarnio de todo ideal de auto-superación, de forma interior y elevación. El espíritu de los tiempos, en el sentido del discurso dominante que nos quieren vender y la forma mental de amplísimas capas de población, está impregnado ya profundamente de esta mentalidad y funciona como una camisa de fuerza psicológica que funciona obligando al ser humano a dirigir su mirada hacia abajo, cada vez que intenta o siente el conato de dirigirla hacia lo alto como está en su naturaleza más profunda.

Todo se interpreta en función de motivaciones y categorías inferiores, viles, deconstructivas y desacralizantes, por usar dos palabras fetiche de nuestro tiempo que provocan una excitación casi sexual en los degradados contentos de sí mismos. La constante apología de lo bajo ha degradado efectivamente al ser humano, de águila capaz de levantar el vuelo a águila mutilada que se arrastra penosamente por la tierra.

El campo de la educación, evidentemente, es uno de los que más ha sufrido por este estado de cosas, en particular por la guerra sin cuartel contra la excelencia. No sólo en el nivel educativo, entendido como contenidos; también y sobre todo en la formación del carácter, la misión principal que debería tener una verdadera educación.

El profesor ya apenas es una autoridad, intenta ser un ridículo “colega” de los alumnos y no se le tiene respeto alguno; lógicamente pues un “colega” veinte años mayor que uno no es tal, sino un sujeto que juega ridículamente a ser más joven de lo que es. Los caprichos deben tener prioridad sobre la disciplina, se va a clase poco menos que a jugar, se quiere convertir lo que debería ser un lugar de esfuerzo y estudio en una ludoteca. Se les exige cada vez menos a los alumnos y no se les corrige para no “dañar su autoestima”, para no “discriminar” se quiere nivelar todo en la igualdad es decir al nivel del menos apto.

Ocuparía un libro entero la lista de los males de la educación y la impresionante colección de ideas estúpidas e ineptas que la han hundido; pero si tuviera que definir el espíritu de la pedagogía actual con una sola fórmula, diría que es la venganza del último de la clase. Venganza que vemos cumplidamente realizada en los exponentes políticos de nuestra época, sobre todo los que se ocupan de educación.

La degradación educativa es la premisa y la consecuencia de la degradación general, se realimentan recíprocamente en un círculo vicioso. Contentas de sí mismas y mirándose a la cara, se rebuznan la una a la otra sus verdades en un perverso juego de espejos autorreferentes que no deja nada tras de sí, excepto un eco de rebuznos en el aire.