2023 será el año de una nueva crisis mundial, económica y alimentaria. Semejante afirmación no es una quimera. Es una realidad. Y, por cierto, ya ha comenzado.

La terrible realidad geopolítica de la guerra en Ucrania ha abierto el escenario idóneo para extender el dominio global a que aspira el Foro de Davos, recientemente reunido, y que ha entablado predicciones apocalípticas con George Soros como maestro de ceremonias.

Hambrunas, procesos inmigratorios, desabastecimiento, carestía y ruina social. Las élites políticas y financieras de la Agenda 2030 parecen dar la bienvenida a la miseria (“no tendrás nada y serás feliz”) mientras alardean, eso sí, de continuar con las sanciones a Rusia y con la implantación de procesos irreversibles como la digitalización, la descarbonización, la inmigración masiva extra europea y los postulados antinatalistas y anti familia de la Agenda 2030.

En el ámbito de la política de hostilidad total hacia Rusia declarada desde Occidente, hay presidentes de gobierno y jefes de Estado que han anunciado con manifestaciones valientes que se rebelarán contra semejante panorama, que no aceptan la sumisión a Joe Biden ni a George Soros, y que defenderán la soberanía de sus Naciones para decidir con quién comercian su energía o a quién deben o no aplicar sanciones comerciales.

Un ejemplo es Serbia. Mientras la Unión Europea se hunde, Serbia mantendrá y consolidará acuerdos energéticos para suministro de gas con Rusia, ignorando las sanciones de la UE. Su gobierno no desea ahorcar económicamente a la población.

Camino contrario al de Serbia es el de Reino Unido, que está estrangulando a su población al servicio del mundialismo. Este país está inmerso en una crisis alimentaria cada vez mayor, ocultada por los medios de manipulación masiva, donde los británicos se ven obligados, en cada vez mayor número, a depender para su sustento de “calorías baratas”  y de los bancos de alimentos como consecuencia del aumento del coste de la vida. Varios ex convictos ingleses han asegurado, en recientes entrevistas, que muchos de ellos volverán a delinquir para poder sobrevivir. Mientras tanto, y como todos sabemos, el primer ministro Boris Johnson es famoso por sus fiestas privadas alcohólicas mientras su población anduvo confinada. En Reino Unido el bacalao ha aumentado su precio un 75 por cien, el aceite de girasol un 60 por cien y la harina un 40 por cien.

El panorama económico español es igualmente asfixiante y en muchos casos peor que el británico, dado que la fiesta del endeudamiento del Estado y nuestro modelo derrochador autonómico nos abocan a una próxima bancarrota al albur de las subidas de tipos de interés del Banco Central Europeo y de la criminalidad del gobierno socialista que agiganta la burbuja del gasto público y la clientela electoral.

No todos los dirigentes políticos son antisociales y sumisos como Boris Johnson o Pedro Sánchez.

Un mandatario preocupado por su pueblo y que encarna en estos momentos el liderazgo disidente en Europa es el húngaro Víctor Orban. Hace unos días,  en uno de los discursos más serios de su vida, apareció ante las cámaras y ante su pueblo, con gesto firme y preocupado, remangado, detrás de él SÓLO había una bandera, la Húngara (no la de la Unión Europea) y anunció su posición ante la crisis económica mundial que se avecina. Para ello declaró el “Estado de emergencia de Guerra”.

Orban está convencido del atolladero económico y energético de Europa como consecuencia de las sanciones comerciales desproporcionadas a Rusia. Orban apostó por la inteligente neutralidad de su gobierno ante el conflicto de Ucrania, al contrario que la mayoría de países occidentales serviles a Joe Biden. Orban ha asumido el alcance profundo del conflicto en Ucrania. Por eso el mandatario húngaro declaró el “Estado de emergencia de Guerra”. Expresó su primera y única misión: proteger a los húngaros mediante la acción directa del Estado y demostrando que él actúa para bien de su pueblo mientras el resto de la Unión Europea es lacaya del especulador financiero George Soros.

Soros, aplaudido en el Foro de Davos, ha anunciado que los “húngaros son explotados por una mafia” dirigida por Orban. El especulador estaba probablemente sobre- irritado ante las medidas de urgencia que Orban ha anunciado y que pasan por ejercer un proteccionismo estatal inteligente que abandona la ortodoxia del liberalismo egoísta para lograr proteger a las familias más indefensas. Entre sus medidas está la de aplicar un impuesto sobre los beneficios extraordinarios de las grandes empresas radicadas en el país, entre ellas bancos y energéticas.

Esos fondos recaudados irán destinados a políticas de defensa nacional y a ayudar a los hogares a compensar la inflación y el alza de los precios de la energía. Orban ha anunciado que seguirá defendiendo a las familias ante el abusivo precio de la energía. Para Orban la guerra en Ucrania se alarga, las políticas de sanciones a Rusia no mejoran y todo esto crea un aumento drástico de precios.

Mientras el presidente húngaro trata a su pueblo como mayor de edad y le dice la verdad, el presidente socialista español vendido a las grandes eléctricas y bancos anunciaba en el Foro de Davos que la situación actual era “beneficiosa para la economía española”, alineándose con la exigencia de más sanciones a Rusia y de acatamiento a los dictados de George Soros. Por su parte, el especulador financiero aprovechó el evento para referirse al “fin de la civilización” como resultado de la Rusia de Vladimir Putin.

En EEUU la situación inflacionista  y de impopularidad del presidente Biden es histórica, y desde el Partido Republicano ya se están moviendo voces emblemáticas de la formación contra las Sanciones a Rusia. Senadores republicanos como Ted Cruz y organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle, estrechamente conectada al Partido Republicano, se posicionan contra las Sanciones y acusan a Joe Biden de emplear estas medidas como pretexto para restringir el derecho legal y constitucional a llevar armas en EEUU e imponer diseños sociales liberticidas a la población.

El pasado 27 de mayo supimos que Víctor Orban y Marine Le Pen se reunieron en París y que coinciden en que las sanciones de la UE a Rusia son “erróneas y peligrosas”. Ambos han pedido a las fuerzas europeas que defienden valores tradicionales la “unión” contra los partidos de izquierda y los burócratas de Bruselas a quiénes no importa las familias europeas “en tiempos de guerra”.

Por su parte, el presidente ucraniano Zelensky ha criticado a Hungría por no tener una posición común con los otros países de la UE respecto a las sanciones a Rusia. Y es que Orban no ha apoyado el embargo al crudo ruso dentro del sexto paquete de sanciones al considerarlo letal para la economía.

La injerencia del presidente ucraniano en los asuntos internos de la UE está siendo asfixiante y para muchos ciudadanos, deplorable.

Hace unos días se produjo el cierre de la planta de la empresa “Roca” en Alcalá de Henares como consecuencia de las sanciones a Rusia, y que pondrá a varias decenas de españoles en el paro. Es sólo un ejemplo de ruina empresarial, entre los centenares o miles que ya hay en España.

La UE ha optado por ser tierra quemada para empresas y familias y una comparsa de EEUU, por lo cual no han sido buscados mercados alternativos para sus empresas ni dispuesto políticas efectivas de ayudas reales a empresas y hogares, al contrario que la Hungría de Orban que ya se ha puesto manos a la obra mientras Pedro Sánchez miente a los españoles.

Dos modelos antagónicos existen en el seno de la Unión Europea ante la crisis geopolítica internacional, el conflicto de Ucrania y el avance de la agenda globalista de la miseria: Orban –defensor de la Patria- o el resto –los lacayos de Soros-.