La Filosofía de la Historia nos ha aleccionado de que nada ocurre por casualidad. Detrás de todo acontecimiento político hay siempre unas causas que lo explican y en el caso que nos ocupa, sobre todo por lo que se refiere a España, no habría de ser ninguna excepción.

 Simplificando mucho la cuestión, voy a tratar de sintetizar en tres puntos la necesidad de una trasformación político-social, dado el grado de frustración a que hemos llegado.  Las partitocracias están pasando por sus horas bajas, siendo culpables de muchas tensiones y desarreglos, motivó por el cual algunos países de nuestro entorno, como es el caso de Italia, Bélgica o Grecia, andan buscando nuevas formas de hacer política que no estén sometidas a ideologías mendaces. Hay que ser conscientes de que lo que al ciudadano normal le preocupa hoy, no son tanto las teorías políticas, cuanto el poder tener una existencia digna, un puesto de trabajo seguro, justamente remunerado y un hogar medianamente confortable, donde poder vivir y satisfacer sus necesidades primarias tanto a nivel personal como social.  Nada del otro mundo, dado el desarrollo del que actualmente disfrutamos en el siglo XXI, pero que los politicastros de turno han sido incapaces de aprovechar para satisfacer mínimamente las aspiraciones de sus administrados, seguramente porque no pocos  de ellos han llegado a la política sin preparación y sin saber lo que ello exige y  significa, viendo en  el arte de la política tan solo un “modus vivendi” un tipo de  profesión muy apetecible, que aparte de prestigio,  les permite vivir a lo grande sin dar un palo al agua. Otros en cambio llegan a la política movidos no tanto por el deseo de servir a los intereses de España cuanto a los intereses de partido a que pertenecen y así nos va.

 Durante un periodo, los representantes del pueblo estuvieron al abrigo de una confianza ciudadana incondicional que les dió cobijo, pero los tiempos han ido cambiando y la adhesión inquebrantable hacia los partidos políticos se ha ido enfriando después de tanta corruptela y escándalo, hasta que el instinto práctico de los ciudadanos ha hecho que sus expectativas se volcaran, cada vez más sobre un Estado benefactor, que fuera capaz de solucionar sus problemas. En la medida en que los hombres y mujeres han ido abriendo los ojos se han ido dando cuenta de que “obras son amores y no buenas razones.”  No hace falta decir que hoy todo se mide en términos de eficacia, que lo que valen son los resultados y lo que la gente quiere es que se resuelva la inflación, se cree riqueza y puestos de trabajo, se eleve el nivel económico, se dé una salida adecuada a las cuestiones bursátiles y cosas así. Los españoles aspiran a vivir tranquilos sin sobresaltos independentistas, tener paz y la seguridad suficiente como para poder caminar de noche por la calle sin que te asalte un desalmado.

Los políticos hasta ahora han ido tirando como han podido con promesas arriesgadas, que luego al final no cumplían y así se han ido manteniendo en la cuerda floja, pero ni la paciencia es infinita ni la capacidad de credibilidad es eterna, por lo que un día ambas pueden acabar perdiéndose y es entonces cuando a la ciudadanía no le va a quedar otro remedio que decir ¡basta ya de hacer trampas! Puede que este momento esté a punto de llegar si es que no ha llegado ya.

Otro motivo inquietante que está contribuyendo a la  desestabilidad del sistema  es el escándalo y la corrupción, que bien podían ser sus mayores enemigos. Nos rasgamos las vestiduras cuando sale a la luz algo vergonzoso que nadie conocía y lo peor del caso es que hay sospechas de que lo más gordo permanezca todavía oculto. Los españoles llevamos muchos años a la espera de que se esclarezcan no pocos asuntos turbios de trascendental importancia, llevamos mucho tiempo conformándonos con vislumbrar tan sólo la punta del iceberg, pero puede que un día queramos saber la verdad del cuento y entonces ¿qué puede suceder?... Pues seguramente que la confianza de quienes nos gobiernan salte por los aires y la gente comience a preguntarse ¿Quis custodiet custodes?  ¿Quién vigila al guardián? Naturalmente la separación de poderes ejecutivo, legislativo y judicial está muy bien en la teoría. En los manuales políticos se dice que los jueces tienen que controlar a los políticos y éstos a los jueces; pero ¿Esto sucede en la realidad? Lo que estamos viendo es otra cosa. Son los ciudadanos de a pie los que se sienten controlados por los gobiernos, que a través de eficaces medios técnicos a su alcance pueden llegar a saber hasta lo que hay debajo de sus camas.
 Finalmente, en este orden de cosas es obligado referirse a una cuestión que al menos para mí resulta ser la fundamental. Es la que hace referencia a la legitimidad del Estado.

Dejemos que sea Dios quien juzgue aquel juramento solemne que ponía en juego el honor de quien lo hizo, de cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Movimiento. Nosotros vamos a analizar la cuestión desde otro punto de vista. Por lo que comenzamos preguntándonos  ¿Es la ética o es la legalidad la que legitima a un Estado? La Democracia siempre ha ido asociada al estado de derecho en el sentido de que se atiene a unas leyes para regir el destino de los pueblos. Esto así dicho suena muy bien, pero el problema comienza a complicarse cuando nos preguntamos por el origen de esas leyes y por la naturaleza de las mismas. Sabido es, que en las modernas democracias, las leyes son creaciones de los parlamentarios y gobernantes mayoritarios, que después de haberlas elaborado a su gusto y antojo se “auto-someten” a ellas, en cuyo caso están obedeciendo a unas leyes  que ellos mismos se han dado y que pueden ser modificadas según sus intereses y preferencias.
¿Es esto estar sub lege o supra legem?  ¿No  vendría a ser la expresión del supremo relativismo? Ésta puede ser sin duda  la gran contradicción en la que nos movemos; por ello no es extraño que Juan Pablo II en  la encíclica “Veritatis Splendor” dijera: “ Después de la caída del marxismo, existe hoy un riesgo no menos grave: la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia cualquier referencia moral segura.” Las instancias del estado democrático se mueven en el plano de la legalidad, que es otra cosa bien distinta  de la moralidad, por lo que una disposición aún siendo rigurosamente legal,  puede ser al mismo tiempo profundamente injusta e inmoral, cosa que, sin duda, sucede en el parlamentarismo, por lo que cabe preguntar ¿La existencia de leyes inicuas no son motivo para desautorizar a las fuentes y organismos de donde proceden? 

Al no existir unos principios morales fundamentales, preconstitucionales de orden superior, por encima de las constituciones y la voluntad de los hombres; al faltar un “Absoluto moral” de obligada referencia para todos, lo único que queda es un subjetivismo que puede llegar a permitir cualquier tipo de desmanes y de tropelías.  Dicho de otro modo, hemos conseguido  absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto. De este modo, las prácticas más aberrantes pueden llegar a normalizarse, mientras que los derechos naturales más fundamentales pueden quedar  olvidados cuando no atropellados, que es exactamente lo que está pasando. Es decir hemos decidido vivir de espaldas a la exigencias naturales, suprimiendo el orden moral que es el que da legitimidad y validez al comportamiento humano.  El prescindir de la ética nos ha  permitido vivir alegremente sin trabas y poder actuar según nuestro capricho al socaire de una libertad sin compromisos  y todos tan contentos, pero bien sabemos por la historia como acabaron y que fue de esos pueblos sumidos en libertinaje y en el vaciamiento moral

Por ello tarde o temprano tendremos la necesidad de recurrir a ese “Absoluto Moral” que aunque no nos haga más ricos, sí que nos hará más honestos, más decentes y humanos. Es evidente que en una partitocracia como la que padecemos, lo que cuenta es sumar votos para llegar al poder como sea, lo cual no se compadece con ese absoluto moral  que nos garantiza la rectitud de las conciencias, fundamenta la justicia y  es  pasaporte obligado para emprender la ruta de la convivencia solidaria y pacífica. Tal como enseñara Aristóteles, del mismo modo que es inútil aspirar al “bien vivir” sin una sólida base axiológica,  así también es imposible una auténtica política sin un soporte ético.  Si no tenemos esto en cuenta, cualquier orden de libertades que se establezca, acabará convirtiéndose en un nefasto totalitarismo, que es exactamente a lo que hemos llegado en esta pobre España nuestra, donde se ha acabado implantando el pensamiento único que se autoatribuye  entre otras prerrogativas , la de poder dar una versión oficial de la historia, publicada en el Boletín oficial del Estado para que sea de obligado asentimiento.

Quiero acabar, a pesar de todo con un mensaje de optimismo que es más que un deseo: España es una Nación centenaria, que está por encima de cualquier coyuntura histórica y sin duda alguna, habrá de  llegar el momento en que vuelva a ser  Una, Grande y Libre. Todo es cuestión de no perder la esperanza  y tener capacidad de resistencia porque vendrán tiempos mejores.