De lo que respecta al Estado. Forma subordinada a contenido. Por Isabel Peralta

Cuando ya en el siglo XVII comenzaron a sentarse las bases de la concepción moderna de la política, las corrientes liberales advirtieron lo siguiente; el Estado no sería más que un órgano administrativo, de puro carácter legislativo, el fundador de leyes y asegurador de su cumplimiento, huésped de instituciones. Redujo la suprema tarea del Estado a la simple organización burocrática de los despachos y papeles.

En nuestra época, ese error garrafal en el que incurrieron los iluminados de la ilustración sigue vigente. Actualmente los estados de los países civilizados y liberales no encuentran en su curso más que tareas como redactar una serie de puntos zafios y tercos bautizados con el nombre de constitución, convocar unas elecciones y asegurar el cumplimiento de tales por el nuevo gobierno que al Estado vista de un nuevo color. Y todo ello se formula en nombre de la libertad individual. Ese dogma ha calado tan hondamente en el entendimiento de las gentes, que cuando nosotros aquí hablamos de Estado totalitario sabemos que a más de uno le comienzan a temblar las extremidades. Nosotros, sí, somos defensores de un Estado total, que todo lo abarque. Esto no quiere decir que la libertad individual se suprima, no, sino que el Estado, por ser fiel representante de la personalidad nacional sea el órgano realizador de la profunda libertad de la persona. Pues esa libertad solo existe dentro de un orden que asegure la permanencia y realización de los valores fundamentales y eternos que conforman la libertad de los hombres y de los pueblos. Así el Estado, creador del derecho, ha de ser un instrumento al total servicio de la patria, tiene la obligación de aunar en él lo espiritual y lo material, lo individual y colectivo. Tanto debe nuestro Estado regir con leyes justas, asegurar su cumplimiento, administrar la vida de los territorios que lo conforman como ser la fiel representación de los intereses del soldado, del artista, del campesino, del autónomo y del proletariado, ser la realización de los valores espirituales, ser educador y rector. El Estado ha de ser el alma del alma, ha de ser la representación del espíritu de una nación.

Todos sus integrantes, han de ver en él representados sus intereses, derechos y obligaciones. Claro que, cuando los intereses de los individuos choquen de una manera perjudicial contra los intereses nacionales, éstos han de ser suprimidos. Al ser el Estado la representación viva, activa de la nación, todo aquel que trunque las realizaciones lícitas o se oponga a encuadrarse disciplinadamente en el nuevo estado constructor, será castigado impunemente. También tendrá la obligación de luchar por el puesto preeminente que hemos de ocupar con respecto a otros países, ser fuera de la patria la representación del poderío, de la soberanía y de la fuerza nacional. Así pues nada fuera del Estado.

Pero el órgano que rige nuestra nación y que lejos de representar su alma la deforma no merece ninguno de nuestros respetos ni concesiones. No merece ni llamarse estado porque no cumple las funciones que debe realizar éste. No vela por los intereses del pueblo y de la patria, si no por mantener un orden de cosas injustas, ya que en esa injusticia esta la tranquilidad de los gobernantes, sus cómodos sillones del parlamento, sus lujosos palacetes personales y privados aviones. Ese es el objetivo de esa deformación a la que hoy llamamos Estado, vivir a costa del esfuerzo de los demás, saturar al pueblo con propaganda pacifista y palabrería liberal, ser los perros falderos de la Unión Europea y vender España a la banca internacional. Pues nosotros no lo vamos a permitir, lucharemos incesablemente hasta extirpar ese cáncer histórico. Y no lo haremos por medio de mayorías. No creemos en las mayorías que no son más que un número. Nosotros creemos en los hombres y por ello no les queremos ver votar sino pensar, encuadrarse en un movimiento, defender una ideología que sea la defensora de sus intereses y no verles reducidos a la simple tarea de ir a votar cada cuatro años por la afirmación de España, porque España es una realidad que no necesita ser cuestionada. Dicho esto, con masas dispuestas a salvarse de la descomposición histórica nosotros iremos al triunfo implantando un Estado totalitario, constructivo y creador.

¡No parar hasta conquistar!