Nuestra sociedad lleva décadas absorbida por la temporalidad y el utilitarismo. Movida por lo prosaico y lo mundano, se inclina por dar culto a la riqueza, al lujo, a la prepotencia. Ya no basta tener, se necesita acaparar, para poder despilfarrar de lo apilado permanentemente. Otra cosa es que la ciudadanía, alentada por ejemplos disolutos, consiga dichos objetivos. Porque la plutocracia marxista ofrece con la boca y roba y reprime con las uñas.

Fue la política socioeconómica del felipismo -nociva para la potente clase media heredada del franquismo, y exitosa para el mundo guapo de las finanzas- quien modeló así a la ciudadanía. Solchaga, ínclito ministro del PSOE de Felipe González, lo expresó esclarecidamente con el lema de que quien a los cuarenta años no se había hecho rico y seguía viajando en metro era un fracasado. Enriquecerse pronto y fácilmente, ese era el fin; y si no se podía ser rico, al menos había que parecerlo: gastar, lucir, aparentar.

Los socialistas, al contrario que el franquismo, que propiciaba el ahorro y el continuo y firme crecimiento desde la sobriedad, no sólo sustituyeron el principio del deber por el principio del placer, sino que lo desacreditaron absolutamente. Una vez más, las izquierdas, pregonando una doctrina -«vamos a defender al pueblo de los malvados banqueros»-  llevaban a la práctica la contraria, aprovechándose tanto ellos como sus amigos de las altas finanzas, y degradando la moral y dignidad del ciudadano que decían amparar. 

Al contrario que el franquismo, que enaltecía virtudes como el esfuerzo, la fidelidad, la perseverancia, el sacrificio, el civismo, la solidaridad…, los izquierdistas y sus cómplices los transformaron en conceptos anticuados, sin sentido. Y así estamos tras casi cincuenta años de engaños de todo tipo y de corrupción generalizada. De ahí que VOX debiera enfrentar, también en esta filosofía ramplona del derroche consumista, a los tramposos frente a la realidad histórica. No es difícil, si se quiere, enfrentarlos a sus mentiras, porque han sido infinitas las fechorías cometidas contra el Estado y contra el pueblo, que estos frentepopulistas de hoy y aquellos socialistas de ayer dicen o decían defender.

Si esta patulea de terroristas, separatistas, demagogos, hispanófobos, corruptos y sectarios que han sido tan nocivos para España y nos han traído hasta esta desunión y esta desesperanza, tienen en común su antifranquismo, nos hallamos ante un silogismo evidente: el franquismo resultó un don providencial para nuestra patria. El patológico odio que todos los odiosos tienen a Franco, obliga a esta sociedad a revisar su figura desde la neutral lucidez, limpios de las adherencias ideológicas y de los viejos resentimientos que están pudriendo la convivencia.

La cuestión no se cifra tanto en defender al franquismo -ni por supuesto en volver a él- como en valorar con justicia la realidad de aquel período histórico así denominado por la historiografía, y que muchos de los que lo vivieron, al compararlo con lo que llegó después, no dejan de revalorizar. Y es indudable que aquella época llama la atención por sus eminentes logros, superando una situación materialmente ruinosa por culpa de los frentepopulistas que se cargaron el orden republicano y legitimaron el Alzamiento Nacional con sus atropellos.

España, al finalizar la Guerra Civil, quedó prácticamente devastada en lo material, pero anímicamente esperanzada tras la victoria del ejército nacional y la consiguiente derrota frentepopulista. Acabar con las atrocidades frentepopulistas supuso una liberación y un enorme entusiasmo en el futuro para la casi totalidad del pueblo español. Esa esperanza, y la habilidad y capacidad de Franco como estadista, alzó a nuestra patria hasta el octavo lugar en el concierto internacional. De ser una ruina a convertirse en una potencia. Eso supuso el franquismo. Y hay que insistir en ello, pensando en la preparación de las nuevas generaciones.

Un aspecto del franquismo en el que no se repara lo suficiente es la Educación. La enseñanza, en general basada en el humanismo cristiano y en el amor a la Patria, se hacía, como no podía ser menos, a la medida del hombre. Es decir, se resaltaba su dignidad innata y su libertad individual, siempre prevaleciendo sobre la libertad política. Y se resaltaba el pudor y las responsabilidades cívicas, algo en lo que tampoco se repara ahora y que resulta básico para la convivencia.

Ni siquiera, contra lo que pudiera parecer, se limitaba la libertad política, entendida ésta en su aspecto más noble. Lo que se limitaba, con ejemplar criterio -aparte del adoctrinamiento y la deshumanización comunista-, era el espectáculo inacabable e inmundo que hemos visto durante la Transición -y que no dejamos de ver-, esos humillantes chapoteos en la charca de la vileza que la casta política no se cansa de escenificar para asegurarse el canapé vitalicio, siempre además a espaldas del pueblo, siempre despreciándolo, una evidencia ésta que tampoco parece despertar a la indolente ciudadanía.

Ya que la Iglesia ha abandonado a sus fieles en particular y a las almas en general, necesitamos con urgencia referentes morales para dejar de ser una sociedad materialista o narcisista, es decir, insolidaria, aunque esto sea hoy como predicar en el desierto, porque la gente lo que quiere es que le den cosas y estar cómodos. Como mediante nuestra capacidad individual de decidir, la mayor parte de la ciudadanía ha elegido el deshonor, los hombres libres habrán de recoger la antorcha de la liberación y, lejos de refugiarse en el fatalismo, seguir asumiendo sus responsabilidades.

España va mal, pero hubo tiempos más enfermos que estos y no sucumbió. La fortuna parece divertirse jugando con nosotros, pero no cae todo lo que se tambalea. Y la contextura de nuestro gran país se sostiene por más de un clavo. Su misma antigüedad, proveedora de largas, abundantes y profundas raíces, impide su caída.

Tal vez haya que descender hasta lo más profundo de las tinieblas para iniciar el ascenso hacia la luz. Por eso, un partido como VOX, apoyado por la mayor parte de la España crítica, ha de construir su discurso sobre unos cuantos puntos básicos, el primero de los cuales tal vez sea el reconocimiento del franquismo como régimen integrador y regenerador, en contraste con la democracia liberticida.

Si Franco no hubiera dejado a su muerte un país arraigado, bien sustentado en múltiples aspectos, esta ambiciosa tropilla de engañabobos ya se lo habría cargado. Porque los necios, si además van acompañados de la malevolencia y de la deslealtad, como es el caso, representan la destrucción misma. Por eso no hay que dejar de preguntarse: ¿democracia durante la Transición? ¿Quién, razonablemente, puede creerlo así? Es más acertado sustituir la palabra «democracia» por las de «odio» y «revancha».

¡Ay, hispanicidas resentidos, autores de crímenes, provocadores de guerras fratricidas, causantes de un siglo duro y cruel! ¿Qué estragos dejasteis de cometer, qué horrores habéis rehuido, qué altares, qué cruces, qué tumbas y qué símbolos de vuestra patria no habéis profanado? ¿Qué odio insaciable alentáis contra esta cuna de todos, contra este pueblo poderoso, que subsiste a pesar de vuestro encono, minado por las luchas intestinas que orquestáis, por la injuria de vuestras leyes injustas, por la corrupción que organizáis, por la venalidad y sectarismo de vuestros magistrados, por la demagogia y el desprecio con que embrutecéis al pueblo?

Lo he dicho otras veces: Franco, sin presumir nunca de demócrata, hizo infinitamente más por la democracia que éstos tiranuelos codiciosos a quienes no se les cae nunca la palabra de la boca, mancillándola y desprestigiándola, como con el resto de conceptos nobles y de principios. Franco, a su muerte, dejó un país en progreso, fértil para cualquier empresa noble. Los demócratas nos han dejado un fangal nauseabundo.

Franquismo/antifranquismo. En esta pugna de contrarios se dilucida la gran batalla política, social y cultural de nuestra actualidad y, tal vez, de nuestra época. Quien la gane, tendrá ganado el inmediato futuro de nuestra patria. VOX está obligado a lanzarse al palenque y combatir en defensa de la verdad histórica. Esperemos que se decida, primero, y que acierte, después. Es hora de saltar la estacada y pelear. O de quedarse en el corral, chalaneando con los demócratas.

Confiamos en VOX, como en todos los españoles de bien, porque España está en juego.