Vivimos tiempos extraños. Desde hace más de un año y medio estamos inmersos en una especie de espiral que parece no tener final. Primero fue la fase de inoculación del terror a la población que, incapaz de reaccionar, ante el constante bombardeo de noticias, todas de la misma factura y en la mayor parte de los casos difundidas de forma interesada, dio pie a la segunda fase, consistente en aceptar nuestra suerte y someternos a los dictados de la clase política, permitiendo que, de forma artera y miserable, limitasen nuestras libertades hasta niveles insospechados -arrestos domiciliarios, acompañados de aquella suerte de pantomima saliendo todos, como tontos, a las ocho de la noche a ventanas y balcones a ovacionar no se sabe bien a quien; bozales obligatorios en todo tiempo y lugar; toques de queda indiscriminados; cierres perimetrales sin lógica alguna; vacunaciones prácticamente obligatorias, bajo solapadas amenazas de verte excluido de todo; exigencia de pasaportes o certificados especiales, etc.-, con el fin último de que la clase política, especialmente socialistas y comunistas -los partidos más totalitarios y criminales de la historia-, aunque también el PP como en el caso de Galicia, nos cuelen sus leyes y normas liberticidas, paso previo a la tercera fase, la dispuesta por la oligarquía globalista, consistente en convertirnos en unos peleles a su servicio, algo así como una suerte de esclavos modernos sin capacidad de decisión, sometidos por un poder oculto que será el que determine sobre nuestras vidas y haciendas, sobre lo que comeremos, cómo nos vestiremos y en qué medio viajaremos.   

En esta tesitura nos encontramos en estos días en los que, pese a estar un elevado porcentaje de la población inoculado con las vacunas, cada vez son más las ambulancias que acuden a Residencias de ancianos y Centros de Día a recoger a pacientes supuestamente inmunizados, como pregona algún medio de comunicación que proclama que este es “el verano de nuestra vida, todos vacunados, todos inmunizados”. En fin, sin comentarios…

Sin embargo, hoy no pretendo hablar de tan espinoso asunto que, me da la sensación, que traerá graves consecuencias a medio plazo; simplemente, quiero referirme a esa corriente imperante, especialmente entre la juventud, que está dispuesta a sacrificar la libertad a cambio de poder seguir divirtiéndose.

Lo dije muchas veces antes que ahora. Todo parece indicar que los asuntos más graves a los que tenemos que hacer frente, lejos de ser la ruina moral, el paro galopante o una crisis económica sin precedentes, son el poder irnos de “vacas a la playita”, para tomar una “cañita en una terracita” y, por la noche, salir a la “disco”, aunque, eso sí, ni tan siquiera nos permitan bailar. Esto es, según parece, lo más importante, lo que trae de cabeza a un sector muy importante de la población.

De esta suerte, aquí en Galicia, tras la fallida intentona del sátrapa gallego para limitar más nuestras libertades, conminando al sector de hostelería a convertirse en una suerte de inquisidor sanitario -otra modalidad de policía de balcón-, exigiendo que le mostremos certificados y documentos para poder acceder a sus locales, todavía hay muchos y muchas -hay que ser políticamente correctos e inclusivos- que claman contra la resolución judicial que prohibió tal medida y secundan, sin recato, la ilegal decisión del señor feudal, ya que aquella arbitrariedad les permitiría disfrutar del ocio nocturno y poder hacer realidad los objetivos prioritarios a los que me he referido anteriormente, ya saben “cañita”, “terracita”, “disco”…, aunque fuese teniendo que llevar en la boca el certificado de marras para mostrárselo al camarero o matón de discoteca de turno, convertidos en fieles vasallos y ejecutores de las arbitrariedades del sátrapa galaico que ahora, en un gesto de indigna rabieta, pretende castigar al sector hostelero limitando los aforos, medida que aplaude, en un gesto de cobardía y sumisión, una buena parte de los propietarios de bares y restaurantes que animan a que se implemente la exigencia del certificado a toda costa.

Esperemos que la ciudadanía no se amilane y a estos hosteleros, arrastrados ante los pies del todopoderoso señor feudal, les hagan pagar en sus cajas registradoras tamaña villanía y de manera muy especial a un compostelano que todavía, como buen sirvo rastrero, se permite el lujo de insultar a los que defendemos nuestras libertades.

Sin embargo, tal vez lo que más me sorprende de todo lo que está sucediendo es la sumisión servil de la juventud ante estos atropellos a la libertad. Especialmente de esa ultraizquierda recalcitrante, la que protestaba y mostraba su “solidaridad” por todo.

Estaba seguro de que, al menos sobre el papel, la juventud debería ser contestaria, defensora a ultranza de la libertad y de los derechos -todos de jóvenes lo fuimos-, y he aquí que, lejos de eso, se ha convertido en una masa sumisa, capaz de agachar la cabeza y someterse a los dictados totalitarios de los que pretenden limitar nuestras libertades con tal de poder salir de noche a tomar una copa, incluso aceptando cualquier norma, por muy restrictiva que sea, con tal de poder volver a una más que teórica “normalidad”.

Hemos visto como gente de 15 y 16 años, corría a vacunarse para así no tener problemas a la hora de poder salir a divertirse. Es más, incluso a sabiendas de que, según los estudios realizados por algún sector del mundo científico, las vacunas podrían provocar infertilidad. la respuesta de muchos jóvenes fue la misma: “me da igual ya que yo no quiero tener hijos”. Una barbaridad que demuestra el grado de infantilismo, inmadurez y de falta manifiesta de criterio y preparación de esa juventud, educada en el relativismo más feroz, capaz de sacrificar su futuro a cambio de una noche de discoteca o botellón. La ignorancia en su más fiel exponente.

Nos encontramos en una situación de tal gravedad y, sobre todo, de un nivel de sumisión tan apabullante que ya vale todo. Por ejemplo. Ahora nos vienen algunos de estos “comités de expertos” a decirnos que es una barbaridad que se permita entrar en los estadios a 4.000 personas para presenciar un partido de fútbol. Hablamos de espacios, los estadios, donde caben más de 30.000 personas y donde a los que concurren los obligan a estar separados, con el bozal en ristre y sin poder ni tan siquiera ponerse de pie.

Pues bien, me gustaría que alguien me diese la cifra de contagiados en la última Eurocopa de Selecciones donde no se guardó ninguna norma de estas características, donde todos estaban juntos, sin bozal, abrazándose cada vez que su equipo marcaba un gol. ¿Resultaron muchos contagiados?, ¿se incrementaron los niveles de hospitalización?, ¿hubo muchos muertos…?

Eso sí, no me sirve que la “voz de su amo”, por muy representante de la sanidad oficial que sea, sin respaldo documental alguno, sin pruebas de ningún tipo, me responda que sí, que hubo un gran incremento y que los hospitales se vieron desbordados. Eso no sirve. Quiero números, igual que quiero que alguien me explique el motivo de porqué, en agosto del año pasado, cuando nadie estaba vacunado, ni los bozales eran obligatorios, los números eran infinitamente mejores que lo son en este “verano de nuestra vida, todos vacunados, todos inmunizados”. Son explicaciones, más allá de la siempre socorrida de una “nueva cepa”, que nos deben y si no nos las ofrecen habrá que exigirlas.

Estoy por asegurar, aunque deseo equivocarme, que tras este “verano de nuestra vida, todos…, etc., etc.”, con la llegada del romántico otoño, aparecerá otra cepa de no sé dónde, más virulenta que ninguna de las anteriores, que nos exigirá una nueva dosis de la vacuna y, por supuesto, más restricciones de todo tipo y más controles limitadores de nuestras libertades.

Estamos entrando, encima con nuestra aquiescencia, aunque sea tácita, en el peligroso mundo que para nosotros ha diseñado el globalismo criminal. Un mundo en que, al igual que sucede en la China comunista -el gran paradigma del globalismo y de la pijoprogresía-, todos estaremos debidamente identificados, no solo con los datos de las vacunas que nos han inoculado, sino también con otros relativos a nuestra forma de pensar y de actuar, por dónde nos movemos y en compañía de quién lo hacemos y, así, el que mande en cada momento podrá controlarnos a su voluntad. Un juego muy peligroso, se mire por donde se mire.

En nuestras manos está poder evitarlo y volver a ser libres aun cuando no podamos tomar tantas copas, al menos de momento, y sigamos sin vivir “el verano de nuestra vida”.