Traer a José Antonio hoy al debate político actual no es, de ningún modo, un anacronismo como sí lo sería traer a otros personajes más reverenciados que no resisten ni un asalto. Traer a José Antonio hoy, a ochenta y cinco años de su vil asesinato por la chusma del Frente Popular (socialistas, comunistas, separatistas), es traer primeramente a un hombre de bien, que con una inteligencia ética aplicada a la acción política quiso encontrar una respuesta desde los conceptos que todos compartimos y en lo que nos reconocemos: Patria y Tradición. Dos conceptos que interactúan, y en los que se refugia toda su discursiva política tras la revolución que irrumpe en Europa, la irrupción del comunismo soviético y su programa de expansión, que vino marcada por la caída de los viejos imperios con su orgía de sangre de 1914 a 1918 y por la devastadora crisis económica, y consiguientemente social, que azotó a Europa, que acaba en la II Guerra Mundial.

Dos conceptos hoy en declive en nuestra sociedad: la Patria, que es lo que dijo José Antonio que era: “una unidad de destino en lo universal”; y la Tradición, que es basamento de lo que es una comunidad, y no son otras. Porque Patria y Tradición son Hispanidad, Trento frente a Concilio Vaticano II, los Últimos de Filipinas frente a la cooperación al dividendo de paz internacional y la Europa de las Patrias frente a Unión Europea.

Hablamos de una alternativa de razón y voluntad que dicta con honradez demostrada, y que no fue un ensayo para entrar a perturbar la escena nacional de aquel tiempo convulso de España, y también de Europa, sino una lección por la que ofreció su vida. La lección que seguimos escuchando a poco que no caigamos en lo que él mismo denunció poco antes de ser asesinado, que “persistamos en juzgar sin haber empezado ni por asomo a entender, y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información”. Y por otra cosa más, que la bondad de su alma no quiso decir, siempre que no seamos malvados.  José Antonio lo que nos enseña es que la historia es un compromiso permanente que no debemos obviar.

A la mayor altura en el conocimiento intelectual del momento, José Antonio abordó todo el panorama político de su tiempo con oficio de orfebre mayor y una enorme sensibilidad, y aunque su pensamiento político recibe otras influencias al margen de las propias, no por ello se limitó a repetir, buscando un público fiel. Lo suyo constituyó una aventura ética y estética con un punto de partida diferente y un final sobresaliente. Bien es cierta que esa actitud le condenó a peregrinar por los desiertos reservados a los grandes creadores, donde su ingenio e inteligencia desbordó cualquier expectativa, suscitando admiración y asombro. O incomprensión, perplejidad e irritación.  

En su profesión y oficio de abogado, que es lo que quiso ser, con su indiscutible solvencia profesional e incondicional integridad tuvo ocasión de poner los fundamentos de lo que fue el afán de su vida, la Justicia. Si existiera el título de Gran Jurista, a José Antonio le cuadraría como a pocos.

José Antonio fue fusilado en el patio de la Prisión Provincial de Alicante, en la madrugada del 20 de noviembre de 1936 por una chusma de desalmados, a la que hoy otra chusma reivindica. Confiemos en que como la que le asesinó, está también tenga sus días contados.

José Antonio, que sigue tableteando con sus pasos la historia…

¡PRESENTE!