A lo largo de los últimos años, especialmente con la irrupción de la “peste roja”, esta afirmación se ha convertido en un auténtico axioma: cada vez hay más totos y más tontas -aquí si conviene ser políticamente correcto- por metro cuadrado en nuestra amada España.  

Si a todo lo que venimos sufriendo estoicamente desde la llegada al gobierno de ese cúmulo de mediocres malvados, a las órdenes del siniestro tipo del pantalón de pitillo y andares chulescos, con sus variopintas leyes y disposiciones sectarias, hay que añadir la estela que está dejando a su paso el maldito “chinovirus” que, todavía, nos ha idiotizado más debido al terror inoculado de forma perversamente intencionada.

Desde tener que aguantar que alguna tonta de baba grite en la calle exigiéndote que te separes y así poder pasar ella, triunfante, con su perro, cual reina del mambo, amenazándote con requerir los servicios de la Policía, hasta todos esos que se han erigido en “policías de balcón”, al más rancio estilo “chiveta”, para velar por la seguridad sanitaria colectiva, aquí cabe cualquier tipo de estupideces a cada cual más pintoresca.

Al izado del telón de las chorradas sin sentido ya habíamos asistido, a modo de serio aviso, con la llegada a los Ayuntamientos de los sectarios podemitas y sus marcas blancas, cuya política, basada en el más feroz populismo, tenía como banderas la ideología de género, el animalismo, el ecologismo y todas esas babosadas globalistas.

En aquella ocasión, entre las muchas y variadas memeces, a cada cual más alucinante, que tuvimos que sufrir, recordamos aquella tipa, concejala de La Coruña, que prohibía utilizar caballos de cartón o de madera en la recreación de cualquier escena en la que apareciese un carro o una diligencia, tirada por un cuadrúpedo simulado, ya que tal empleo suponía una apología al maltrato animal o aquel otro, que pretendía construir un paso subterráneo, bajo una carretera, para que transitasen, supongo que de forma obligatoria, ranas, sapos y toda suerte de batracios.

Pues bien, ahora, esta misma cuadrilla de malsanos individuos e individuas, pretenden que las fiestas estén exentas de cualquier demostración pirotécnica para evitar que los perros se pongan nerviosos y que los pájaros se estresen. ¡Alucinante!

A lo que se ve, esta tóxica tropilla, pretende poner al mismo nivel a los pájaros y perros que a los seres humanos, por cierto, los que pagamos los impuestos, en el colmo de este delirio globalista que nos está conduciendo a la ruina total en todos los aspectos.

Siempre he sentido un profundo respeto por los animales, sin embargo, a cada cual hay que ponerlo en su sitio y no es tolerable que estos mismos que se rasgaban las vestiduras y lloraban amargamente por la muerte del famoso “Excalibur” -aquel perro que murió de ébola-, o estén tan preocupados por la salud anímica de los pájaros, no sientan el mínimo dolor ni rechazo por los miles de niños asesinados en los claustros maternos, consecuencia de los abortos que, al parecer, según defiende esta gentuza, son un derecho de las madres.

Tampoco he visto que mostrasen las mínimas muestras de dolor por el fallecimiento, debido en muchos casos a la nefasta gestión de este gobierno miserable de socialistas, comunistas y podemitas, de miles de españoles que cayeron consecuencia del “chinovirus”. Al parecer, todo eso no cuenta y lo único importante es que no se estresen los perros y los pájaros.

En el colmo del contumaz y enfermizo populismo y de la perversa mentira, toda esta gentuza se olvida de que detrás de esas sesiones de pirotecnia que ahora se quieren cargar para que los perros no ladren, hay cientos de familias que viven, precisamente, de eso y que, caso de salir adelante esta descabellada propuesta se verán abocados a la ruina, a morir de hambre, pero eso, a la postre, resulta del todo irrelevante para esta colección de mediocres a los que pagamos todos los españoles con nuestros impuestos.

Estoy harto de todos estos payasos y payasas -con perdón de los payasos- que lo único que pretenden es llevarse por delante nuestras tradiciones, nuestra forma de vivir, de celebrar nuestras fiestas, de entender la vida, teniendo como fin único la muerte del alma de España.

Hay que aguantar que las ciudades se conviertan en autopistas para ciclistas y patinadores que, por cierto, no pagan un euro por el uso privilegiado de los carriles hechos para ellos y, cuando no, por las calzadas destinadas a la circulación de vehículos o por las aceras, y, sin embargo, los que pagamos el impuesto de circulación tengamos que sufrir grandes atascos o la imposibilidad de aparcar en la inmensa mayoría de las calles.

Ya tuvimos la oportunidad de ver, durante aquellos inconstitucionales meses de arresto domiciliario, que los perros eran sujetos de más derechos que el resto de los mortales ya que ellos podían salir a pasear libremente, en tanto que nosotros teníamos obligatoriamente que quedarnos en casa. A eso, debemos añadir, sin protestar, las veces que tenemos que soportar estoicamente los molestos ladridos de muchos canes en sus paseos callejeros, sin que sus amos hagan nada para evitarlos.

Y ahora, nos vienen con esto. Ya está bien de memeces y payasadas de toda esta banda de pijosprogres y pijasprogres que, cada vez, están ganando más batallas ante el temor de una masa silenciosa y silenciada a la que le asusta que le llamen facha o que digan que no son políticamente correctos.  

Por mi parte, si los perros se estresan, pues que se estresen ya se les pasará, y si los pájaros se alteran una noche, que se alteren ya se calmarán. Y vosotros, globalistas, animalistas, ecologistas, pijosprogre y toda la gentuza de esa calaña, meteros vuestras ideas tóxicas y perversas por donde os quepan y dejarnos vivir en paz.