En el último discurso del Papa Francisco a los Movimientos Populares se refirió varias veces al miedo. Afirma el Papa que el dinero —ese dios de nuestra sociedad ferozmente materialista— gobierna “con el látigo del miedo”. Mirando a esas inmensas muchedumbres que sufren y son expoliadas Francisco exclama: “¡Cuánto dolor, cuánto miedo!”. Y continúa: “Ninguna tiranía se sostiene sin explotar nuestros miedos.” La tiranía del dinero, para conseguir que unos puedan ser inmensamente ricos mientras enormes multitudes sobreviven penosamente, necesita meternos el miedo en el cuerpo, miedo a perder lo poco que tenemos, miedo a hundirnos en la miseria y, en muchas regiones del mundo, miedo a perder la misma vida.

El miedo no se genera espontáneamente. El Papa lo manifiesta: “Al miedo se lo alimenta, se lo manipula… Porque el miedo, además de ser un buen negocio para los mercaderes de armas y de muerte, nos debilita, nos desequilibra, destruye nuestras defensas psicológicas y espirituales, nos anestesia frente al sufrimiento ajeno y al final nos hace crueles”. Es la crueldad que muestra la rica Europa frente a las multitudes que huyen desesperadamente de la guerra y la muerte. Francisco lo reafirma: “Detrás de esa crueldad que parece masificarse está el frío aliento del miedo”. “El miedo endurece el corazón y se transforma en crueldad ciega que se niega a ver la sangre, el dolor, el rostro del otro”.

Es el miedo que tratan de meternos ante la pobre gente que viene a nuestro país buscando una vida mínimamente humana. Miedo a que nos quiten el trabajo, miedo a que saturen las consultas de la Seguridad Social, a que se lleven las becas en los colegios… miedo por fin a que entre ellos se introduzcan terroristas, esos grupitos de desesperados a los que la crueldad de los poderosos del mundo ha llenado el corazón de odio.

Se trata de un generalizado miedo al otro. En una sociedad que tiene al dinero como dios, el miedo es algo natural (es necesario advertir que tener al dinero como dios supremo es compatible con celebrar solemnemente la Navidad, la Semana Santa y todas las Santas Vírgenes que se quiera. Incluso compatible con manifestarse defensor acérrimo del catolicismo más tradicional). Efectivamente, la mayor amistad se hunde cuando hay un conflicto de dinero, y cuando se habla de solidaridad es una solidaridad de pacotilla. Estamos solos frente a todos. El dinero es lo único que es nuestro y nos da fuerza. Pero es un dinero que otros también codician, si tienen más fuerza que nosotros nos lo pueden quitar. Cuanto más tengamos más difícil es que nos lo quiten. La ambición y el miedo se unen para empujarnos a una pelea sin fin.

Seguramente la raíz más profunda del miedo en los adoradores del dinero es que en prácticamente todas las religiones existe la creencia en un poder transcendente, un poder salvador que puede librar incluso de la muerte; en el Evangelio Jesús de Nazaret asegura: “No temáis a los que matan el cuerpo…” pero en la religión del dinero esa esperanza última no existe. No hay más poder salvador que el dinero. Si se pierde, la persona queda a la intemperie, en el desamparo más total.

Por fin, frente a la inevitable muerte, el dinero lo único que puede prometer es la sepultura más ostentosa del cementerio. Y me parece a mí que eso es poco eficaz para liberar del miedo.