Hablar de filosofía es hablar de historia. De arte, de humanismo y de la evolución del pensamiento humano. En cuanto a fechas, y para no ponernos muy técnicos, podemos distinguir dos grandes eras que marcan un antes y un después en este juego del pensamiento.
 
Lo presocrático y lo moderno, aun cuando no deja de ser curioso que pensemos que, a partir del medievo, vino un tiempo que en cuestiones de razón y pensamiento podría ser perfectamente válido para hacer esa diferenciación.
 
En aquellos tiempos, pensadores de prestigio destinaban su vida a estudiar el comportamiento de las cosas desde la única virtud de la observación. En muchos casos, pasaban muchas decenas de años hasta que el filósofo en cuestión se posicionaba debajo de esta o aquella creencia y, una vez encontrado ese camino, la muerte se recibía con alegría.
 
Es fascinante adentrarse en un simple y básico manual de la historia de la filosofía y relacionarse con los más conocidos pensadores, esos que todo el mundo conoce: Tales de Mileto y la leyenda que le rodea hasta nuestros días; Platón y el conocimiento que tenemos de Sócrates a través de él y sus diálogos; Antístenes y Diógenes el de Sinope y así hasta recordar a unos cuantos, de los que todavía se habla a pesar de todo el tiempo que ha pasado desde que pisaron la faz de la tierra.
 
Los filósofos de hoy son muy diferentes. Y no hablo de Kingsley, del trágico Wessel o del mismísimo Marina. Me refiero a una rama de la filosofía que no está en los libros y que aburre, rellenando todos los espacios de planteamientos absurdos que no sirven para nada y que me obliga a jugar al Candy Crush casi de manera permanente.
 
El 16 de abril de 2014, es decir, hace más de dos años el Real Madrid ganó la final de la Copa del Rey a los culés. Di María adelantó a los blancos y, tras el empate poco antes de ir a la prórroga, Bale metió un antológico gol que dejó a medio mundo con la boca abierta. Un gol que fue realmente maravilloso. Pero, ¿es necesario que después de todo el tiempo que ha pasado sigamos hablando de la galopada de Bale? Es cuando me lío con el Candy Crush.
 
Jugamos al pádel y nos lo pasamos muy bien. Tenemos asumido que independientemente de la pareja con que le toque jugar, Dani siempre gana. Entre todos los demás hay menos diferencias y dependiendo del día, cualquiera puede ganar a cualquiera. Esto es así, por mucho que alguno no lo entienda. Cuatro paredes y una pelota que va y viene de una u otra forma, dependiendo de la técnica del jugador, nos puede dar lugar a horas y horas de absurda conversación, a no ser que me haya quedado anticuado y exista una rama del pensamiento dedicado a esos oscuros rincones que existen, entre el cristal y la moqueta. Candy Crush.
 
Volviendo al tema del futbol. ¿Por qué existe tanto entrenador frustrado que entiende más que los profesionales? Corrigen a José Mario en sus alineaciones y el  4-4-2 debería de ser un 4-5-1. Conocen a la perfección la psicología de Cristiano y hasta la talla de bragas que usan las mujeres de los futbolistas. Cambian a los jugadores de nacionalidad, a los equipos de país y saben qué jugador debería fichar, por cuánto y en qué momento. ¿Por qué a este tipo de filósofos no los dio por estudiar? En ese momento me pongo al Candy Crush.
 
Hablar de la familia, del último viaje, del tiempo o escuchar el silencio puede resultar apasionante. Ya sé que la mayoría no habéis leído un libro y eso no marca la diferencia entre ser mejor o peor. Tampoco todo el mundo tiene cinco carreras o ha dado cuatro vueltas al mundo, cosa que también es indiferente. Solo os pido una cosa, panda de filósofos: Dejadme en paz a mí y a mi móvil.