De un tiempo a esta parte se ha popularizado el término “feminazi” para referirse a esa versión intolerante y agresiva del feminismo que la izquierda propaga. Cierto es que el término no es riguroso y que sería más acertado hablar de “femimarxistas” o “femicomunistas”, dado que es en la izquierda en donde anida. Aunque tampoco sería cierto del todo. Este feminismo de cuarta ola solo es posible en esta izquierda posmoderna, tan poco obrera y tan en línea con los designios de la Agenda 2030, él globalismo y demás banderas impulsadas por las élites financieras mundiales. Difícilmente tendría cabida en los viejos movimientos comunistas.

Lo que si es cierto es que, habiendo dimitido la izquierda de la lucha de clases, el feminismo amadrinado por la zurda posmoderna agita la lucha de sexos para seguir avivando la llama del conflicto, que es el terreno en el que suele conseguir sus avances. De ahí que promocionen un feminismo que no persigue la igualdad entre hombres y mujeres sino el odio, la represalia y el enfrentamiento.

Esta versión cainita del feminismo, junto con el desquiciamiento al que conduce la lógica de la ideología de género, se ha manifestado en diversos episodios de intolerancia que deberían hacer reflexionar a las susodichas feministas. Por ejemplo, el hecho de que un ayuntamiento que presume de feminista retirara de la vía pública el busto de una mujer a la que la ciudad de Cádiz reconocía su lucha en favor de los derechos de la mujer en pleno franquismo: Mercedes Formica. Esta mujer impulsó en 1958 la reforma del Código Civil que inició el camino a la igualdad jurídica entre hombres y mujeres. ¿Por qué le retiraron el busto en Cádiz? Porque fue falangista. Demostrando así el intolerante feminismo que lo importante para su movimiento no es la igualdad de hombres y mujeres sino la ideología. La suya. Una ideología sectaria que trata de imponerse de forma totalitaria. Otro ejemplo. La expulsión del Partido Feminista de la federación de Izquierda Unida por oponerse a la Ley Trans. Para el feminismo solo cabe una interpretación, la suya. Y al que se atreva a cuestionarla lo envían al gulag, por muy Lidia Falcón y veterana militante feminista que se sea.

No hablen en nuestro nombre. Ni enfrentamiento, ni discriminación “positiva”. Igualdad en la diferencia. Con eso nos basta a las mujeres.