Desde hace unos años Suecia ha dejado de representar el mito progresista de la sociedad multicultural para convertirse en un país en el que la violencia y la criminalidad son moneda corriente. Este fracaso multicultural vio el ascenso de los Demócratas Suecos (SD), un partido crítico con la inmigración que entró en el parlamento sueco en 2010 con un 5,7% de los votos y que en 2018 lograba un 17,6%, convirtiéndose en la tercera fuerza política del país nórdico. En 2019 lograron 3 escaños en el Parlamento Europeo, uno más que en las elecciones anteriores, y pertenecen al Grupo de Conservadores y Reformistas (ECR). Los Demócratas Suecos sufren un cordón sanitario por parte de los demás partidos y son atacados por los grandes medios de comunicación, por lo que recurren a medios alternativos para defender su mensaje. Pero esto no basta para acallar la disidencia y el gobierno rojiverde ha dado un paso más. En lo que sólo puede calificarse como un ejercicio de persecución política, el informe anual del Centro Nacional para la Evaluación de Amenazas Terroristas (NCT), una agencia gubernamental que evalúa las amenazas de toda clase de grupos extremistas, ha etiquetado al partido al SD y a los medios de comunicación alternativos como amenazas terroristas casi al mismo nivel que el terrorismo yihadista, responsable de la muerte de cinco personas en Estocolmo en abril de 2017, cuando un islamista radical atropelló a una multitud de personas en una concurrida calle comercial. Algo que recuerda a lo sucedido este año en Alemania contra Alternativa para Alemania (AfD), también el tercer partido del país, que fue sometido a vigilancia al más puro estilo de la Stasi por el gobierno y que permitió la intervención de las llamadas telefónicas y de los correos electrónicos de sus miembros. La justicia alemana ha detenido esta vigilancia temporalmente a espera de resolver un recurso presentado por el partido. 

Jimmie Akesson, presidente de los Demócratas Suecos

Para justificar esta medida, el NCT ha ampliado su calificación de extremismo de derechas para incluir a personas que estén en contra de la violencia, pero que expresen opiniones “racistas o xenofobas”, lo que en neolengua se traduce como oponerse a la inmigración. De este modo el SD y los medios alternativos son catalogados como amenazas terroristas. Suecia está a un paso del “crimental” de 1984. Por supuesto, el gobierno sueco ha recibido con agrado la noticia, el ministro del Interior, Mikael Damberg (Partido Socialdemócrata Sueco), enfatizó que esto es algo que “hay que tomar muy en serio” porque en su opinión el SD ha abandonado su “tolerancia cero” hacia el supremacismo blanco. Respecto a los medios alternativos, su calificación como amenaza terrorista sólo puede responder a que han demostrado cierta influencia y a que constituyen el único altavoz para el SD.

Mientras las agencias gubernamentales se esfuerzan por criminalizar a los críticos con la inmigración, el verdadero terrorismo volvía a golpear Suecia el pasado 3 de marzo cuando ocho personas resultaron apuñaladas, tres de ellas de gravedad, en un ataque con cuchillo en la ciudad de Vetlanda, en el sur de Suecia. El atacante, un afgano de 22 años que recibió un disparo en una pierna al ser detenido, llegó a Suecia en 2018 y estaba fichado por asuntos de droga. Según algunos medios el atacante gritó “Allahu Akbar” (Alá es grande), aunque la policía sueca no ha comentado nada al respecto. El ataque fue calificado en un primer momento como un intento de homicidio múltiple, pero sin excluir un posible caso de terrorismo. “Tenemos información que nos lleva a investigar este acto como terrorismo, pero no puedo proporcionar más información”, señaló Malena Grann, jefa de policía en la provincia de Jönköping.

Suecia también está experimentando un crecimiento espectacular de la criminalidad. Un informe presentado por el Consejo Nacional para la Prevención del Delito afirma que en 2020 se produjeron 124 casos confirmados de violencia mortal, la cifra más alta desde que el país escandinavo empezó a registrar esas estadísticas en el año 2002, y 13 más que en 2019. Casi la mitad murieron por armas de fuego pese a las estrictas leyes de tenencia de armas, en un fenómeno vinculado a las cada vez más violentas bandas criminales. Las violaciones también aumentaron en un 9%, con 9.360 violaciones. Los delitos de vandalismo aumentaron en un 14% y los relacionados con las drogas un 10%. Las cifras hablan por sí mismas, pero el problema surge cuando se menciona el origen de esta criminalidad.

Un reciente estudio de la Universidad de Lund, publicado en Forensic Sciences Research, encontró que casi la mitad de los violadores convictos en Suecia son extranjeros y que un 60% tenía antecedentes migratorios sobre una muestra de 3.039 hombres condenados por violación durante el período 2000-2015. La respuesta del Consejo Nacional para la Prevención del Delito es que esta excesiva representación de inmigrantes en las estadísticas puede explicarse porque las mujeres tienen una mayor propensión a denunciar las violaciones cuando los atacantes son migrantes. “Puedes ser más propensa a denunciar algo a lo que has estado expuesta, si el crimen fue cometido por alguien a quien te sientes más ajeno y que tiene un bajo estatus social”, afirmó Stina Holmberg, investigadora del Consejo. Es decir, que si el violador es sueco y de un estatus social similar o superior la mujer simplemente no denuncia. Por tanto, el número de violaciones en la feminista Suecia tendría que ser muy superior a las cifras actuales que se han incrementado de forma alarmante en los últimos años (los ataques sexuales contra menores de 15 años han aumentado un 11%, contra adolescentes de 15 a 17 años un 51%, y contra mayores de 18 años un 27%) disparando las últimas estadísticas oficiales de 2017 con 73 violaciones por cada 100.000 habitantes (en 2015 eran 56,8, veinte veces más que España que registraba 2,65). Los retrógrados países patriarcales de la Unión Europea, Hungría y Polonia, tienen una tasa de 3,9 y 3,2 por cada 100.000 habitantes respectivamente.

 Manifestación Antifa en Malmo, Suecia

No obstante, Holmberg admite que es “concebible” que existan factores culturales porque muchos migrantes provienen de una cultura donde las mujeres tienen un estatus diferente y se comportan de un modo distinto a sus contrapartes occidentales. Por esa razón, en determinadas situaciones las mujeres suecas podrían indicar implícitamente que están consintiendo las relaciones sexuales, o al menos así podrían interpretarlo sus agresores. De nuevo encontramos un comportamiento inadecuado en las mujeres, no sólo no denuncian por motivos racistas o clasistas, sino que también “van provocando”.

El fracaso del modelo multicultural sueco es más que evidente, pero los responsables no tienen intención de enmendar su error. Es mucho más fácil criminalizar a todos aquellos que denuncian una situación insostenible, poniéndolos al mismo nivel de los terroristas que atropellan, apuñalan o decapitan en nombre de la guerra santa. De igual modo, la responsabilidad final de los delitos y las violaciones nunca recae en los agresores, a los que siempre se encuentra una justificación como la pobreza, la falta de integración o el racismo (siempre que no sean europeos, en cuyo caso la culpa es suya y del patriarcado), y se acaba reprobando el comportamiento de la víctima o silenciándola para que la noticia sea lo menos conocida posible. El sueño progresista de la multiculturalidad y la tolerancia esconde la pesadilla del totalitarismo y la persecución de todo aquel que ose contradecir el discurso políticamente correcto.