En estos tiempos tan pudorosos que vivimos en Espena, donde todo quisque va embozalado, qué mejor que repetir el estribillo de esta vulgar canción de “Los inhumanos”. Porque, para alguien como yo, que nunca me he puesto ni me pondré bozal, no queda otra sensación que la de sentirse el centro de todas las miradas, de ser el más guapo. Y, si no el más guapo, el más presumido y exhibicionista obligado. ¡Qué desfachatez ir por ahí con la jeta al aire!.

En estos meses, que al final acabarán sumando años, todavía no he visto a un solo humano visible (tengo la ilusión de que los haya invisibles, porque así todavía hay esperanza para estar raza animal) sin bozal en tiendas y transporte público. ¡Cuándo digo ninguno, es ninguno! Y mira que he cogido trenes de cercanías e ido, casi a diario, a tiendas.

Os voy a contar 2 anécdotas personales que explican esta paranoia de ser la reina de la fiesta constantemente… por el hecho de no hacer nada, es decir: ir por la vida “como toda la vida”, con el rostro al descubierto. Manda cojones que antes los cuatreros y atracadores se taparan la cara y ahora son los únicos que no lo hacen, a veces. Ahí está la puta tele para enseñarnos a los políticos, jurgolistas, perrodistas, cantantes, actores y etc. de gentuza exenta del bozal.

Introduzco las 2 anécdotas con una breve que me aconteció ayer, comprando en el “Gastamenos”. Ya nadie me tose allí por ir sin bozal, de tantas veces que lo han hecho ya me conocen y saben que, por desgracia, estoy eximido. Pero se ve que una panadera, todavía no. Era una panchita mucho más joven que yo (lo cual no es difícil) y, presumiblemente, más guapa que yo (esto enlaza con la próxima historia, la de las saharauis). Iba embozalada hasta las cejas… al final acabaremos como los chinos (o japos, no recuerdo, o ambos) antiguos que medían la belleza de las mujeres viéndolas sólo los pies, sin que pudieran ver nada más del body. Tremendo. Mientras me daba la harina cocida me soltó: “no puede ir sin mascarilla, señor”. “Sí puedo”. La di una brevísima explicación legal y médica del por qué, y espetó, jocosa: “Bueno, si le han dejado pasar, será verdad. Está bien, a usted le perdonaremos”, y sus ojos sonrieron mientras su bozal decía esta gilipollez. Es muy triste que tenga que ser una panadera panchita del “Gastamenos” quien tenga el don de perdonar, hoy en día, y hacer de madero. Le iba a decir: “bueno, si a tus ancestros les dejaron venir a mi país para que ahora tú le vengas a tocar los cojones a un español con todos los ascendentes españoles, mal te debería ir aquí” (por supuesto, casi todos los panchitos menores de 30 años han nacido en Espena. ¿Alguien se extraña del analfabetismo acuciante de este país, con semejante paisanaje?)

Historia 1: Cuando hice mi documental “Los cuadernos de arena” en los campamentos de refugiados saharauis, vi a muchas mujeres tapadas por completo, guantes incluidos.  Iban así para mantener su piel lo más blanca posible, ya que a los saharauis les gustan más las mujeres de piel blanca… La mar de felices iban a estar ahora, en Espena, estas mujeres que conocí hace 10 años.

Historia 2: Yo nací “cabreado y cagándome en Satán”. Cuando me alumbraron, las comadronas de La Paz, no dejaban que se alimentara al neonato, en las primeras 24h. Nací pelirrojo, con los pelos de punta y la tez oscura y con uñas bien desarrolladas, lo cual hizo que me arañara la cara con rabia, por no poder comer, y mi tez luciera sanguinolenta; la guinda del pastel del horror para que mi madre dijera de mí que  “parece un monstruito”. Mi abuela materna, por eso del amor ciego, decía que era el niño más bonito del mundo, ante lo cual mi madre le decía: “pero si es horrible”. A los pocos días ya fui el bombón de ahora… Por cierto, el hecho de nacer junto a la otrora ciudad deportiva del Real de Madrid, y presumiblemente, que yo lo viera por la ventana, no ayudó en nada… había nacido un culé.

Moraleja de las 2 historias: las cosas claras y el chocolate espeso.  Las gilipolleces, lo diga una saharaui o lo diga tu queridísima abuela (y, además, sabia; en mi caso), son eso: gilipolleces. Y como tal hay que tratarlas, no a quienes las digan, sino eso que han dicho. Porque de estúpidos dichos consentidos, de dimes y diretes disparatados, estamos en la situación de ahora; absolutamente destruidos como entidades racionales. ¡Tal es nuestra devastación neuronal que cuando toda Europa –y casi el resto del mundo – no usa bozal ni etc. paranoias congojavíricas, nosotros las implementamos al 100%! ¡Somos la aldea gala del retraso mental severo!

Finalizo indicando la cruel paradoja de que fueran “Los inhumanos”, quienes crearan la canción que titula este artículo, y mi día a día actual, mientras que son “los humanos” quienes fomentan esta deshumanización.  En cualquier caso… menos mal que es verdad que soy tremendamente guapo, sino sería insoportable ser el centro de todas las miradas. Si lo llego a saber, no me quedo calvo a los 20 años…

Menos mal que soy mortal.