Nos escandalizamos de lo que vivimos, pero no de nuestro obrar. Pero aunque todo se viva hacia adelante, todo se comprende hacia atrás. Por eso es importante seguir arrebatando palabras al silencio, donde aún es preciso rescatar todos los confinamientos y todas las voces.

Si exceptuamos el bandolerismo criminal de los primeros años, esto es, a aquella gentuza que no pudo huir después de la Victoria del 1 de abril de 1939, que se dedicó a robar, violar y asesinar, y que pretendió enlazar la lucha contra Franco con la  Guerra Mundial, lo único que soliviantó la paz del Régimen de la Victoria, y en sus últimos años, fue la incipiente actividad criminal marxista apoyado principalmente desde fuera de España, y que no era otra cosa que lo que el mismo Franco dijo, el 1 de octubre de 1975: “una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social”.

La oposición a Franco, que necesito del terrorismo y de las bendiciones del Vaticano, comienza a tener presencia y peligrosidad a partir de finales de los años sesenta cuando concurren dos circunstancias que se concatenan entre sí. En primer lugar, porque la paz y prosperidad que se había alcanzado hasta situarnos internacionalmente en el octavo puesto en desarrollo social, económico y cultural había rebajado la tensión en la defensa de los valores que habían dado vida a una gesta sin igual en el acontecer occidental contemporáneo, nuestra Cruzada, sostenida del 18 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939, que junto con la Reconquista y el Descubrimiento de América forma parte de los hitos que el mundo occidental-cristiano le debe a España. Y en segundo lugar, y como consecuencia de lo primero, una gradual separación en el modo de pensar en determinados sectores de la sociedad, principalmente en el católico y en el universitario, ya infectados por aquella época de la infiltración comunista, al que se sumaría el mundo laboral, que pronto sería ocupado. 

El caso más escandalosa y abyecto fue el de la Iglesia, que llega al punto de emitir un manifiesto de desaprobación al régimen tras la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, el 13 de septiembre de 1971, para mayor inri celebrada en el seminario de Madrid, en la que se abogó, abiertamente, por la democracia liberal como “proyecto de solución” a la paz y bienestar de la España de entonces; llegando al punto de pedir “perdón al pueblo español -en realidad al bando rojo, que proyectó y puso en actividad un plan exterminio genocida contra los fieles católicos con el fin de liquidar a la Iglesia católica- por no haber sabido actuar durante la guerra civil como verdaderos ministros de reconciliación”.

A la cabeza de aquella cuadrilla figuraba el cardenal socialista Vicente Enrique Tarancón, al que Giovanni Battista Montini, Pablo VI, el papa del Concilio Vaticano II y de condición antifranquista, había designado para dirigir los movimientos de la Iglesia hacia la democracia liberal, aconfesional y relativista. Una asamblea en la que, aunque se registró un ambiente tenso por las discrepancias que algunos sostenían en cuanto a no constituirse en frente antifranquista, predominó el trato fraternal entre obispos y presbíteros. Lo que dice bastante de cuál era la situación en el sector eclesiástico español tras el Concilio, que no sólo despreciaban abiertamente el martirio de tantos hermanos sacerdotes, religiosos, monjas y fieles durante la Cruzada (entre ellos mi tío Luis Vale, por el simple motivo de ir a Misa, sacado en una de las sacas de la cárcel de Ventas, y fusilado en Aravaca, donde hoy está sepultado con nombre y apellido junto a Ramiro Ledesma Ramos). Así, aquella cuadrilla que no había comprendido nada, y que no guardaba recuerdo de sus hermanos ni de sus compatriotas, se desmarcaba, poniendo en peligro la paz social y el progreso de un régimen que había salvado a la Iglesia católica de su aniquilación y a España de caer en la dictadura comunista.

Por eso, cuando años después el Papa san Juan Pablo II censuró públicamente al cardenal: “Usted será el responsable de que el catolicismo retroceda en España, mientras nos esforzamos para doblegar al comunismo, cada vez más débil”, con ocasión de haber acudido al Vaticano a presentar la preceptiva dimisión como arzobispo de Madrid por haber cumplido 75 años, viaje que seguro hizo con su secretario, el jesuita comunista José María Martín Patino, muchos españoles, católicos y franquistas, tuvimos la plena certeza de que el Espíritu Santo sí interviene en la Historia, y que lo de “Tarancón al paredón” estuvo bien dicho.

Luego es cierto que se rectificó algo, comenzando por activar los procesos de beatificación de nuestros mártires de la Cruzada, tantos años olvidados, pero no tanto ya que el perjurio del rey Juan Carlos y su firma en la ley del aborto no fue considerado por nuestra jerarquía algo para repudiar al monarca. Hasta el día de hoy con una Iglesia en declive, a cuya cabeza figura el cardenal Jorge Mario Berglogio, responsable de muchas cosas, entre ellas la profanación de los restos mortales del Caudillo.   

Si la traición es no cumplir la palabra dada, esto, faltar a la fidelidad de lo jurado, defraudando la confianza a quienes se sirve, haciendo lo contrario a lo que se espera, cabe que señalemos al Ejército de España.

Y cabe que señalemos al Ejército, y con toda propiedad, porque a aquellos tenientes de la Cruzada ya convertidos en generales con mando en plaza, que habían jurado defender la unidad de España y la memoria y la obra de su Generalísimo no lo hicieron; consintiendo no ya la conculcación del Régimen de la Victoria, sino la marcha precipitada y sin un programa serio de lo que se empezó hacer con España, que a modo de finca se ha venido repartiendo la clase política. Hablamos entonces de un comportamiento absolutamente despreciable en quienes forman la columna vertebral en toda nación, tanto por el espíritu que se les supone como por la función que desempeñan y pueden llegar a desempeñar según lo dicho por Spengler. 

Comportamiento despreciable, decimos y afirmamos, que no vio que tuvieran nada que hacer o decir, y no me  refiero a lo que se dice después de un vino, por muy español que sea, en la lucha contra ETA, siendo que yo siempre he culpado al Ejército de los casi mil compatriotas asesinados.

Y qué decir del comportamiento en el 23-F., incomprensible de todo punto de vista, sabiendo, como de sobra se sabe, que al menos el 75% de los componentes de las Fuerzas Armadas estaban a favor de una reacción dura para poner fin a la debacle a la que se conducía a España. Pues bien, tampoco en aquella ocasión estuvieron a la altura, siendo al final su comportamiento absolutamente despreciable por cuanto terminaron dejando tirados y a los pies de los caballos a sus compañeros, juzgados dos veces por los mismos delitos y con las mismas pruebas de cargo a treinta años de cárcel. Comportamiento de pesar que seguro muchos arrastraron y han venido arrastrando, como seguramente le ocurriese al capitán general de Madrid durante el suceso del 23-F, Guillermo Quintana Lacacci, asesinado por ETA, el 29 de enero de 1984, cuando paseaba sin escolta y a plena luz del día, lo que era incomprensiblemente habitual en él, por las inmediaciones de su domicilio, situado en la calle de Romero Robledo, 20, de Madrid, lugar frecuentado por los comandos de ETA por estar muy próximo a la sede del Ministerio de Defensa. Como igualmente lamentaría el general Víctor Lago Román, jefe de la división acorazada Brunete, asesinado por ETA el  4 de noviembre de 1982.

Emocionados con Narciso Serra porque siendo alcalde de Barcelona les permitió desfiles por sus calles, se mostraron adocenados y saludaron en primer tiempo de saludo todas las reformas, incluida la política de “ascensos selectivos” que les impuso el PSOE. Por eso tampoco supieron qué decir cuando José María Aznar, que no sabía lo que era la milicia, porque ni siquiera había hecho el Servicio Militar, suprimió de la vida nacional el Servicio Militar Obligatorio, que digo yo que se hubiese podido  reformar a fin de que todos los varones hubieran tenido el honor y el deber de servir a España durante un periodo de tiempo. 

A tenor de lo dicho, que para nada hemos exagerado, se entiende perfectamente que el Ejército no pueda desfilar en Cataluña y Vascongadas, ni se atreva hacerlo en Ceuta y Melilla por no disgustar el Moro, que además es primo del rey Emérito, y que como se le ponga en los cojones nos quita Ceuta, Melilla y las islas Canarias, que no sólo las aguas territoriales de las islas. Pero hay más.

Más, porque el Ejército fue el primero en ejecutar lo que dispone la ignominiosa Ley de Memoria Histórica, quitando la estatua ecuestre de Franco de la Academia General Militar de Zaragoza, siendo que quien montaba a caballo -y esto no se les ocurrió- no era el Generalísimo de los Ejércitos ni el Estadista de la Paz y Prosperidad de España, sino el Comandante legendario de la Guerra de África, fundador de la Academia, director y profesor de la misma. Aparte de uno de los mejores militares de nuestra historia.

Pero cuando creíamos que todo había quedado en lo dicho, que algunos, y a calzador, han venido interpretando como comportamiento prudente, va y se cubre de la ignominia que acompañara de por vida a toda esta tropa uniformada pendiente exclusivamente de la soldada. La callada ante la profanación de los restos mortales de Franco, sin el valor que se presupone en todo militar, que menos que para haber acudido con una Compañía de Honores, porque Franco consta en el Ejército al que serví como Generalísimo de los Ejércitos a perpetuidad.

Comparsas en lo que se ha dado en llamar Dividendo de Paz Internacional, al servicio del mundialismo que no resuelve nada, en nuestro caso mayormente como parteras y ayas, estas Fuerzas Armadas de funcionarios uniformados, formada por mercenarios y mercenarias de toda nacionalidad, y con una señora generala, para nada es la que muchos españoles conocimos y en cuyas filas servimos. Por eso algunos de aquellos soldados llegan al punto de sentirse engañados. Pero esto no se puede mantener nunca, porque los soldados, sean de la nación que sean y el tiempo en que sirvan, sirven a su patria, y es bien sabido que los mejores salen escaldados (Ricardo Pardo Zancada) y al final son olvidados (Luis Noval Ferrao). Esto siempre será así, forma parte de la vida, cuya meta es el olvido porque somos sólo polvo y en polvo nos convertiremos.

Patético, esperpéntico y kafkiano me resulta ver a todos esos jubilados, en la reserva que dicen, con la paga y el fajín despotricar de esta España a la que muchos de ellos han contribuido por acción u omisión, poniéndose, incluso, a la cabeza de una contestación que ya es inoperante.