Como cada año, esta vez también escuché con respeto y expectación el discurso navideño del rey y, por desgracia,  solo puedo decir que me produjo una enorme tristeza. Pero no una tristeza por el hecho de percatarme de que a marchas forzadas él mismo está cavando su propia fosa, sino por su nula sensibilidad hacia los más de setenta mil muertos que ha causado esta pandemia en un solo año como consecuencia de la mala gestión de este gobierno. Es evidente que al discurso de este año (el más extenso de los siete que lleva Felipe VI) se le pueden criticar otras muchas cosas, pero a mí lo que más me impactó fue esa nula sensibilidad hacia los muertos en general y, en particular, hacia los fallecidos en las residencias. Otro detalle que también me molestó fue que, sin conocerme de nada, me tuteara, pero, dado que ya estoy acostumbrado a que también me tutearan mis estudiantes en la universidad,  pasaré por alto esta falta de educación.

En los quince minutos que duró el discurso, dedicado casi en su totalidad a la pandemia causada por este virus criminal, la única alusión que el rey hizo  a estos inocentes muertos fue ésta: “En miles de hogares hay un vacío imposible de llenar por los fallecimientos de vuestros seres queridos, a los que quiero ahora recordar con emoción y con todo respeto”. Alguien dirá que con esa alusión es más que suficiente. Yo también me sentaría satisfecho si no supiera que España es el primer país del mundo con el mayor número de muertos por el virus en relación al número de personas infectadas; si no supiera que también es el país con más sanitarios fallecidos luchando contra el virus sin los equipos de protección individual necesarios porque el gobierno no se les proporcionó cuando más los necesitaban; o si no supiera que el porcentaje de ancianos muertos en las residencias en relación al número de muertos total es el más elevado del mundo (un 89,8% según el INE). Igual que yo conozco esos datos, también los conoce el rey y, sin embargo, solo se limitó a dar el pésame a las familias sin hacer alusión alguna a la responsabilidad del gobierno central y de los regionales en esa masacre.

Tanto los políticos como los periodistas que desean valerse de esta pandemia para acabar con la monarquía han criticado al rey que no hiciera en su discurso una explícita alusión a la corrupción de su padre, quien todavía conserva el privilegio de ser rey emérito. Como es lógico, la principal crítica que han hecho a este discurso los políticos y los periodistas partidarios de esta monarquía es que en su breve mención a los deberes morales y éticos de los mandatarios públicos incluyera también a los familiares. Yo, personalmente, me hubiera quedado mucho más tranquilo si, al menos, hubiera hecho una alusión de ese tipo a la responsabilidad de los gobiernos regionales y del central en el tema de los muertos por esta pandemia.

Otro ejemplo de esa insensibilidad del rey con los fallecidos por el virus es éste. En un momento del discurso se refirió a la importante labor llevada a cabo por los sanitarios. Sin embargo, se olvidó de incluir en esos valientes y responsables colectivos a los trabajadores de las residencias geriátricas. Unos trabajadores a los que, sin tener ninguna preparación médica, se les obligó a salvar las vidas de los ancianos (y posteriormente se los culpabilizó de esas muertes) cuando los gobiernos ordenaron a los directores de hospitales que no permitieran su entrada en las unidades de cuidados intensivos. Unos trabajadores que, de forma voluntaria, se encerraron en las residencias con los ancianos para evitar infectarse en el exterior y, de ese modo, para evitar contagiar a los ancianos. Soy consciente de que el comportamiento de todos los trabajadores de las residencias geriátricas no fue como el que acabó de mencionar. Pero también sé que en todos los colectivos profesionales hay personas buenas y malas, responsables e irresponsables.

Éste es un artículo de urgencia y, por tanto (¿saben ustedes por qué repitió el monarca tantas veces: “por tanto”?), deseo ser breve. Sin embargo, no quiero terminar sin mencionar a otro colectivo profesional al que el rey felicitó de manera explícita por su ejemplar comportamiento en la lucha contra la pandemia. Me refiero concretamente al grupo de los militares. Personalmente, me hubiera gustado que, después de reconocer su ejemplar comportamiento, el monarca hubiera mencionado alguna queja, aunque hubiera sido tan genérica e indirecta como la que hizo al comportamiento moral y ético de su padre, por el hecho de haberles asignado el gobierno una tarea que es típica del personal de la limpieza pública en general y, en particular, de los barrenderos. Que conste que me parece absolutamente digna esa importante labor, pero tengo la impresión de que para llevarla a cabo no se requiere una formación académica de tan elevado nivel como la que se exige al personal militar. No hice el servicio militar (me libré por haber sido hijo único de una viuda que necesitaba para vivir mi salario) ni tampoco tengo ningún familiar militar, lo cual me impide conocer a fondo cuáles son las competencias que se enseñan en las academias militares, pero sospecho que la preparación con la que salen los militares de las academias les capacita para realizar labores más eficaces contra la pandemia que esas a las que he aludido en las líneas anteriores. No quiero caer en la demagogia que supone no reconocer que también les encomendó el gobierno otras labores de mayor nivel. Lo único que quiero decir es que esas labores de limpieza y desinfección no me parecen adecuadas para este colectivo profesional. Amparándome en esa creencia, deseo que en esta nueva fase se encargue a los militares la complicada logística de la distribución de las vacunas si de verdad se quiere que no se repitan las mismas negligencias que se han cometido hasta ahora en la gestión de la pandemia y que, desde mi punto de vista, son las que explican que en España haya habido muchos más muertos que en otros países, en relación al número de habitantes y al de personas contagiadas.