El PSOE, durante todos sus años de gobierno o de oposición, y más ahora con sus tenebrosos aliados, ha sido un ejemplo de podredumbre y de desprecio a la legalidad. Con los socialcomunistas, causantes siempre de factores perturbadores, no puede haber momentos de concordia y bonanza, sólo injusticia, rencor y muerte.

Mientras su maquinaria gubernamental desconfía de todos por principio, al ciudadano se le pide que confíe ciegamente en ella. Y así nos va. Porque cuando los ciegos guían, ¡guay de los que van detrás! Y como no podía ser menos, también en este caso del Covid-19 los españoles están yendo como bueyes bajo el yugo.

¿Esperaba alguien sensato que estos promotores de calamidades iban a solucionar el actual desastre y no dedicarse a multiplicarlo como en realidad han hecho? ¿Puede quedar aún alguien sensato que piense dar su voto en el futuro a los eternos muñidores de tragedias?

En las últimas décadas los ciudadanos hemos visto salir de sus agujeros a una fauna variopinta, desde los lirones y marmotas subsidiados que han conseguido enriquecer su pereza y esterilidad, hasta los tiburones voraces que han depredado cuanto se les ponía por delante aprovechándose de su poder o de la negligencia de los pescadores que deberían haberlos atrapado.

Un enjambre de moscas que han volado por la habitación de la patria, acostumbradas al horror de aprovecharse de los humildes o suculentos platos correspondientes al común. Gobernantes o afines que han practicado habitualmente el cohecho, la arbitrariedad, la malversación de fondos públicos, el usufructo de los cargos más jugosos e influyentes, las ideologías más perversas y antinaturales, las más atroces traiciones…

Y hasta ahora no sólo hemos sido incapaces de apresarlos o condenarlos en la medida de sus desafueros, sino que son ellos quienes nos capturan mientras les permitimos seguir llevando a España a su condenación, porque la sociedad española se ha complacido en la ceguera y la sordera, en la cobardía, en culpar al prójimo o a las circunstancias de manera fatalista, bien dormidos, con sueños profundos acompañados de pancistas ronquidos o similares accesorios.

Sin embargo, ningún español de voto vergonzante debiera poder respirar ni una sola vez a gusto ni sentir su conciencia en paz si no se siente ya capaz de tenérsela jurada a los déspotas, y de superar esta actual humillación y miseria llegada con el coronavirus, solicitando unas inmediatas e imperativas elecciones. Un país que permite ser presidido por personalidades como las actuales -y dirigido por sus aliados y cómplices-, es un país absolutamente enfermo, invadido por la epidemia -no sólo vírica- más repugnante y en plena descomposición.

Con la absoluta mansedumbre o pleitesía de la mayoría ciudadana, en España se está dando lo que viene a llamarse visión crítica de la historia, algo así como que una gran crisis desaparece con la llegada de otra igual o mayor. Desde el inicio de la nefasta transición, y a grandes rasgos, a la crisis que desembocó en el 23-F, se sucedieron los diversos envilecimientos felipistas, a estos siguió la conmoción del 11-M, irresuelta con la llegada de Zapatero y agravada con sus vesánicas deconstrucciones sociopolíticas y económicas.

Luego, ante la evidente ruptura constitucional y el brutal e impune cambio de régimen, la desleal y delictiva inacción rajoyana -en todos los aspectos- constituyó un nuevo estado crítico que ha acabado afluyendo en la actual lacra constituida por el nuevo frentepopulismo, culminada ahora por su intolerable gestión del episodio vírico Covid-19.

Esto significa que, si a mayor ruina social los períodos críticos se van precipitando, es muy posible a corto plazo el advenimiento de una nueva inestabilidad que borre la anterior, agudizándola. Y así se irán repitiendo los desequilibrios hasta que todo explote. Sólo podemos, pues, confiar en lo que se define como imperativo de la libertad humana, que consiste en que cuando los poderes instalados traspasan los límites abusivos que suelen darse en las relaciones humanas entre el fuerte y el débil, suele manifestarse una ley natural por la cual los oprimidos, rebelándose, se deshacen de sus explotadores.

Mas, ¿cuándo se producirá tal reacción? ¿Está ya el pueblo español preparado, tras esta crisis, para llevarla a cabo? O dicho de otra forma: ¿cuándo tocaremos fondo para que se dé esa rebeldía? Recluidos forzosamente en sus casas, ¿han tenido tiempo los futuros electores de percatarse de la gigantesca incompetencia e hipocresía de estos tramposos? ¿De que esta epidemia ha tirado abajo todos los mitos de lo políticamente correcto, de la posmodernidad, y que seguir creyendo en sus lóbis, en sus oenegés, en sus medios informativos acreditados, en sus consignas todas, constituye, además de una infamia, un acto de fe suicida?

Mientras tanto, a la porción social más avisada no le queda otro recurso que seguir denunciando permanentemente a unos y a otros: a los ventajistas, a los sumisos, a los malvados…

Jesús Aguilar Marina