En ambientes humanos sanos y racionales, la videovigilancia es aberrante, una falta absoluta de respeto a quienes los pueblan y una flagrante violación de su intimidad. Pero la urbe, por si alguno lo duda, es un lugar terrible, un pandemónium con más demonios que humanos; o tal vez al revés, si atendemos al verdadero carácter de la mayoría de seres humanos que la habitan: delincuentes (de alta y baja estofa), fuerzas del orden y analfabetos empoderados es el paisanaje más abundante. Ante semejante panorama la gente honrada no tenemos (casi) posibilidad de defensa: nos dan por los dos lados. Si te defiendes de un delincuente o un analfabeto (y sales victorioso, que no quiere decir ileso), las fuerzas del orden te detienen. Si desobedeces las injustísimas leyes, ídem.

La única garantía del mínimo de seguridad que un urbanita honrado tiene es que todo lo que ocurre en la urbe esté grabado, y no sólo por las miles de cámaras públicas o privadas, sino por los móviles. Actualmente la mayor carga de prueba delictiva o ante abusos de poder policial es este medio. Los contestatarios como yo solemos enfrentarnos muy a menudo a (casi) todos en la urbe. El único freno a sus desmanes es saberse vigilados por el “gran hermano”. Sin él, cualquier aberración puede sucedernos. Puede pensarse que sin él,  los aguerridos de fuerte carácter y cojones bien puestos también nos beneficiamos, pero qué va… el monstruo se retroalimenta y si te tomas la justicia por tu mano, o te defiendes legalmente pero “con uso excesivo de la fuerza” o “ante una minoría étnica”, sabe encontrarte, de manera legal o ilegal. No olvidemos que el atentado a la autoridad es prácticamente todo… hasta golpear su porra con tu cabeza… pero sabiéndose grabados… aunque sólo sea por la denuncia pública, se frenan. Yo me enfrento a policías y seguratas muy a menudo, pero actualmente sólo lo hago donde me sepa grabado, ya no soy tan temerario.

Siempre fui enemigo de todo tipo de vigilancia –la de vídeo incluida –, porque un irredento descerebrado para los altercados callejeros jamás puede tener miedo de eso. Pero con los años y los múltiples enfrentamientos, me he dado cuenta de que la vida es muy frágil en la urbe, demasiado, y que no merece la pena arriesgarla por estas empresas quijotescas.  No obstante, para conservar la hombría, el honor y la autodefensa, nada mejor que enfrentar a los bárbaros en el albur de unas cámaras de seguridad o de un móvil cercano. Porque nosotros no matamos, ni atracamos, ni agredimos físicamente como hacen ellos, luego no necesitamos el anonimato en nuestra vida urbana. A mí que me graben todo lo que quieran (además, soy tan guapo que entiendo sus ganas de grabarme), pues no cometo delitos y cuando cometo alguno son de los injustamente tipificados, de esos ante los que si te rebelas, te puede caer una somanta de hostias policiales antológica. Hay miles de vídeos a este respecto. 

Me di cuenta de la necesidad de la videovigilancia cuando en Hediondo Puente de Bellacos vi infinidad de carteles de grupúsculos mafiosos comunistas, quejándose de ella y exigiendo su retirada: “no a la ciudad policial” y soplapolleces encubridoras de sus delitos solían acompañar la cartelería. “¡Coño!” – me dije – si estos hijos de puta: comunistas, yonquis, violentos, inmigrantes ilegales y psicópatas están en contra de algo; alguien como yo ha de estar a su favor.

Por las estrechas calles de mi barrio pasan vehículos a toda hostia, poniendo en riesgo a todos, y con la videovigilancia esto no pasaría. Y como este 1.001 delitos más. A muchísimos delincuentes, asesinos entre ellos, se les ha cazado gracias a ellas (o a los móviles). Por lo tanto, dichosas cámaras (de dicha, no de molestia).