Probablemente, los cuatro robles más trágicos y más caros, de la historia reciente de Galicia están en Gomesende. Allí, el 19 de noviembre de 1983, Marcelino Ares Rielo (a) «O Garabelo», abatió a tiros a cuatro vecinos que estaban talando dichos robles plantados en un terreno que la concentración parcelaria había adjudicado provisionalmente a «O Garabelo», aunque el terreno había pertenecido hasta hacía poco a José Díaz Foigueira, «O Maxistro», una de las cuatro víctimas.

He aquí la pequeña historia del crimen de Gomesende, «o crimen do Garabelo», que conmovió profundamente a Galicia y que desempolvó viejas historias de dramas y pasiones rurales que se creían ya olvidadas con la llegada de los tiempos modernos.

Marcelino Ares Rielo, «O Garabelo» tenía 48 años cuando sucedieron los hechos, padre de dos hijos, uno de 20 años, que juraba bandera en Cádiz el día del crimen y una niña de 13 años. Marcelino había tenido desde pequeño la cabeza desequilibrada -«furada», decían sus convecinos-, quizás producto de que cuando tenía 14 años, su hermano mayor le sacudió un buen garrotazo por haber permitido que un lobo se comiera a una de las ovejas que él cuidaba como pastor.

Años después, un artefacto le estalló en las manos y dejó a «O Garabelo» sordo de un oído. Los vecinos siempre le recuerdan como una persona de carácter irascible, destemplado y solitario, con la escopeta al hombro, de caza por el monte, acompañado de perros.

«O Garabelo», corpulento, aunque de mediana estatura, tenia una posesión ciertamente extensa, sobre todo para la Galicia minifundista. Su finca «O Castro», con las recientes incursiones de unas parcelas, tenía 28 hectáreas. En el altozano de la misma se alzaba la vivienda de Marcelino, una gran casa de piedra que parecía en las -puestas de sol el castillo del conde Drácula o el del más excéntrico magnate Randolph Hearst, tan bien ridiculizado por Orson Welles en su Ciudadano Kane-.

El caso es que, debido por un lado a su creciente sordera y por otro a su carácter huraño, «O Garabelo» se aisló cada vez más de sus vecinos. Su propia esposa, Sam Balado, le definía como de «carácter muy difícil».

La biografía de «O Garabelo» tiene un fondo trágico. No sólo el garrotazo en la cabeza o la explosión del artefacto que causó su sordera. Antes de trasladarse a Gomesende había regentado un bar en Meira, que acabó siendo pasto de las llamas. Posteriormente, se fue a Madrid con su esposa, en donde fijó su residencia. Allí tuvo otro bar, en la carretera de Burgos -donde hubo bastantes follones- y al mismo tiempo explotaba un taxi. En la capital de España residió unos doce años.

Al llegar a Gomesende, adquirió los terrenos y la casa donde viven por unos cinco millones de pesetas. Era una de las familias pudientes de la parroquia, llegando a tener cuarenta vacas, aunque ahora sólo tenían seis. En la casa contaban con un mayordomo, tenían un coche, un tractor, una guadañadora y tres motos, una de ellas de cross.

Cuando cerró la finca dos años antes, tuvo problemas con los vecinos, que, además, decían que las vacas de «O Garabelo» pasaban a pastar a las parcelas contiguas cuando les daba la gana.

«O Garabelo» llevaba cuatro años viviendo en Gomesende.

José Díaz Folgueira, (a) «O Maxistro», de 67 años, vecino de Meira (Lugo), casado con Cándida Vila, era el dueño de la parcela que el IRYDA había adjudicado a «O Garabelo», del que era enemigo amistoso, pero eso era para él, pues para «Garabelo» era irreconciliable. «Non o quero ver», dicen que repetía maquinalmente Marcelino cuando le mencionaban a «O Maxistro» al mismo tiempo que se llevaba el rifle al hombro.

José Luis Díaz Vila, de 28 años, era uno de los hijos de «O Maxistro». Estaba casado con Angeles Rodríguez Folgueira, asistenta del veterinario de Palas de Rei. De vez en cuando ayudaba a su padre en las faenas del campo y tenía dos hijos.

José Manuel Vila Feijoo, de 55 años, vecino de San Andrés de Ferreiros (POI), era el cuñado de «O Maxistro». De profesión labrador, estaba casado con Lidia Gallego, que padecía una dolencia cardíaca y no tenía hijos.

El cuádruple crimen

Cándido Llanes Llamas, de 53 años, vecino de Meira, se ganaba la vida con el aserrado y transporte de madera, siendo el propietario de «Maderas Llanes». A esto le ayudaba un hijo, Javier Llanes Doval, de 24 años, vecino también de Meira, que se acababa de casar y tenía dos niños de corta edad, 18 y 6 meses, que le acabarían salvando la vida.

La finca «O Castro», como ya anticipábamos, había quedado en una situación algo conflictiva a causa de la concentración parcelaria. En principio, parte de una amplia parcela pertenecía a José Díaz Folgueira, «O Maxistro», pero después de la concentración le fue asignada a «O Garabelo», que al poco tiempo la cercó con alambrada. Sin embargo, la propiedad de unos robles que había en ella eran de «O Maxistro». Así se lo había reconocido «Garabelo», quien le dijo:

«Ainda que che cerrei a finca, o día que queiras pinchar os carballos podes facelo porque che deixarei entrar e salir da propiedade». Pero como las palabras se las lleva el viento, «Garabelo» se volvió pronto atrás y mantuvo posteriormente una fuerte discusión con «O Maxistro» sobre la propiedad de los robles.

A pesar de la discusión y del miedo que inspiraba «O Garabelo», siempre con la escopeta a cuestas -hacía dos días que habían estado, quizás simbólicamente, varios cuervos merodeando sus propiedades-, «O Maxistro» se decidió en una mortecina mañana de noviembre de 1983, el sábado 19, a ir a por los robles.

Así, en una carroceta (vehículo de caja estrecha empleado para acceder a los montes y acopiar los árboles recién cortados) llegó al pie de la finca de «O Castro» con otras cuatro personas: su hijo José Luis, su cuñado José Manuel, y el maderista Cándido Llanes y el hijo de este, Javier. A Cándido le había vendido «O Maxistro» los robles.

El momento era ideal por dos razones: el hijo de «O Garabelo» juraba bandera en Cádiz, en donde estaba haciendo la «mili» y se creía que aquél se había desplazado a la capital andaluza (en realidad sólo lo había hecho su mujer); y porque el maderista podía tener la colaboración de su hijo que, palista en una empresa de Meira, disponía de los fines de semana libres. También era importante la colaboración del cuñado de «O Maxistro», que no tenía ese sábado nada que hacer.

A las nueve de la mañana llegaron a la finca y, con ayuda de una potente motosierra, media hora después ya tenían cortados los árboles, disponiéndose a trocearlos. «O Maxistro» había convenido con el maderero en vendérselos por 15.000 pesetas.

La carroceta estaba situada al pie de la alambrada y todo parecía marchar bien, cuando hete aquí que el vaquero de «O Garabelo» vio al grupo y raudo y veloz subió a dar el chivatazo a su amo.

Como si le hubiesen dicho que estaban matando a sus hijos, «O Garabelo» se vistió prontamente y a grandes zancadas, escopeta al hombro, bajó de su casa al encuentro del «enemigo».

Sin mediar saludo, recriminó a los que estaban «robándole» los árboles, advirtiéndoles que si no se iban inmediatamente los dejaría tiesos «como a xeada de noite encrespa as herbas».

El grupo no se creyó las amenazas de «O Garabelo» y continuó troceando los robles ya caídos. En declaración posterior, el agresor diría que los maderistas le amenazaron con su motosierra y que incluso uno le arrojó un rastrillo, rozándole un costado.

Al ver «O Garabelo» que aquellos no le hacían caso, alzó su escopeta de postas, una automática «FN» calibre 12 y de fabricación belga y, rápidamente, con la precisión de un veterano cazador, y cual si estuviese en jornada cinegética, disparó contra los componentes del grupo, alcanzando gravemente a cuatro de ellos, que murieron seguidamente.

El único superviviente, Javier Llanes Doval, de 24 años, hijo del maderero, se puso de rodillas delante de «O Garabelo» y le dijo: «Por Dios misericordioso. No me mate, señor Garabelo, que tengo mujer y dos hijos de 18 y 6 meses y se van a quedar sin padre».

Y «O Garabelo», haciendo gala de insólita magnanimidad, le perdonó la vida (otros dirán que se le había acabado la munición o se le encasquilló el rifle).

Versión del drama

El superviviente, daría horas después a los periodistas su versión del drama.

-Cando me apuntou an pedinlle que no me matara porque tiña muller e dous fillos pequenos que manter. «O Garabelo» non me dixo nada e marchou coa escopeta en dirección a súa casa. Non sabíamos, meu pai i en, que había problemas polos carballos. A nos vendéronos os catro e fúmolos cortar sin saber nada. Marcelino debeu vir pola carballeira, íixo os disparos case seguidos e dende moi circá. E non sei si dixo algo, xa que non oin, debido ao ruido da carroceta.

Tras ir a Meira para avisar a un médico y una ambulancia, Javier volvió al lugar de los hechos.

-Cando volvín á finca -dijo- entrei con moito cuidado, temendo que estivese alí «O Garabelo».

Cometida la matanza, Marcelino se dirigió a su casa, distante unos cuatrocientos metros del lugar de los hechos, dejó su escopeta en un alpendre, tomó un coche de su propiedad y se marchó a Lugo en donde se entregó en la Comisaría de Policía tras advertirles lacónicamente:

«Disparei a catro». Parece que antes de entrar en la carretera de Vegadeo a Pontevedra, dudó de ir a Lugo o a Meira.

Iniciado el interrogatorio policial, «O Garabelo» dijo que había disparado a cuatro personas que trataban de llevarle árboles de su propiedad. Al poco tiempo de comenzar a declarar, sufrió un «shock» nervioso y tuvo une ser trasladado a la residencia sanitaria.

En la finca aparecieron los cuatro cadáveres tendidos en el suelo en posición decúbito supino, a excepción de José Manuel Vila, que quedó boca arriba. Los cadáveres estaban en fila. El hijo de «O Maxistro» estaba a escasos metros de la alambrada divisoria de la finca, pareciendo que había tratado de huir o refugiarse tras la parte delantera de la carroceta. José Manuel Vila se había arrastrado malherido al recibir los disparos, dejando un reguero de sangre de varios metros.

Según el informe, las cuatro víctimas de «O Garabelo» fallecieron prácticamente en el acto. El propietario del aserradero, Cándido Llanes, presentaba herida penetrante en la cavidad torácica; «O Maxistro» tenía una herida penetrante con entrada y salida en región axilar anterior izquierda; el cuñado de éste, José Manuel Vila, dos impactos, uno de ellos al lado del corazón y el otro en el brazo izquierdo que le produjo fractura abierta de la articulación del codo con herida en brazo y antebrazo; José Luis, el hijo de «O Maxistro», fue alcanzado en el hemitórax derecho, sobre la región manilar, produciéndole el disparo fractura abierta con desgarro de antebrazo y articulación del codo, del brazo izquierdo. Todo ello mostraba que los disparos habían sido hechos a muy corta distancia.

La conmoción que el cuádruple asesinato causa en la comarca es enorme. Tres de las víctimas son enterradas en el cementerio parroquial de Santa María de Meira y el otro en el de San Andrés de Gomesende, en medio de una gran manifestación de duelo.

A pesar de celebrarse el domingo la feria en Meira, la mayoría de los establecimientos de dicha localidad efectuaron un cierre simbólico al paso del cortejo fúnebre. En los comentarios que los vecinos hacían en la feria era mayoría la opinión de que «O Garabelo» había llegado a un acuerdo con «O Maxistro» para poder cerrar la finca de «O Castro» y que mientras el terreno no le fuera entregado definitivamente al primero por el IRYDA, aquel se había comprometido a pagar a «O Maxistro» una cantidad simbólica como si fuese una renta y que siempre había reconocido que los árboles eran de «O Maxistro».

A los funerales celebrados el lunes por la tarde asisten más de tres mil personas. En la mañana de ese día «O Garabelo» fue trasladado en un furgón de la Policía al Palacio de Justicia de Lugo en cuyo juzgado número 2 prestó declaración. Para evitar ser fotografiado, el acusado se cubrió la cara con una cazadora de paño. Antes de entrar, gritó a los fotógrafos que intentaron disparar sus cámaras. Posteriormente ingresó en la prisión provincial de Bonxe.

En los pasillos del palacio de Justicia, varios parientes de «O Garabelo» declararon a los periodistas que aquel estaba arrepentido del cuádruple homicidio y que tenía miedo de que su acción le costase la muerte. Física y psicológicamente estaba destrozado y en cuanto se le recordaban los hechos se ponía a llorar. Se hablaba también entre los vecinos de Gomesende de iniciar una suscripción popular para mitigar las carencias económicas de los familiares de las víctimas.

Por si acaso, y como demostración de que no estaba muy arrepentido del daño causado -antes bien, quería poner a buen recaudo sus posesiones, poco después de cometer los asesinatos- «O Garabelo» dio orden a sus familiares de que comenzasen a vender sus bienes para quedar en posición de insolvencia en el momento de las indemnizaciones.

Seis meses después del cuádruple asesinato, el 17 de mayo, el Juzgado de Instrucción número 2 de Lugo llevaría a cabo en Gomesende la reconstrucción de los hechos. «O Garabelo» estuvo seguro y altanero. Parecía igual que Milans del Bosch en el 23-F cuando dijo: «Si se repiten los hechos de aquel día, volvería a hacer lo mismo».

El juicio

En las conclusiones provisionales, el ministerio fiscal califica los hechos como cuatro delitos de homicidio con la atenuante de arrepentimiento, solicitando la imposición de 12 años y un día de reclusión mayor para cada uno, esto es, de 48 años y 4 días; indemnización de 3 misiones de pesetas para cada una de las cuatro viudas; de 750.000 pesetas para cada uno de los huérfanos de padre mayores de edad y un millón y medio para cada uno de los otros dos huérfanos menores de edad.

Por su parte, los abogados de la acusación particular que consideran los hechos como constitutivos de cuatro asesinatos con la agravante de premeditación, solicitan la imposición de treinta años de reclusión mayor por cada uno de ellos, elevando las indemnizaciones para las viudas a seis millones y dos para los hijos.

El juicio tiene lugar en la Audiencia Provincial de Lugo el 12 de abril de 1985 en medio de la lógica expectación. Preside el Tribunal Gustavo Troncoso, junto con los magistrados Remigio Conde Salgado, Leovigildo García Bobadilla, José Antonio Vesteiro Pérez y Eduardo Merino García.

Actúa como fiscal Luis Molina Rodríguez; acusador privado, Miguel Vázquez y José Carlos López Corral y ejerce la defensa Mauro Varela Pérez. Como secretario del Tribunal actúa José Antonio Varela.

Comienza el fiscal modificando sus conclusiones provisionales, en las que califica los hechos de homicidio, por el de asesinato, aumentando la petición del reo a 27 años de prisión por cada una de las muertes, lo que hace un total de 108 años, así como una indemnización para viudas e hijos por un global de veinte millones de pesetas.

La acusación privada mantiene la tesis del asesinato y pide treinta años de reclusión mayor por cada una de las muertes, o sea, 120 años, y una indemnización de 32 millones de pesetas.

En contraste, inevitable con ello, la defensa esgrime la tradicional eximente de trastorno mental transitorio, legítima defensa y miedo insuperable, y las atenuantes de preterintencionalidad, arrebato u obcecación y arrepentimiento espontáneo.

El presidente del Tribunal da su permiso para que a «O Garabelo» le fueran quitadas las esposas, aunque éste mantendría casi siempre durante el juicio las manos en posición de esposado.

La imagen física de «O Garabelo» es bastante distinta de la de aquel hombre altanero que había participado en la reconstrucción de los hechos. Con la vista baja, la voz cansada, el pelo largo, canoso y alborotado, la barba abundante y sin muchas ganas de hablar.

Debido a que, como ya dijimos, «O Garabelo» padecía una sordera que hacía difícil su interrogatorio, el presidente del Tribunal le invita a subir al estrado.

Comenzó el interrogatorio del acusado por el fiscal. Dice éste que el acusado no había acudido dos veces al lugar en el que se encontraba «O Maxistro» y las otras víctimas, porque desde la ventana de su casa, situada en la parte alta de la finca, dominaba la zona donde se encontraban, y que «O Garabelo» nunca estuvo reconocido en un sanatorio psiquiátrico, si bien lo atendieron muchos médicos a causa de las molestias en los oídos cuando estuvo en Madrid.

«O Garabelo» dice que no procuró vender sus tierras, sino que le ofrecieron un buen dinero por ellas. No recordó con cuántos cartuchos cargó la escopeta, ya que, según sean largos o cortos, caben cinco o seis. Tampoco recordaba si el día de autos se encontraba su hija, de 13 años, en la casa. Dice que no fue a la jura de bandera de su hijo a Cádiz porque «se encontraba mal de los nervios y le dolía la cabeza».

Manifiesta posteriormente «O Garabelo» que cuando se dirigió a «O Maxistro» y demás personas que se encontraban en su finca, aquel intentó agredirle con una motosierra de color rojo y que uno de ellos, que vestía mono azul, le golpeó con un azadón. Le persiguieron en parte del trayecto hacia su casa, lanzándole un hacha.

El acusador particular, señor Vázquez, le recordó, en contraste con sus olvidos actuales, que el día de la reconstrucción de los hechos estaba muy seguro, fumando un puro, y que se encontraba bien de la cabeza, recordando con seguridad lo sucedido, disparando rápidamente sobre las siluetas que representaban a las víctimas. Dice «O Garabelo» que él sólo hizo «lo que le mandaron».

También le acusa el abogado de que en la prisión de Bonxe otorgó un poder notarial a su hermano.

Asegura más adelante «O Garabelo» que no era cierto que el joven del grupo y único superviviente le pidiese que no le matase porque era padre de dos hijos pequeños. Dijo, en cambio, que suspendió la matanza cuando escuchó «una voz fuerte que le hizo despertar de un sueño» y que entonces vio a un hombre ensangrentado a varios centímetros. Del público sale un murmullo de reprobación, mientras se dice: «Cínico, cínico».

Informe balística

En la prueba pericial aceptada por la acusación intervienen los médicos forenses López Vizcaíno y Vilanova Pérez, este último psiquiatra de Madrid. Recuerdan que tras la entrevista mantenida en la prisión de Bonie con el procesado (una entrevista ciertamente accidentada, pues «O Garabelo» les gritaba que «le iban a cortar la tripa»), se puede decir que Marcelino Ares era «un hombre de inteligencia correcta, si bien ahora se encontraba disminuido en su capacidad de concentración, apreciándose en él una depresión neurótica carcelaria compleja». Afirmaron los médicos que el procesado «es hombre psíquicamente sano, que en determinados casos puede llegar a enfurecerse».

Los peritos médicos de la acusación, doctores Vidal Pardo y Penzol Díaz manifiestan que encontraron al reo con aparente ansiedad y que el interrogatorio no fue fácil, por lo que no pudieron emitir un diagnóstico.

El informe [de] balística, a cargo de funcionarios de la Dirección General de Policía, señala que en la escopeta caben cuatro cartuchos en el depósito y uno en la recámara. Según el informe, todos los disparos pudieron haberse hecho desde una posición, menos uno.

Entre los testigos de la acusación comparece Manuel Pérez Folgueira, vaquero de la finca de «O Garabelo» y Javier Llanes Doval, hijo del maderero muerto.

El primero fue el que dio el «chivatazo» a Marcelino de que había varios hombres cortándole los árboles. Según él, aquel fue primero a dialogar con el grupo, pero, al ser agredido, tuvo que «escapar» y fue alcanzado por una herramienta. Luego, ya en casa, se proveyó de una escopeta y volvió al lugar. El vaquero no vio nada porque «acudió a cuidar el ganado», aunque luego oiría los disparos.

Manifiesta Javier Llanes que ese día había venido desde Meira con su padre para ayudarle a transportar los troncos de «O Castro». Esperaron por los demás y comenzaron la operación. Él estaba en la carroceta cuando oyó los disparos. Su padre se encontraba arreglando la motosierra. No vio caer a ninguno. El hijo de «O Maxistro» estaba próximo a él, porque era quien le ayudaba a cabrear los troncos al vehículo. No vio llegar a «O Garabelo» ni oyó discusión, sólo gritos. Luego, cuando vio que aquel le iba a matar con su escopeta le pidió clemencia, pues tenía dos hijos pequeños.

Infancia difícil

En su informe, el fiscal señor Molina Rodríguez, dijo que la causa desencadenante de la tragedia era la de «un problema típico de la propiedad rural gallega, que estaba muy fraccionada». Señaló que Marcelino Ares era una persona que había tenido una infancia difícil, pero que emigró y consiguió cambiar su vida, invirtiendo el dinero ahorrado con muchos esfuerzos en la compra de una finca para vivir con su familia, cultivando la tierra y cuidando el ganado.

Dice el fiscal que Marcelino cargó conscientemente su escopeta con las postas mortales y se acercó a sus víctimas, que estaban trabajando tranquilamente, demostración de que aquel les había dado el permiso para talar los árboles. A «O Maxistro» le disparó por la espalda. La supervivencia del hijo del maderero la define como «un asesinato frustrado», pues había agotado la munición (una voz del público dice: «sí señor»). Considera que hay alevosía y descarta la eximente de arrepentimiento espontáneo, puesto que en la declaración hecha en comisaría de Policía poco después del cuádruple asesinato dio una versión equivocada.

Miguel Vázquez, uno de los dos acusadores privados, dice que al procesado podría calificársele, como mucho, de psicópata, pero que era muy inteligente y astuto, como lo prueban sus negocios. Mantiene la concurrencia de las agravantes de alevosía y premeditación. Con ánimo frío, hizo bajar de la carroceta a Javier y su comparecencia en comisaría estuvo calculada, puesto que suponía que a esa hora la Guardia Civil tenía conocimiento de los hechos por el superviviente.

El otro acusador, señor López Corral, destacó las contradicciones del criado de «O Garabelo» y de la hija del procesado, así como los informes periciales. Para él, «O Garabelo» no pudo ser acosado por el grupo e hizo sus disparos desde el mismo punto.

Mal lo tenía el abogado defensor, Mauro Varcia Pérez, aunque intentó salir lo más airoso posible de la prueba. Para el abogado, Marcelino era «un hombre de buena conducta y una persona muy razonable» aunque «desajustada mentalmente».

Rebatió la declaración del superviviente, Javier Llanes, ya que el cuerpo de Díaz Vila y las vainas pudieron ser desplazadas. Para él, los provocadores del hecho fueron «O Maxistro» y los hombres que le acompañaban (voz inevitable que surge del público: «Mentira, mentira»). Con «O Maxistro» -dice el defensor- ya había tenido Marcelino un incidente dos semanas antes.

Pudo haberlo matado a sangre fría y no lo hizo. Cuando fue a hablar con ellos el día de autos, le atacaron. Una motosierra encendida era un arma peligrosa para Marcelino y fue por lo que subió a su casa a por la escopeta, porque sólo con esta arma podría hacer frente a las herramientas que tenían los del grupo.

El juicio queda visto para sentencia. La prensa cifra en unas cuatrocientas personas las asistentes al salón de sesiones de la Audiencia, muchas de las cuales tuvieron que permanecer fuera de la misma.

El 29 de abril se hace público el fallo de la sentencia.

Por ella se condena a Marcelino Ares Rielo a 56 años de reclusión mayor (14 por cada muerte) y a una indemnización de 13.750.000 pesetas a los familiares de las víctimas. La sentencia es favorablemente acogida en Gomesende en cuanto a los años de prisión, pero no tanto por la cuantía económica, pues «la vida de una persona vale bastante más», según uno de los familiares de las víctimas. Esto, aparte de que no saben cuándo las cobrarán, pues «O Garabelo é moi listo», decían también.

Tal y como se sospechaba, cinco años después del cuádruple asesinato, los familiares de las víctimas no habían cobrado indemnización alguna. «O Garabelo» se habla deshecho de casi todas sus propiedades, aunque ahora el Juzgado estaba intentando anular parte de las ventas realizadas.

El único superviviente de la matanza, Javier Llanes, regenta el negocio de maderas de su asesinado padre. Su mujer ha dado a luz un nuevo hijo.

Consuelo, la viuda de Cándido Llanes, sigue viviendo en Meira, prácticamente recluida en su casa y siempre con el recuerdo de la tragedia. Vive sola. Su hija María Teresa se fue a Madrid y viste de luto riguroso.

La viuda de «O Maxistro» vive también en Meira con su hija María del Carmen. Angeles, la viuda de José Luis Díaz Vila, vive en Castro de Rei en compañía de los dos hijos que tuvo de su matrimonio.

La viuda de José Manuel Vila, cuñado de «O Maxistro», falleció poco después del asesinato de su marido, pues padecía del corazón.

«O Garabelo» está recluido en la prisión de Bonxe. Tiene suerte, pues está en la enfermería, lugar destinado habitualmente a los recomendados.

Según los responsables del centro penitenciario, y como es norma en este tipo de presos peligrosos -recordemos a «Jalisco»-, «O Garabelo» observa buen comportamiento. Su actividad está reducida a los destinos normales de la cárcel. Eso sí, sigue fiel a su carácter huraño y no se relaciona con nadie. Por si faltase algo, su sordera se ha agudizado.

Si sigue con su buena conducta y cumple una serie de requisitos de la legislación vigente, podrá pasar la tercera parte de su condena en libertad, o sea, que le quedarían 15 años de cárcel, saliendo en el 2003.

Su familia abandonó Gomesende tras vender la finca, y se instaló en Lugo. En Meira siguen residiendo dos hermanos de «O Garabelo», Octavio y Ernesto, dedicados a la agricultura y a la ganadería.

En resumen, cuatro vidas por cinco robles, los más trágicos y caros de la moderna historia de Galicia.

Este capítulo ha sido redactado teniendo en cuenta las informaciones efectuadas por los redactores de La Voz de Galicia en Lugo, Rafael Vilaseca, Dolores Cela y José Carreíra, así como de la copia de la sentencia facilitada por la Audiencia Provincial de Lugo.