Vivimos en unos tiempos de insolencia en los que los necios hacen profesión de saber y los malvados de altruismo, y ello, además, con audacia excesiva, dada la impunidad con la que actúan. La corrupción y el bandidaje, profesados como oficio, y más desde el Estado, debieran resultarnos insoportables. Que se nos robe, no ya en un camino apartado, sino en las propias instituciones que están creadas para defendernos y obligadas a ello, es un sarcástico despropósito, más aún que un abuso. Pero lo soportamos.

 

Soportamos a los Pedro Sánchez y a los miles y miles que, como él, no dejan de esquilmarnos y humillarnos día tras día. Si uno se sorprende de hallar entendimientos tan ambiciosos, tan mendaces y tan imbéciles que derribando magistrados y leyes, desmembrando a su patria y arrojando los pedazos para que los roan a sus tradicionales enemigos, llenando de odios fratricidas los esfuerzos ciudadanos, llamando en su ayuda a los demonios y a las furias, piense que va a poder librarse del juicio invisible que emite el orden natural de las cosas, también se sorprende de que todo un pueblo les permita sus ultrajes en silencio.

 

La avaricia, el odio, la crueldad y la venganza carecen de valor frente a la armonía de la Naturaleza. Ningún estado de cosas es más detestable que aquel en que la maldad viene a ser legítima y a adoptar con el consentimiento del juez el aspecto de la virtud. La mayor injusticia consiste en que lo injusto sea tomado por justo. Con ello el pueblo sufre intensamente, porque se le arrebata la esperanza. La ciudadanía carece de seguridad y la patria aparece desolada por el pillaje.

 

A pesar de que pocos hubieran dado un duro por él hace unos años, puede decirse que ya lleva un lustro estelar. Sin nadie con poder que lo contradiga y gracias a la obsequiosidad de sus palmeros, a la miseria de su clientela, a la venalidad de la justicia, a la traición de las FF.AA. y al bochornoso servilismo del Jefe del Estado, está teniendo un momento de gloria más dilatado del que él mismo sospechó en sus sueños más húmedos. La cualidad con que se inviste se reduce a su carencia de escrúpulos, un mérito cuantitativamente grande, dado que su inmoralidad es absoluta.

 

Pero Pedro Sánchez no es nadie. Es sólo una excreción que los Amos del Mundo han elegido gracias precisamente a sus cualidades, todas ellas nocivas para lo edificante, contrarias a una humanidad en progreso, y a la unidad fructuosa de España. Paradójicamente, este déspota perturbado es un pobre hombre, esclavizado por su propio afán de poder, que le hace doblegarse ante quienes pueden proporcionarle señoríos.

 

Los nuevos demiurgos dedicados a configurar el planeta han comprendido que en Pedro Sánchez se dan cita todos los caracteres definitorios del político socialista -del izquierdista resentido, en general- de su tiempo: desconocimiento de la Historia, en especial de la española, y de su importancia; orfandad humanística; distanciamiento de la cultura clásica greco-latina y, de ahí para abajo de toda cultura; escarnio del Derecho y de la Razón; vulgaridad retórica; gusto patológico por la mentira -sobre todo por la insidia y el fraude-; orientación anticristiana de raíz marxista; narcisismo depredador; ambición desaforada; desprecio de la inocencia; negación de la realidad cuando ésta es inconveniente para sí; oportunismo deleznable; paradigmática capacidad para la felonía; categórico entronque con la maldad…

 

Todo lo cual le lleva a refocilarse en una política de acrisolada vileza, en la que el cuidado del fanatismo y la búsqueda del daño colectivo, reputado como único camino para expresar su hispanofobia y su servilismo a dichos Amos, delatan una personalidad moralmente enferma de animosidad y resquemor.

 

Producto de la carroña generada en cuatro décadas largas de escándalos y crímenes, Pedro Sánchez es sólo un personaje con insuperables dotes para el abuso y la ventaja, cuyo entresijo biográfico consiste simplemente en haber estado en la época oportuna y en la España adecuada a sus toscas habilidades de bellaco. ¿Qué puede esperarse de quien ante la disyuntiva de gobernar de la mano de la vileza y de la barbarie o no gobernar, eligió encamarse con la atrocidad?

 

Pero no olvidemos una cosa: Pedro Sánchez no está sólo. Varios millones de gorgojos le siguen con ruin entusiasmo, alimentándose con idéntico odio que él contra la Belleza, la Verdad, la Razón, la Justicia, la Libertad, la Vida y la Patria. Pedro Sánchez no es sino el fruto agusanado que medra en la tierra putrefacta. Desinfectemos esa tierra y él y toda esa caterva de cosillas tan insignificantes como él, que actualmente encabeza, acabarán encadenados en las sentinas de sus propias almas, en el manicomio o en la cárcel.