Hasta hace bien poco teníamos motivos en España para estar preocupados. Según los feligreses de la sociedad abierta, la posible entrada de Vox en un gobierno autonómico constituía un acontecimiento muy grave; ya saben, la extrema derecha vuelve a ostentar cargos de poder en España tras la desaparición del franquismo y esas cosas. No es nada nuevo que a muchos demócratas sólo les entusiasma el circo electoral cuando el resultado es favorable a sus intereses y gustos, pero nunca hay que dejar de señalar la hipocresía y el cinismo por muy repetitivos que resulten. A ello ayuda, y mucho, la memoria de pez que las redes sociales y el exceso de información constante imponen sobre el consumidor de relatos políticos. Mayor fue el griterío y la indignación cuando Vox entró en el parlamento andaluz, o cuando su auge obligó a que socialistas y podemitas acordaran un Gobierno de coalición rechazado meses atrás, sobre todo por el sector socialista. Hemos presenciado el Armagedón tantas veces provocado por Vox que, simplemente, ya carece de interés y ni siquiera se lo toman en serio quienes más chillan contra él. Es más, uno incluso desearía que fuese real y los de Santiago Abascal, tal y como les pintan sus detractores, resultaran un partido antisistema y peligroso tanto para el Régimen de 1978 como para las instituciones globalistas. No es el caso, insistimos.

Es de suponer que ni siquiera los propios opositores a Vox creen ya a estas alturas en su propio relato. Por eso lo de Castilla y León quedó enseguida opacado por la guerra en Ucrania. De la noche a la mañana, Vladimir Putin se convertía en la mayor amenaza mundial. En el caso de España, para el recuerdo quedará Pedro Sánchez descargando sobre el presidente ruso la responsabilidad de que subiera el precio de la luz, pero es lo que conlleva vivir en el presente más inmediato, que muchos olvidan que los problemas de ahora se llevan arrastrando desde hace mucho tiempo. Al igual que ha ocurrido a los progres con Vox, los globalistas hubieran tenido que inventar a Putin de no existir éste para responsabilizarle de los males habidos y por haber. Ironías de la vida, el intento de convertir a Putin en un paria ha sacado el lado más etnocéntrico y xenófobo de los globalistas... ¿Cómo, si no, definir a unos individuos que presumen de haber aislado a Rusia del resto del mundo? Lo más curioso es que por resto del mundo sólo entienden el mundo anglosajón y Europa occidental, porque territorios inmensos del planeta como China, India, África y Sudamérica no han seguido al unísono la campaña de rusofobia y, aunque la campaña militar rusa en territorio ucraniano diste mucho de ser considerada un éxito, tampoco cabe dar crédito a las noticias sobre una Rusia aislada del resto del mundo sólo porque McDonalds ha cerrado allí sus establecimientos. Aunque haya a quien le cueste entenderlo, fuera del Occidente liberal hay vida; otra cosa es que algunos sólo se acuerden cuando esa vida se planta en sus fronteras y exige disfrutar del hipotético paraíso terrenal, momento en el que apelan a premiar su gymkana con el dinero público.

Con Vox percibido cada vez menos como una amenaza para la libertad de los españoles por haberse normalizado su presencia institucional, y con Putin presentado como una amenaza para la seguridad mundial con unos argumentos cada vez más subidos de tono (y una vez satisfecho también el sentimiento de solidaridad con los refugiados ucranianos fomentado por los medios informativos e instituciones públicas), ¿qué les queda a los apologistas de la sociedad abierta para mantener en alerta a sus fatigadas tropas? Ahora es el turno de la francesa Marine Le Pen, otro clásico de esta época posmoderna. La candidata acusada de fomentar el machismo y el racismo, a pesar de ser mujer y aparecer en actos de campaña con personas de piel oscura, es la nueva amenaza de esta primavera para la utopía de la sociedad abierta. Las diversas terminales mediáticas no han tardado en poner su maquinaria en funcionamiento para advertir sobre la necesidad de que Emmanuel Macron, el mayordomo de las élites, mantenga su trasero en el Eliseo. Con tal de que así sea, en España ya tenemos a los socialistas reivindicando que Macron transitó por esas filas antes de convertirse en el ultraliberal que es actualmente; algo, como poco, curioso, si recordamos que quien más se ha identificado en España con el actual presidente francés fue Albert Rivera y a éste le dedicó el público socialista un clamor directo: "¡Con Rivera no!". No obstante, todo eso son niñerías y estupideces de andar por casa cuando lo que está en juego es que el establishment se mantenga en su sitio, inalterable. Parece obvio que la casta política española se volcará al completo con Macron (sí, unos con más entusiasmo y otros como mal menor); la cuestión, como curiosidad, es si Vox volverá a manifestarse públicamente de parte de Marine Le Pen o si, convertido ya en partido institucional, adoptará otro perfil.