Necesitábamos dioses terrenales que nos guiaran, abrieran los ojos y redimieran del pecado original, y Franco venía como caído del cielo. Su obra era y es un milagro para la Historia. ¡Claro que existen los milagros! Liberaba nuestras conciencias igual que antes había "liberado", palmo a palmo todo el territorio nacional en su "Cruzada". Alguien bromeaba que se había juntado el hambre con las ganas de comer, que de las dos había una parte. Pero ninguna era mala, sino un acertado presagio de buen apetito. Jamás pasamos hambre, con tan corto menú, porque pronto España estaba administrada por los hombres más honestos y dignos de saber bien lo que hacían. Realmente Dios ayudó a Franco a ganar la guerra y a reconstruir España. Se rodeó de los mejores, y suya es esta frase: "Mientras yo viva, no habrá partidos políticos en España". Tenía muy clara la experiencia anterior, que era semejante a lo que ocurre hoy.

Mi felicidad interior era inmensa. No podía concebir mi destino en una humilde familia de labradores de alta montaña leonesa con tanta suerte. Todos salidos de la guerra con vida después de mil peripecias, ante las balas enemigas; todos vivos gracias a la intercesión celestial; todos seguros de nuestra realidad y de nuestro milagro, por el cual, la familia podía contarlo. "Familia que reza unida, permanece unida", y todos los días se rezaba el rosario con fervor y se daban gracias al Señor por tanta fortuna. Mi seguridad era tan grande como las montañas que se recortaban majestuosas sobre la inmensidad azul celeste de los días soleados. Nada tenía sentido sin el mandato divino que, jerarquizado, bajaba de arriba, desde ese cielo del que dependen los labradores en sus cosechas y que siempre miran esperanzados con tanta humildad. Éramos modestos campesinos designados a enaltecer la Patria. España, aun antes de acabar la contienda, brindaba su poesía al labrador en su frente de batalla: la tierra. "Mientras los soldados del Generalísimo abren la tierra al Mare Nostrum, este otro soldado, humilde y laborioso, labra los campos y da a su Patria, el pan nuestro de cada día. Fecundado por la sangre de tantos héroes, el suelo de España se cuaja de doradas espigas y rubias mieses, símbolos de una Patria con pan y justicia, como el Caudillo quiere". A la luz resplandeciente de las tradiciones, surge una nueva España, unida, grande y libre, tutelada por la iglesia. Nace la España nacional, católica y conservadora, en la que, "también trabajan las mujeres, curtidas al sol. No importan los callos ni las heridas, son flores del triunfo. España entera es milicia, y la milicia es austeridad, trabajo, resistencia y silencio".

Nuestra libertad tenía por contrapunto el respeto a la ley, según la máxima de Séneca que afirma: "Somos esclavos de la ley para poder ser libres". Yo me sentía libre como las golondrinas que al agonizar el invierno y nacer el trigo llegaban desde África, y descifraban en la altura con sus trinos la venturosa primavera. Estaba impresionado por la grandeza de tanto misterio revelado por la naturaleza, al ver nacer los sembrados, y las flores, por mi propia dicha. Los días tenían un olor nuevo, siempre distinto, un olor de esperanza y parecían no transcurrir. Yo no quería ser mayor y deseaba que aquel sueño se hiciera eterno.

Vivíamos la paz profunda que dejan las guerras. El porqué intuía, poco después, que lo bueno pronto se iba acabar, nunca se podrá saber. Cuando me mandaron a la escuela nacional, me llamó la atención la bandera de España y mi primer deber consistió en dibujarla. "Dos ríos de sangre, bordeando uno de gloria". La victoria y exaltación de valores y virtudes, construían mi joven espíritu. El crucifijo en la pared al lado de los cuadros del Generalísimo, sonriente, y de José Antonio Primo de Ribera, impartían la lección magistral primera. La guerra se había ganado contra el mal, gracias a Dios, pero ahora tocaba levantar España. 

Las historias de la guerra contadas al amor de la lumbre, estaban llenas de valentías y atractivos misterios. Nunca jamás vi un atisbo de odio o rencor hacia nadie. La guerra había terminado pero aún no había llegado la paz, sino la victoria. Había llegado también el perdón que fue inmediato, para los que la habían iniciado y después perdido la guerra. Y la conmiseración y clemencia para ellos. Eran nuestros hermanos descarriados que habían hecho tanto daño como siervos de Satanás, y había que ayudarles a no volver a caer en el mal. La paz fecunda llegaría después, a media que España se levantaba y resurgía milagrosamente de sus cenizas, sin enemigos.

Vivíamos la fe, esperanza y caridad que hacían perenne la intervención del Altísimo. Nadie osaba pecar ni alterar la convivencia. En la escuela cantábamos -que es rezar dos veces- brazo en alto, el bonito Cara al Sol, y canciones patrióticas, como algo consustancial al hecho docente. La belleza de aquellas notas musicales se salían de sus letras con la poesía contenida en ellas. Se salían del pueblo y volaban dichosas sobre las altas montañas. Trascendían la escuela, el pueblo y la península Ibérica. Nos retornaban a los mejores tiempos imperiales cuando en los dominios de España no se ponía el sol, gracias al mando de los hombres más sobresalientes. La cruz y la espada siempre se habían impuesto con su pragmatismo sobre el mal y constituido la civilización occidental y cristiana. Esa civilización occidental que siempre se salva en última instancia por un puñado de heroicos soldados. Ahí estaban los forjadores de la nueva España. La Patria acababa de levantarse del ocaso de sus cenizas, para no caer más y resurgía en la eterna primavera que volvía a sonreír. "Arriba escuadras a vencer, que en España empieza a amanecer".

Sueño y poesía, consustanciales a una vida plena y virtuosa, eran nuestra conciencia recta; daban lugar a considerar a algunos hombres como dioses, sin reparar que todos los mortales están sujetos a la corrupción y a la ruina en sus tumbas. En el franquismo no hubo corrupción ni ruina, ni nada de lo que hoy falsamente le atribuyen.

En mi niñez reinaba el Movimiento y la pacífica convivencia entre los hombres. Había transcurrido poco más de una década desde la proclamación del fin de la contienda y, aún resonaba el último parte de guerra pronunciado por el Caudillo en Burgos el 1 de abril de 1939 (Tercer Año Triunfal): "En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado". Mi honor era mi Patria, y a su vez, la principal divisa. (Continuará)