Desde hace una año la vida acostumbrada nos late de otra manera. Una nueva forma de vivir tras una mascarilla que va renovándonos, día a día, sin ruidos ni estridencias acompañados por un silente virus que nos ha contagiado sin hacer distinción de condición, cultura o sexo. El “bicho” ha puesto en cuestión nuestra forma de ser, nuestra manera de vivir y veo como muchos y muchas -seamos paritarios en eso- han optado por subirse a la rueda del hámster y van dando vueltas sin parar. Un año de reiterados confinamientos nos ha ahogado en esa reclusión forzada aunque es cierto que mayoritariamente transitamos en silencio y con la prudencia necesaria y dando respeto mítico a la autoridad sanitaria que es el sitio donde nos hacen fermentar la obediencia y el miedo analgésico.

El más que evidente naufragio económico y social no admite ya ninguna duda. El virus ha esterilizado a toda una generación por los efectos de caída de la economía que no va a poder ser metalizada ni fácil ni rápidamente, no vayamos a creer ahora que todo el monte es orégano. La pandemia nos ha alejado del crecimiento económico pero también de nosotros mismos, nos ha dejado huérfanos de los olores y colores de la vida anteriormente acostumbrada. Desde la oficialidad se han lanzado, una y otra vez, sonoros mensajes que apuntaban a “previsiones oficiales” y al miedo a una siguiente ola y esa ha sido la constante que ha escondido la rotunda realidad de que en España no tenemos suficientes vacunas.

Un año de encierro físico y emocional pero mayoritariamente social, nos debería haber ayudado a gestionar mejor nuestra mente para hacernos más resilientes pero el miedo a lo desconocido ha estrechado nuestra visión y la presbicia de la memoria no nos deja ver más allá.

Tengo ganas de verle la cara a la gente sin mascarilla, ver los rostros de mis amigos, sus facciones, su comunicación no verbal.

Estamos viendo que el confinamiento perimetral sin control con la llegada de miles de turistas, es como usar preservativos de ganchillo.

Nunca como durante una crisis y la pandemia lo es, tendremos una oportunidad tan clara de replantearnos lo que de verdad importa. Nos hemos acostumbrado a vivir con el piloto automático del hedonismo fácil y sin reflexionar en las consecuencias de nuestra manera de vivir.

España ha perdido más de 120.000 millones de riqueza en apenas un año de pandemia poniendo a nuestra economía ante un descalabro del 11% del PIB, el mayor desde la Guerra Civil.

El Gobierno sigue mandando consignas como quien revienta cohetes reiterando un 70% de vacunados en verano a todas luces imposible a la velocidad que llevamos sin hacer ver que contabilizamos mas de 75.000 muertos en el arqueo oficial y más de 6.000.000 de parados.

Estamos fatigados, muy cansados de cebos ideológicos para desviar la atención, la economía está en default con una deuda pública que supera el 117% del PIB y los concursos de acreedores amenazan con ser la canción del verano.

La fatiga pandémica se resuelve liderando respuestas, soluciones y resultados a los desafíos que tenemos que resolver.